El Athletic club como iconografía política vasca

BEÑAT ZARRABEITIA

La ría de Bilbao vertebra la orografía de un pequeño territorio en el que en unos pocos kilómetros residen cerca de un millón de personas. Es la principal intersección de una Bizkaia llena de contrastes y matices políticos, sociales, identitarios o idiomáticos. En medio de una sociedad fragmentada por múltiples y trágicas razones, emerge el Athletic Club. El hilo conductor sobre el que orbitan buena parte de las emociones colectivas en el País Vasco, como nexo entre diferentes y generador de identidades sociales mediante la adhesión voluntaria a un proyecto que va más allá de lo futbolístico.

Fue precisamente en la ría donde se pudo comprobar la fuerza social del conjunto rojiblanco para su comunidad. En 1983, en un momento terriblemente complejo para la sociedad vasca –los “años del plomo” de ETA, guerra sucia, crisis económica, reconversión industrial o el impacto de la droga– el Athletic de Javier Clemente ganó la Liga tras 27 años. La alegría se desbordó en unos tiempos sin internet, con las radios, periódicos y Estudio Estadio como referentes informativos. Otra época, otro país en el mismo lugar. El entonces gerente del club, Fernando Ochoa, tuvo la brillante idea de celebrar el triunfo por la ría, desde Getxo hasta Bilbao. Inspirado por una rumba bilbaína que dice que “por el río Nervión bajaba una gabarra”.

Resultó apoteósico. Un millón de personas acompañaron al Athletic, con las aguas contaminadas de un apocalíptico color marrón, mientras a ambos márgenes de la ría, la privada Universidad de Deusto o los trabajadores de los Altos Hornos. Sonrisas que evidenciaban la necesidad social de tener referentes unitarios. En mayo de 1984, después de las fuertes inundaciones que devastaron Bizkaia, el Athletic duplicó la hazaña, haciendo doblete tras de un bronco partido contra el Barcelona de Maradona. La gabarra volvió a surcar la ría, un acontecimiento social de primerísimo orden.

Según explica el profesor de Sociología en la EHU-UPV Xabier Aierdi, “En 1980, uno de cada tres habitantes de Euskadi no había nacido en dicho territorio”. Durante los 50, 60 y 70, cientos de miles las personas llegaron desde diferentes regiones de España a Bizkaia, el entonces territorio más próspero del Estado. Muchas de aquellas personas se habían instalado en localidades de la margen izquierda y barrios periféricos de Bilbao. En condiciones poco adecuadas, construían sus propias casas y trabajaban a destajo para sacar adelante a sus familias. Algo que no fue bien acogido por todos, llegando a sufrir en algunos casos el estigma de “maquetos”. Al tiempo, la acumulación de personas llegadas de otros lugares, provocó que en determinadas zonas la cultura vasca y el euskera quedasen cerca de la desaparición.

Vizcaínos de adopción, cuyos hijos ya habían nacido en el País Vasco, encontraron en el Athletic una forma de identificación y pertenencia natural con la sociedad que les recibió. Bajo los colores rojiblancos caben todos los orígenes, clases sociales, ideologías y sentimientos nacionales. El Athletic convertía en vasco a todo aquel que vivía y trabajaba en el País Vasco.

La trayectoria de aquel equipo quedó abruptamente rota por el enfrentamiento entre Javier Clemente y Manolo Sarabia. La tensión se mantuvo soterrada debido al secuestro del directivo Juan Pedro Guzmán por parte de ETA, algo que removió los cimientos del club y de la sociedad. Todos los miembros de la entidad, incluyendo a Iribar y a Gainza –fundadores de HB– y la plantilla –de la que formaba parte Endika, yerno de Xabier Galdeano, consejero delegado de Egin y asesinado por los GAL– se posicionaron públicamente a favor de la liberación del empresario. Concluido el cautiverio, el choque entre Clemente y Sarabia se recrudeció, provocando el cese del técnico el 25 de enero de 1986.

