Adivinación y política. Lo que los oráculos nos dicen sobre el concepto de la política

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ROBERTO LOSADA

“Sabiendo que nada de lo que es bueno y útil para la vida humana debería escapar a tu conocimiento puesto que respecto a tales cosas eres inquisitivo y celoso, me he tomado grandes molestias para enviarte otro libro. Este libro, una creación de Pitágoras el filósofo, es un sistema de adivinación a través de números.” Ésta es la introducción de uno de los libros de oráculos más famoso de la historia: el de Astrámpsico. Dedicada a un rey Ptolomeo de Egipto; afirma, también, que Alejandro de Macedonia gobernó el mundo gracias al libro y acaba por garantizar que, si se usa, se alcanza nombre inquebrantable. Todo ello falso. Empezando por el nombre del autor, que no fue Astrámpsico, y porque Alejandro vivió dos siglos antes de que el libro fuera escrito y porque tampoco lo compuso Pitágoras como se afirma un poco más adelante. Ni es un libro para uso de gobernantes: las 92 preguntas a las que da respuesta buscan saber si se llegará a anciano, si se adquirirá una casa, si se será cogido en adulterio, etc. ¿Por qué dedicarlo a un rey y mencionar a Alejandro Magno? Pareciera que exige el gobierno de los hombres de la ayuda de quienes dicen alcanzar con su mirada más allá de las estrechas lindes del presente.

Está el hombre irremediablemente condenado (salvo que se le agote la vida) a hollar el país desconocido de Hamlet: el futuro. Resulta que éste, visto desde el presente, se muestra siempre incierto y es tentador tratar de adivinar lo que deparará el instante siguiente. Si respecto a los asuntos personales se experimenta ansiedad ante lo venidero, ¿cómo no sentir vértigo cuando se trata de los asuntos colectivos? ¿No resultaría simplificada al extremo la tarea de gobierno si tuviera quien de ella se encarga un mapa preciso de cómo estarán las cosas? De todas las tareas humanas, aquélla que más necesidad tiene de anticiparse a los hechos es la política. Tomar la decisión de gobierno correcta cuando el resultado de la misma va a depender de las acciones particulares de millones de ciudadanos, cada uno de ellos actuando de manera simultánea, parece más ensoñación que posibilidad real. De modo que, si alguien como Alejandro debiera su éxito a un libro adivinatorio, ¿no sería éste el mejor de cuantos hayahabido destinados a convertir en presente lo que vendrá?

En eso consiste precisamente la adivinación: en hacer presente el futuro. Es magia. El mago burla al tiempo: no tendría nada de particular el mago que tras mostrar la chistera vacía, cogiera a la vista de todos un conejo de su jaula, lo introdujera en ella y lo extrajera después, ufano, esperando el aplauso del público. Lo que el mago hace es mostrar vacío el sombrero para mostrarlo lleno un instante después; ha saltado en el tiempo. A quien tiene que gobernar le gustaría tomar las decisiones después de que un mago le haya mostrado el futuro. Por eso han estado siempre cerca del poder adivinos de todo tipo. Hoy no se destripan ocas, pero no deja de haber junto al gobernante sociólogos que interpretan el sentir de la ciudadanía, asesores de comunicación que advierten del efecto que tendrán los mensajes, etc. Donde se ve su actividad con mayor claridad, debido seguramente al frenesí con que se han de manejar, es en las campañas electorales, en las que los juegos de anticipación cuentan con algoritmos matemáticos de inefable complejidad.

El oráculo de Astrámpsico también es complejo, y a propósito. Es intención del autor que no se descubra el truco. Así, el proceso de adivinación consiste en escoger una pregunta numerada y una cifra entre el 1 y el 10. El arúspice hará la suma, y tras consultar una tabla de correspondencias buscará la respuesta en una de las 103 décadas en las que se agrupan. Las preguntas empiezan a numerarse en el 12 y las décadas de respuestas están desordenadas. Existen 10 posibles respuestas a cada pregunta (y otras que no se corresponden con ninguna de las preguntas) pero se encuentran mezcladas de tal modo que para encontrarlas es necesario proceder con el ritual.

Eso es lo interesante del libro y lo que permite entender la diferencia entre lo que en el pasado era la política, en tanto que ciencia de la acción colectiva, y lo que es ahora. El libro fue escrito cuando no se conocía la probabilidad. No existía el cálculo estocástico que permitiría averiguar, al modo en que puede hacerse hoy, las probabilidades de que un ciudadano fuera, por ejemplo, envenenado. Respecto a este asunto, si alguien preguntaba por ello (pregunta 91), podía recibir la funesta confirmación del hecho —“has sido envenenado, sánate—, la revelación de que no es el veneno lo que ha de preocuparle —“no has sido envenenado, pero has sido embrujado—, o el solaz de la negativa —“no has sido envenenado, ¿por qué estás siendo tan paranoico?” De las 10 respuestas, 5 afirman que hay envenenamiento. Hoy diríamos que existe un 50% de posibilidades de haber sido envenenados. El hecho de que el libro alcanzara gran éxito durante la Edad Media indica que su nivel de aciertos debía de ser elevado, luego, ¿hay que pensar que el 50% de la población fue envenenada? Evidentemente no, porque el autor utiliza un razonamiento más sutil ya que si se acude al un adivino, cabe esperar que exista emponzoñamiento: o se tienen síntomas, o se tienen sospechas. Ese 50% ya no parece tan exagerado.

