‘Brexit’ es ‘Brexit’. Pero ¿Qué es el ‘Brexit’?

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POL MORILLAS

Theresa May nos hizo salir de dudas: brexit significa brexit. Ello implica que no habrá un segundo referéndum que enmiende el resultado del 23 de junio. No habrá tampoco un voto en el Parlamento de Westminster que contradiga la voluntad de los ciudadanos, a menos que haya que refrendar en las urnas un futuro acuerdo entre la UE y el Reino Unido. Y tampoco parece probable que las fracturas territoriales que han generado los resultados del referéndum (entre Escocia, Irlanda del Norte y Londres y el resto del Reino Unido) vayan a impedir llevar a cabo la voluntad del 52% de los británicos que votaron brexit. El gobierno May es el gobierno del brexit.

Por el momento, los conservadores hacen piña alrededor de su nueva líder y buena parte de los partidarios del brexit (excepto Michael Gove) han sido integrados en el nuevo gobierno. Con ello, May, que hizo campaña por el remain, parece desear que el peso de la gestión del brexit recaiga en aquellos que más se pronunciaron a su favor: el hoy ministro de exteriores, Boris Johnson, y el ministro para la salida de la UE, David Davis.

Ello no significa que la nueva premier británica vaya a tener las cosas fáciles a la hora de gestionar el brexit. Las negociaciones oficiales con la UE aún no han empezado y podrían no hacerlo antes de principios del año que viene. Cuando Theresa May invoque el artículo 50 del Tratado para hacer efectiva la salida, se abre un periodo de negociación de por lo menos dos años para firmar con la UE un “acuerdo de retirada”. Sólo en el momento de su rúbrica los Tratados de la UE dejan de aplicarse en el Reino Unido, por lo que el periodo de negociación puede ser fuente de desavenencias internas en el gobierno y entre éste y el grupo parlamentario conservador.

Y es precisamente en este periodo de negociaciones cuando debe definirse lo que realmente es el brexit. Las dimisiones en cadena de los más destacados brexiteers poco después del 23 de junio dejaron claro que no había una ruta marcada para gestionar la retirada. Muchos acusaron a Johnson, Gove o Farage de un uso instrumental de la cuestión del brexit, cuando no de haber mentido sin escrúpulos. Así que será May la que deba definir en qué se traduce el brexit.

A día de hoy se dibujan dos posibilidades. Por un lado el Reino Unido puede aspirar a la solución noruega, que significaría formar parte del mercado único y seguir beneficiándose de un comercio sin barreras con sus principales socios continentales. Esta opción sería sin duda beneficiosa para Londres, puesto que alrededor del 50% de sus exportaciones se dirigen a la UE. Sin embargo, lleva asociados altos costes que podrían generar turbulencias en el campo de los brexiteers, al ser precisamente la lucha contra estos condicionantes la razón de ser de su campaña. Con su permanencia en el Espacio Económico Europeo, el Reino Unido debería, como Noruega, seguir contribuyendo al presupuesto de la Unión, cumplir con la legislación que emana de Bruselas y, más central durante la campaña del brexit, aceptar la libre circulación de trabajadores.

En la UE, esta opción también genera reticencias. Líderes como el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, del Parlamento Europeo, Martin Schulz o de Francia, François Hollande ya han dicho que “out is out”. Es decir, que el Reino Unido no puede decidir marcharse de la UE y aún así gozar de aquello que más le conviene, su mercado único. Para estos líderes y para muchos otros defensores del proyecto de integración europea, debe haber costes asociados a una salida, precisamente para evitar que otros países quieran emular el ejemplo británico y construir una “Europa a la carta”.

La segunda opción es el modelo suizo. Actualmente hay unos 120 acuerdos bilaterales en vigor entre la UE y Suiza. Son acuerdos sectoriales que permiten a Suiza un acceso parcial al mercado interior de la UE, pero que formalmente se rigen por el derecho internacional. Bajo un marco similar, el Reino Unido podría ahorrarse los costes asociados de formar parte del Espacio Económico Europeo, pero un acuerdo “a la suiza” también conlleva costes.

Además de cubrir muchos menos ámbitos comerciales, el Reino Unido se convertiría en la “parte peticionaria” de esta nueva relación. Ello implica que regiría la asimetría entre Londres y Bruselas, con lo que la agenda de la negociación estaría en manos de la UE. Sin perspectiva de adhesión a la UE (situación en la que se encontraba Suiza cuando empezó a negociar sus acuerdos con Bruselas), el Reino Unido sería tratado con menor benevolencia, al estar llamando a la puerta de un club del que quiere escindirse.

Londres debería aceptar también un acuerdo relativo a la libertad de movimientos. Debería adaptarse continuamente a la legislación de la UE sin poder influir en ella y contribuir “solidariamente” al presupuesto de la UE. Al tratarse de múltiples acuerdos bilaterales, no existiría un marco único de asociación con el mercado de la UE. La parte positiva es que el Reino Unido podría diluir algunos de los aspectos ligados al Espacio Económico Europeo. Pero, como contrapartida, el acceso a los beneficios derivados de la pertenencia al mismo se haría mucho más complejo. La UE tampoco se muestra a día de hoy muy partidaria de reproducir el modelo suizo. Las arduas negociaciones de un centenar de tratados bilaterales distraerían la atención de la UE hacia acuerdos comerciales de más envergadura como el TTIP, que ya se encuentra en fase de estancamiento.

A pesar de las dificultades, a día de hoy parece más probable una solución a la suiza que a la noruega. Ello es lo que prefiere el encargado de las negociaciones con Bruselas, David Davis. Pero el proceso no será tan plácido como se prometían los brexiteers. Ellos decían que conseguir un acuerdo con Bruselas sería fácil y rápido. Que la soberanía del Reino Unido se vería reforzada al dejar de cumplir con los dictados de Bruselas. Que se frenaría la llegada de trabajadores europeos. Y que, por fin, se pondría fin a la sangría de recursos financieros hacia la Unión. Ninguna de las opciones encima de la mesa a día de hoy así lo prevén. Así que, atentos, porque vienen curvas.

Pol Morillas es investigador principal para Europa del CIDOB. (@polmorillas)

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