La guerra fratricida tuvo unos efectos devastadores ya que la disputa se extendió a toda la masa social. Había clementistas y sarabistas en todas las familias, cuadrillas e ideologías. El Athletic entró en una crisis deportiva que duró lustros. Lo hizo en medio de una situación de crispación general. La temporada 85-86 concluyó con una semifinal de Copa con invasión de campo y cargas policiales.

Pocos meses después del cisma entre Clemente y Sarabia, políticamente se producía otra fractura que marcó a la sociedad vasca. Aquella crisis cortó de raíz las opciones de Pedro Aurtenetxe para ser alcalde de Bilbao. Era afiliado al PNV, formación que en septiembre de aquel 1986 sufrió una traumática escisión. En pocos meses, el nexo social más importante de Bizkaia sufría una ruptura interna y el partido político mayoritario se partía.

El Athletic tiró de chequera para intentar reconducir la situación con Kendall en 1987 y Heynckes en 1992. Además de los estrenos de Alkorta, Urrutia, Garitano, Eskurza o Julen Guerrero, los hijos de los inmigrantes de los 50 o 60 como Ferreira, Luis Fernando, Loren o Valverde también comenzaron a enfundarse la elástica rojiblanca. La rigidez sabiniana que paradójicamente mantuvieron los presidentes de la época franquista, vinculados a la oligarquía de Neguri, se había acabado. El club fue capaz de ir adaptándose a las realidades sociológicas de manera natural y flexible durante los últimos 35 años.

Mientras la industria iba cerrando, dejando unas tasas de paro del 25%, la actividad se orientaba hacia el I+D+I, el turismo y la terciarización. No fue un cambio fácil, pero la nueva fisonomía de la ciudad proyectaba grandes novedades como la instalación en la ciudad del Museo Guggenheim, diseñado por Gehry. Antes Norman Foster sería el encargado de hacer lo propio con el metro. Después, llegarían otros nombres como Calatrava, Pelli o Hadid, mutación durante la que el Athletic seguía fiel a su identidad. La que explica en la página web: “Nuestra filosofía deportiva se rige por el principio que determina que pueden jugar en sus filas los jugadores que se han hecho en la propia cantera y los formados en clubes de Euskal Herria, que engloba a las siguientes demarcaciones territoriales: Bizkaia, Gipuzkoa, Araba, Nafarroa, Lapurdi, Zuberoa y Nafarroa Behera, así como, por supuesto, los jugadores y jugadoras que hayan nacido en alguna de ellas. La ciudad cambiaba de fisonomía, ganando en brillo y belleza, perdiendo parte de su identidad, pero el relato coherente se mantenía mediante la idiosincrasia de su club de fútbol.

El mismo año en el que el Guggenheim abrió sus puertas, el Athletic celebró su centenario tirando la casa por la ventana. El equipo alcanzó la Champions, éxito que gozó de una gran celebración colectiva. La que necesitaba una sociedad con muchas heridas que quería salir a la calle en positivo.

A mediados de la pasada década, el Athletic coqueteó con el descenso mientras se acordaba la construcción de un nuevo estadio. Medida aprobada bajo la presidencia de Ana Urquijo, quien llegó al cargo no mucho tiempo después de la creación del equipo femenino. Los resultados deportivos no eran buenos pero la afición no abandonó a su equipo. Algo que explica Koldo Díaz Bizkarguenaga, doctor en sociología por su tesis sobre la identidad vasca e Internet y actualmente investigador postdoctoral de la University College London y la EHU-UPV: “Un millón de personas, no son tantas, en lo que a las relaciones sociales se refieren. Todos conocemos a alguien que ha jugado en el Athletic, o al hermano de una que juega. Somos una ciudad y un país pequeño. Todos nos conocemos, o nos reconocemos”.