En un mundo sin probabilidad, Astrámpsico había elaborado un algoritmo (rústico) que permitía anticiparse al futuro con ciertas garantías de éxito. El método adivinatorio tenía en cuenta que el hecho de que adivinar altera de manera radical lo adivinado. Así que cuando a alguien se le decía que había sido envenenado, se añadía enseguida el consejo de que se curara. Apréciese que ese consejo eleva el prestigio del libro puesto que si quien consulta es de los que no mueren, a pesar de que se le ha dicho que fue envenenado, achacará esta suerte a sus precauciones y no a que el libro errara.

En resolución, nos encontramos ante una obra que refleja un modo de entender el mundo que hoy nos es, en buena parte, ajeno y que define la política. Consistía ésta, hasta el siglo XVII, en “seducir a la fortuna”, que diría Maquiavelo. Debía el gobernante tener presente que cabía lo inesperado, lo sorprendente, porque la naturaleza humana es radicalmente libre y no pueden anticiparse las consecuencias todas de los actos que se llevan a cabo. La política era una política del presente, la ciencia de lo que puede hacerse, y lo factible sólo lo es en el presente. Consiste, desde este punto de vista, en ordenar un espacio, en conseguir un orden terrenal como reflejo de otro universal y superior. La fuente última de la ratio política era la misma, precisamente, que empleó Astrámpsico: el sentido común, la experiencia del pasado que permite enfrentarse al futuro desconocido. La tarea de la política era llevar el orden a la vida colectiva. En tanto esto es así, se trata de una tarea colectiva, de todos, en la que hay que contar con la naturaleza humana como fuente de lo imprevisible y del conflicto. No hay sitio para el determinismo que, por contraste, corresponde a los fenómenos de la naturaleza. La ausencia de determinismo, que es presupuesto de lo moral, convierte a la experiencia en la forma de aprendizaje fundamental para quien ha de gobernar. Se entiende, así, que todo buen gobernante deba prevenirse, de algún modo, contra el azar, que el evitarlo sea casi la tarea última de la política y que un libro adivinatorio no encontrara mejor recomendación que su supuesta utilidad para los gobernantes.

Pero los adivinos de hoy ya no utilizan los métodos de Astrámpsico. La prudencia ha sido sustituida por la ciencia. Ésta es, desde el XVII, el instrumento de la política. La estadística y la probabilidad son los oráculos de nuestro tiempo, alimentados no con unas decenas de respuestas sino con lo que se ha dado en llamar “big data”. No es el presente el tiempo de la política, sino el futuro (tanto si es un futuro de perfeccionamiento como si, a causa de la obsesión por el riesgo, es un futuro amenazante). Dejó de ser el orden el objeto de la política para que ocupara su lugar la certidumbre, la seguridad. Algo que nunca imaginó Astrámpsico parece que pueden ofrecerlo los arúspices de nuestro tiempo elaborando algoritmos que ya no son trampantojos que ocultan la verdad, porque la verdad misma es la parafernalia que esos algoritmos quieren desbaratar. Si hasta el siglo XVII podía decirse que saber es poder, ahora poder es saber. El Estado es artífice de la política, del orden político, que tiene como misión, no la verdad siempre insegura de sí misma, no el orden, sino la certeza, la eliminación de la incertidumbre. La libertad política que antes se consideraba radicada en la naturaleza humana, igualmente libre, y que es ocasión y origen de la incertidumbre, puede ser ahora excluida o, siendo más precisos, monopolizada por el Estado.

La tarea de gobernar queda simplificada: hoy Astrámpsico es un ingeniero informático capaz de dibujar la realidad a través de, por ejemplo, las conversaciones de Twitter. Sería un error pensar que no existen adivinos, que la política no los necesita. Al revés, una política que tiene como objeto el futuro, es una política entendida como ciencia del destino. Sólo que, para que ello sea posible, se necesita excluir la posibilidad de lo inesperado. Los oráculos de la antigüedad contaban con que la predicción alteraba el curso de los acontecimientos, formaba parte del mismo acontecer. Los algoritmos de hoy, como pueden ser los usados por el buscador Bing para predecir el resultado de las elecciones legislativas en los Estados Unidos, o los empleados en las campañas electorales para enviar a cada ciudadano el mensaje que quiere oír, responden antes de que se haga la pregunta, definen el futuro, lo construyen.

La tarea adivinatoria sigue estando ligada a la tarea política. No se trata de una política del presente y que cuenta con lo incierto, sino de una política del futuro que busca la certidumbre. No se piense que esta evolución es natural; sólo podría considerarse así si se admite que su causa está implícita en la propia esencia de la actividad política. Ni se piense que es una alteración inocente: exige renunciar a considerar la libertad constitutiva de la naturaleza humana como origen de la incertidumbre, exige negar la vertiente creativa de la acción humana respecto al futuro. Hoy Astrámpsico no habría tenido éxito, pero no porque ya no se crea en las artimañas adivinatorias, sino porque su método de adivinación consistía en creer que es el ser humano radicalmente libre.

Roberto Losada es profesor de teoría política en la Universidad Carlos III de Madrid. @RobertoLM
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