A la búsqueda de la segmentación

segmentación electoral

CARMEN BEATRIZ FERNÁNDEZ

A estas alturas son ya más que numerosos los análisis que se han hecho de la elección del siglo. Más o menos sofisticados, más o menos acertados, sociológicos, antropológicos, electorales y politológicos. Son tantos, tan multivariados y tan complejos que muchas veces se pierde de vista lo más esencial: Hillary Clinton, quien parecía llamada a ser la primera presidenta de los Estados Unidos, no lo fue porque su electorado no votó a su favor.

Pese a obtener una relativamente holgada ventaja en el voto nacional de más de un millón de votos, Hillary no será presidenta por haber perdido en algunos estados claves que en otras ocasiones habían sumado votos electorales para los demócratas. Hay un elemento fundamental para entender lo ocurrido el pasado noviembre: la abstención se elevó en 5 puntos porcentuales respecto a la elección de 2012, y unos ocho puntos respecto a la elección de 2008. La distribución de esa abstención no fue uniforme y le restó muchos más votos a Hillary que a Trump. En términos absolutos, eso implica que Hillary obtuvo unos 3 millones de votos menos que Obama en el 2012 y unos 6 millones menos que el propio Obama en 2008. ¿Quiénes dejaron de votar por Hillary y por qué? Estas son las preguntas relevantes para entender la elección.

La respuesta no es tan sencilla, sin embargo. Los análisis postelectorales se basan sobre todo en los datos que arrojan las encuestas de salida sobre aquellos que votaron. Sabemos mucho menos de los que no lo hicieron.

imagen1Muchos argumentan que fue ésta una contienda en que la raza del votante fue la principal variable para explicar el comportamiento electoral. Es una verdad a medias. Siempre ha sido la raza un elemento fundamental en las contiendas norteamericanas. Es, de hecho, parte de la cultura política nacional. El Partido Republicano norteamericano ha tenido en los últimos 50 años una estrategia electoral clara: construir un partido dominante a partir de su identidad con las mayorías sociales. Los republicanos construyeron su identidad política a partir del corazón de la sociedad: partiendo del prototipo del hombre blanco, anglosajón, protestante, del espíritu del pionero WASP (White, Anglo-Saxon, Protestant).

Como contrapartida a esta construcción de identidad política “del centro a la periferia”, el Partido Demócrata construye su identidad de forma complementaria: “de la periferia al centro”. Los demócratas han puesto sus mejores empeños en construir una mayoría a partir de la sumatoria de las distintas minorías. Esta estrategia fue muy evidente desde 1960, cuando se hacen los primeros esfuerzos por ganarse a la mujer y al elector hispano y católico, desde la campaña de JFK. Se hizo meridianamente clara luego, en la segunda elección ganada por Clinton en el año 1996, cuando los demócratas exhibieron con orgullo seis segmentos básicos: mujeres, negros, ecologistas, solteros, latinos y gays. Son seis segmentos que confrontan al WASP prototípico, pero cuya sumatoria consigue la construcción de una mayoría alternativa. Con el paso del tiempo y con los avances tecnológicos ha rendido cada vez mejores frutos esta segmentación, hasta llevarla a la microsegmentación facilitada en el análisis de los grandes datos y el buen manejo de las redes sociales del que fue pionero Obama en el año 2008.

screenshot057Estas diferencias en los segmentos básicos y cómo ellos se aproximan a la sociedad sellan al interior de ambos partidos una impronta particular. En lo estructural, ha dicho Jo Freeman, que el poder en el partido demócrata fluye de abajo hacia arriba, mientras que en el partido republicano el poder es mucho más jerárquico. Pero hay también importantes diferencias en lo actitudinal: los republicanos se perciben a sí mismos como insiders, aunque estén fuera del poder, mientras que los demócratas se ven como outsiders, aunque estén en el gobierno.

Pese a estas importantes diferencias, hubo una semejanza relevante en ambos comandos de campaña: la contienda hizo énfasis en los “contra” más que en los “pro”. Las primarias habían sido erosivas y dejaron heridas lacerantes en ambos partidos. Fue una campaña fea y banal, poco centrada en los grandes temas del país. Detener los avances de Hillary o, alternativamente, los de Trump eran mensajes principales de ambos comandos y en buena medida explica la peculiar campaña 2016. Sin embargo, el énfasis “contra” fue algo mayor en el comando demócrata. Francesc Pujol ha hecho un análisis de contenidos del Twitter de los dos candidatos y ha encontrado que los tuits de Hillary incluían mucho más a Trump que los de ella a él. “En Twitter, cuando se hablaba de Donald Trump, el tema era él. Cuando se hablaba de Hillary Clinton, el tema era Trump”, dice Pujol. Quizás con ningún otro candidato republicano hubiera podido la señora Clinton obtener la silla presidencial, por eso su equipo realizaba una campaña tan centrada en el adversario.

Las diferencias entre ambos partidos favorecen una ventaja “de arrancada” de los demócratas entre las mujeres. Era ésta una diferencia que se trató de mantener durante toda la contienda desde el comando de Hillary. La estrategia tuvo éxito: la brecha de género fue muy marcada en los resultados electorales: Un 54% de las mujeres votaron por Hillary y sólo un 41% lo hizo por Trump. Sin embargo, este positivo resultado se hizo brindando muchas más razones a las mujeres de por qué no debía votar por Trump, de las que explicaban por qué votar a favor de Hillary.

Pero la contienda requería de razones por las que votar en positivo. Mucho más cuando en los Estados Unidos existe un malestar profundo. Desde hace quince años viene reduciéndose la proporción de estadounidenses que se muestran satisfechos con la dirección política del país. Desde un 62% de satisfacción popular en 2001, se pasó a mínimos históricos del 7% en 2009. Trump capitalizó ese malestar, pero Hillary no supo dar buenas razones para la continuidad. Para el votante tradicional demócrata los argumentos para movilizarse no fueron lo suficientemente contundentes. Hasta en 10 puntos porcentuales podría haber mermado la votación entre los afroamericanos, al compararla con la elección de 2012, y aún más comparándola con la elección de 2008. También se redujo el voto demócrata allí donde las primarias fueron más disruptivas. Los distritos en los que Sanders ganó a Hillary experimentaron, en promedio, un 7% de merma del voto demócrata, mientras que aquellos en los que Hillary ganó la primaria la reducción fue del 4%. Y esta proporción pudo ser aún bastante mayor entre las mujeres afroamericanas que decidieron quedarse sin ir votar. Pareciera que la brecha de género también opera en reversa…

Carmen Beatriz Fernández es presidenta de la consultora DataStrategia y profesora de Political Systems en la Universidad de Navarra (@carmenbeat)

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