En 2009, el equipo obtuvo una celebradísima clasificación para una final de Copa tras 24 años de ausencia. La ciudad se echó a la calle y el club recuperó su autoestima. Desde entonces, no ha parado de crecer. Al igual que 1986, 2011 es un año clave en la historia del Athletic y también en la del País Vasco. Josu Urrutia accedía a la presidencia del club y contrataba al argentino Marcelo Bielsa. Un genio peculiar al que un exjugador del club en privado definía como “catedrático del fútbol”. Su impacto fue inmediato, el equipo practicó un juego vertiginoso que obtuvo su culmen con la victoria en Old Trafford. Un triunfo que se produjo pocos meses después del anuncio de ETA de abandonar su actividad armada. Un nuevo tiempo de esperanza e ilusión se abría en la sociedad vasca, que tampoco era ajena a la crisis económica. La alegría e identificación colectiva se podía ver en todos los rincones de Bizkaia. El equipo llegó a las finales de Copa y Europa League. Para la cita continental, además, el Athletic obtuvo el billete el día del 75 aniversario del bombardeo de Gernika. Finalmente, no pudo ser, los leones perdieron ambas finales.

El golpe fue acusado, la relación entre Bielsa y la directiva se deterioró después de que el técnico criticase el trabajo de la empresa en unas obras efectuadas en las instalaciones de Lezama. Sin embargo, la noticia más relevante de aquel verano fue el retorno de Aduriz al club. De su mano y de la de Ernesto Valverde, que volvió al banquillo rojiblanco en 2013, los leones han vuelto a ser campeones.

Es la sociedad vasca del siglo XXI. El propio Valverde es de familia extremeña llegada al barrio vitoriano de Adurtza en los sesenta, amigo de referentes culturales como Atxaga y Ruper Ordorika. Otro salto cualitativo fue el debut de Iñaki Williams. Hijo de liberianos que se conocieron en un campo de refugiados de Ghana, nació en Bilbao y es uno de los iconos del Athletic actual. Su presencia ha servido para que buena parte de los inmigrantes africanos que residen en el País Vasco se identifiquen con la política deportiva rojiblanca. En el Informe Robinson sobre Williams, personas de origen africano aseguraban con orgullo que “nosotros también somos hijos del País Vasco”. En tiempos de la globalización nadie duda de que ser del Athletic es la mejor elección. Así lo explica el mismo Díaz Bizkarguenaga, “La identidad entorno al Athletic es hegemónica, no se cuestiona. Una niña que nace en Bilbao es del único equipo que se puede ser, del Athletic”.

No cabe duda de ello, como de que el Athletic es el mayor constructor de identidades colectivas existente en el País Vasco, una entidad futbolística que supera los límites de lo deportivo. Con sus contradicciones, con su forma de proyectarse ante el mundo. Su capacidad para marcar agenda y abrir debates es evidente, como sucedió con la lacra que supone la desigualdad estructural entre hombres y mujeres puesta de manifiesto tras el triunfo del equipo femenino en la última Liga o el debate parlamentario sobre el modelo judicial tras la muerte de Iñigo Cabacas.

El Athletic es el reflejo de su sociedad, el elemento que ha logrado que una comunidad terriblemente fragmentada encuentre una plaza colectiva. Como dice el bertsolari Igor Elortza, “Probablemente el único lugar en el que coincidamos de forma habitual un dirigente del PP vasco y yo, y viceversa”. El propio himno del club lo describe a la perfección con su “Herritik sortu zinalako, maite zaitu herriak” de Antton Zubikarai. “Naciste del pueblo, por eso te quiere el pueblo”. Y el Athletic, lo que ha hecho en sus 118 años de historia, además de ganar muchos partidos, es construir su sociedad, fiel a su política deportiva, vanguardista y coherente con la sociología del país.

Beñat Zarrabeitia es periodista y analista en social media. Colabora con medios de comunicación como Hamaika Telebista, ETB, Euskadi Irratia, Gara o Naiz, así como con diferentes agencias de comunicación y organismos sociales. (@bzarrabeitia)

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