‘Brexit’: incertidumbre, oportunidad y riesgo

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SALVADOR LLAUDES

Más de un mes ha pasado ya de la celebración de un referéndum cuyo inesperado resultado ha provocado ríos de tinta. Si bien es cierto que las distintas encuestas subrayaban cuán ajustado sería el 23J, pocos pensaban (y pocos querían pensar) que la decisión última de la ciudadanía sería en contra de permanecer en el proyecto comunitario. Claramente se había sobrevalorado el supuesto pragmatismo de los británicos, al tiempo que se había infravalorado lo que cerca de treinta años de campaña mediática en contra de la UE podían acabar provocando.

Desde entonces, la incertidumbre. Y también un poco de caos. Un primer ministro que cae; una crisis de liderazgo en el Partido Conservador que se resuelve con la llegada de Theresa May tras el desconcertante abandono de la carrera por el mando del partido de una Andrea Leadsom que tenía serias posibilidades de, al menos, disputar el puesto; una reconfiguración del Gabinete con la salida inmediata de Cameron y los suyos y la aparición de los ‘brexiteers’ en puestos clave… Y al mismo tiempo, la incomparecencia del principal partido de la oposición, los laboristas, envuelto en batallas internas sin resolver.

Estos problemas políticos han venido de la mano de los económicos, a un lado y otro del Canal de la Mancha. Y es por ello que May está recibiendo presiones para poner en marcha el ahora archiconocido artículo 50 del Tratado de la Unión Europea, que establece el procedimiento de salida de un Estado miembro de la Unión. No obstante, insiste en resistir dichas presiones porque sabe que a partir del momento en que lo active comienza a correr el reloj de salida. Es evidente que al Reino Unido no le interesa en absoluto que empiece esa cuenta atrás sin tener claro al cien por cien cuál es la nueva relación que quiere tener con la UE (en este sentido hay muchos flecos que atar, no siendo menores los relativos a Escocia e Irlanda del Norte). May no quiere pasar a la historia como la primera ministra cuyas actuaciones facilitaron la ruptura de la unidad del Reino Unido.

A este caótico marco dentro del Reino Unido hay que añadirle que la victoria de los partidarios del ‘brexit’ fue pírrica, con un 51,9% de los votos frente al 48,1%, que se cimentaba en gran medida en abiertas mentiras (como los supuestos 350 millones de libras que se irían a destinar semanalmente al NHS, el sistema de salud británico), que aquellos favorables al ‘bremain’ se están movilizando como nunca antes (ciertamente mucho más que durante la campaña) y que el referéndum no era vinculante, sino solamente consultivo, por lo que el Parlamento británico tendría que dar su visto bueno a la activación del procedimiento de salida. Por todo esto hay muchas voces que piden un segundo referéndum ahora o después de la negociación con la Unión Europea o que se lleven a cabo snap elections en las que el primer punto de cada candidato sea su posicionamiento respecto a la Unión Europea.

No obstante, es muy complicado que acabe habiendo un ‘breversal’. Y, ciertamente, la UE no debe esperarlo. Si bien es cierto que la Unión Europea no debe culparse de la salida británica (esto es responsabilidad única de los votantes), la actitud de los mandatarios de las instituciones comunitarias antes del referéndum e inmediatamente después no ha sido ejemplar. Así, Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, habló del ‘brexit’ como del fin de la civilización política occidental; por su parte, Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, sentenció que “los desertores no serían recibidos con los brazos abiertos”; y Martin Schulz, presidente del Parlamento Europeo, urgió a la activación del artículo 50 señalando que el continente no podía ser rehén de los problemas internos de los ‘tories’.

Ello no implica que se deba aceptar todo sin rechistar. Ni mucho menos. La respuesta ha de ser de firmeza, pero sin revanchas. Se deben articular líneas rojas claras (evitando un efecto contagio en lugares como los Países Bajos o Francia) que no se deben sobrepasar bajo ningún concepto durante la negociación con el Reino Unido, como el respeto a la libre circulación de personas, si lo que buscan los británicos es seguir formando parte del mercado interior. Las relaciones han de ser lo más estrechas posibles, sin duda alguna, pero sin acabar convirtiendo a la Unión Europea en un proyecto exclusivamente económico.

Las negociaciones van para largo y, probablemente, si se termina por producir la salida británica, ésta no será antes de 2019. Es por ello que la UE no debe hacer dejación de funciones respecto a los importantísimos retos ante los que está inmersa y también frente a los que se avecinan. En este sentido, el período de reflexión abierto por el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, es buena señal. El próximo mes de septiembre se producirá una nueva reunión a 27 (tras la que se produjo en junio) en la que se empezará a debatir sobre los pasos que debe dar esta nueva Unión Europea post ‘brexit’. También es positivo que se produzcan movimientos en otros formatos, como la reunión de ministros de Asuntos Exteriores de los países fundadores o las de los líderes de Alemania, Francia e Italia (aunque en todos los casos se echa en falta una mayor presencia española en el debate).

Pero la oportunidad de repensar el proyecto europeo que ha venido provocada por el ‘brexit’ puede, de igual forma y si no se aprovecha, convertirse en un boomerang que acabe volviéndose en contra del proceso de integración. En los últimos años y al calor de la crisis económica hemos sido testigos de una creciente desafección ciudadana que se ha traducido, en muchos casos, en muestras de desconfianza mutua entre países y en la consolidación de opciones políticas que rechazan frontalmente el espíritu de solidaridad que puso en marcha el proyecto comunitario. Al mismo tiempo, el temor de parte de la opinión pública ante la crisis de refugiados ha sido utilizado por partidos políticos xenófobos para dar la impresión de que las visiones soberanistas, que ponen el énfasis en la necesidad de cerrar las fronteras (poniendo en riesgo el Espacio Schengen), son las adecuadas.

Es por ello que resulta tan importante que la Unión Europea en su conjunto no se cierre en sí misma, que entienda que si bien no es la culpable de que los británicos hayan decidido marcharse, sí que tiene que aprovechar este momento para no dilatar más la tan necesaria puesta a punto del proyecto colectivo. Solamente buscando soluciones concretas a los problemas que sufren los europeos será capaz de articular una imprescindible nueva narrativa, que sustituya a la ya agotada y otrora triunfante de construcción de paz y prosperidad.

Salvador Llaudes es investigador del Real Instituto Elcano. (@sllaudes)

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