Arquitectura colosal: el arma blanda de Corea del Norte

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ROGER MATEOS

De un país hundido en los rankings mundiales de renta per cápita, que en los 90 sufrió una devastadora hambruna y que desde entonces ha recibido cada año toneladas de sacos de ayuda humanitaria, uno podría imaginarse un desolador paisaje de urbes resquebrajadas, barrios de chabolas y polvorientas callejuelas sin asfaltar. Paradójicamente, no es ese el caso de Corea del Norte, último reducto del rigorismo comunista, cuyo régimen cumplirá en septiembre 70 años de existencia, a cuatro de igualar en longevidad a la Unión Soviética.

Bajo el liderazgo vitalicio de los Kim (Kim Il Sung, el Gran Líder según la jerga oficial, fue sucedido en 1994 por su hijo Kim Jong Il, el Querido Líder, que tras fallecer en 2011 dejó su puesto al joven Kim Jong Un, el Amado Mariscal), Corea del Norte se ha marcado a lo largo de su historia dos prioridades: bunkerizarse militarmente frente a cualquier tentación invasora y construir en su territorio un “paraíso socialista” amoldado a la idea Juche, cruce ideológico entre marxismo-leninismo y nacionalismo coreano. La utopía jucheana propugna construir un decorado urbano esplendoroso, a escala sobrehumana, digno de quien aspira a hacerse un hueco en el club de las naciones más pujantes del planeta. Ese decorado es Pyongyang.

Pyongyang 1

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Pyongyang 4

La capital norcoreana (apenas dos millones de habitantes, nada que ver con las densas metrópolis asiáticas) presume de tener el obelisco más alto del mundo, el arco de triunfo de mayores proporciones, el estadio oficialmente con mayor aforo, una gigantesca biblioteca nacional, teatros de dimensiones fuera de lo común, hoteles rascacielos, bloques masivos de viviendas… La ciudad aspira a ser excesiva. ¿A qué viene esa predilección por la monumentalidad en un lugar con tan paupérrimos recursos?

De entrada, la construcción ha sido una fuente de legitimación para un Estado que garantiza techo público sin apenas coste alguno. La Guerra de Corea (1950-1953) redujo el país a cenizas. Tras el armisticio, se siguió un plan de reconstrucción acelerada. La calidad de los nuevos bloques residenciales era ínfima, pero el problema del alojamiento quedó amortiguado. El aparato de propaganda engendró el mito de la “velocidad de Pyongyang”, según el cual sus albañiles eran capaces de montar un apartamento en tan solo 14 minutos ensamblando piezas prefabricadas.

La arquitectura ha sido, además, una herramienta de ideologización. La glorificación de la que son objeto los Kim ha superado cualquier experiencia anterior. Un ciudadano norcoreano, desde que se levanta hasta que se acuesta, carece de margen para escapar de la burbuja: retratos de los Líderes en el salón de cada hogar, noticias y documentales sobre sus logros en televisión, estatuas de bronce, citas esculpidas en lápidas de granito, eslóganes revolucionarios en fábricas, colegios y fachadas, marchas militares por megafonía en el metro, juramentos de fidelidad antes de empezar las clases, sesiones de crítica y autocrítica en el trabajo… También el arte arquitectónico sirve a este fin. La Torre Juche, en el corazón de la capital, es el mejor ejemplo: alcanza los 170 metros de altura gracias a sus 25.550 piezas de granito, justo la cifra de días vividos por el Gran Líder hasta el 15 de abril de 1982, fecha de inauguración del monumento. Ese día, para celebrar sus 70 primaveras, Kim Il sung estrenó otros ‘regalos’ en su honor: el estadio que lleva su nombre, el Palacio de Estudio del Pueblo, el Patinadero Cubierto, el Arco de Triunfo… El epítome de esta idolatría constructiva es el faraónico Palacio Kumsusan, donde yacen embalsamados él y su hijo.

La arquitectura también ha sido excusa para determinados ajustes de cuentas en las altas esferas. En 1956, varios cargos del régimen se atrevieron a sugerir una apertura desestalinizadora como la que Jrushchov promovía en Moscú. Aquella osadía acabó en purga. Kim Il Sung aplastó las voces críticas, entre ellas la del ministro de la Construcción, Kim Sung Hwa. No sólo él cayó en desgracia, también las obras que llevaban su sello, como los edificios de la calle Ryunhwangson, construidos con la asistencia de especialistas húngaros. Para denigrar al ministro, el Gran Líder visitó los pisos y condenó su sistema de radiadores de pared: aquella fórmula importada torpedeaba la tradición coreana de calefacción bajo suelo. A finales de los 70, Kim Jong Il quiso satisfacer a su padre y ordenó demoler el barrio entero. En su lugar se erigieron torres de apartamentos de hasta 30 plantas.

En esos años, el Querido Líder recibía ya el tratamiento de futuro sucesor. Para ganarse el respeto, contribuyó más que nadie a la fiebre monumentalista pese a los ya evidentes síntomas de estancamiento previos a la hecatombe de los 90. Siempre espoleada por su competencia con Seúl, Pyongyang se convirtió definitivamente en un gran plató repleto de fantasías arquitectónicas, a años luz de la sobriedad del resto del país. Una ciudad escaparate habitada por las capas más fieles a la idea Juche y utilizada como arma propagandística, para convencer a su gente del poderío de la nación y tratar de deslumbrar al visitante extranjero.

Kim Jong Un sigue hoy los pasos de sus predecesores. Los tics megalómanos en la construcción se han ido agudizando en los últimos años. En el centro de Pyongyang han florecido modernos rascacielos de 40 plantas. La gigantesca silueta piramidal del hotel Ryugyong por fin ha sido completada. El Amado Mariscal ha advertido de que no renunciará a su programa nuclear. Y tampoco parece dispuesto a prescindir de un arma blanda pero eficaz como la arquitectura.

Roger Mateos es politólogo y periodista. Subdirector de política del diario Ara. Ha visitado dos veces Corea del norte y publicado libros sobre ese país
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