Con la soga al cuello

corbata

PATRYCIA CENTENO

Pocos días después de colocar estratégicamente a Angela Merkel bajo la majestuosa escultura de mármol de cinco metros de altura de Michelangelo para advertir visualmente a Alemania de que hasta el frágil David venció al todopoderoso Goliat, Matteo Renzi quiso ponerle también los puntos sobre las íes (latinas, claro) a su homólogo griego. Para ello, al primer ministro italiano le bastó con regalarle a su invitado una corbata. Alexis Tsipras, inteligentemente, agradeció la manzana envenenada y respondió “me la pondré sólo cuando se produzca el recorte de la deuda”. Porque si en el pasado grandes revolucionarios lucieron el lazo con excelente maestría (Lenin, Trotsky, Santiago Carrillo, Enrique Tierno Galván, Fidel Castro, Salvador Allende, Olof Palme…) y sin despertar ningún tipo de recelo; hoy por hoy, un dirigente progresista que todavía se ate el nudo al cuello está condenado al descrédito social -véase cualquier ejemplar socialdemócrata actual. “La nueva izquierda” del siglo XXI ha convenido -al igual que hicieran los sans culottes con los calzones y los zapatos de hebilla en la Revolución Francesa- que renunciando a la corbata se apartan y distinguen de la casta.

Sin embargo, dentro del panorama político (por defecto, conservador) prescindir del accesorio de la coquetería masculina por excelencia sigue considerándose una osadía. Por eso, la mayoría -a excepciones como la de Xosé Beiras (Anova) con sus estilismos de coherencia ideoestética inmejorable o David Fernàndez (CUP) con sus estudiadísimas camisetas reivindicativas- opta por enfundarse el resto del traje diplomático occidental con tal de intentar disimular el supuesto acto de subversión estética. Así, Alberto Garzón -como ya hacía Cayo Lara- tira de americana aunque con dicha prenda tape la proclama estampada en la t-shirt que lleve debajo. Por su parte, Pablo Iglesias acepta el lazo para presentar La Tuerka, pero la maltrata como haría un adolescente rebelde con severa desidia. Tampoco nadie sabe si el presidente galo pretende homenajear o ultrajar dicho complemento. Porque aunque la belleza de la seda azul marino con la que François Hollande ha logrado crear tendencia revele un gusto refinado, el mareo constante al que somete a sus corbatas podría ocultar una retorcida estrategia de mofa subliminal. La página web www.francois-tacravate.fr calculó que en el 40% de las apariciones públicas del actual inquilino del Elíseo la famosa prenda se inclina, y la mayoría de las veces, curiosamente, siempre hacia su derecha…

Lo que se observa en el sin corbata es que ha logrado liberarse de la soga o cuerda que lo reprimía y lo hacía sumiso a las reglas establecidas (indumentarias, económicas, morales…). “Probé un par de veces a llevarla, pero me ahogaba”, resume Yanis Varoufakis. Pero mucho antes de que el ministro  de finanzas heleno perturbara al Eurogrupo pavoneándose descorbatado, con el cuello de la americana subido, y con la camisa por fuera del pantalón; Andreas G. Papandreu, ya en los años setenta, generó igual revuelo la primera vez que acudió al parlamento griego ataviado con un jersey de cuello alto negro bajo su traje. Aquel inocente suéter se antojó como un símbolo de libertad, ruptura y regeneración. Las críticas de la oposición sobre el atavío del fundador del PASOK fueron feroces pero el enfrentamiento estilístico le proporcionó aún más fama a Papandreu, y tanto los miembros del gobierno, como los militantes y simpatizantes socialistas acabaron imitando y popularizando el atavío informal de su líder. En España, una de las pocas desavenencias que un partido ha llegado a reconocer como cierta en la sede de su organización ha venido motivada por el debate de corbata sí o corbata no. Durante el mandato de Zapatero resultaban esperadísimos para la prensa los rifirrafes estivales a los que nos tenían acostumbrados el entonces presidente del parlamento José Bono y el ministro de Industria Miguel Sebastián sobre la obligación en el uso de esta pieza. Ambos le hubieran provocado una sonora carcajada a Victoria Kent que en 1918 ya vestía traje sastre y camisa con corbata negra. Pero antes que llegara la desunión estilística al PSOE, la guerra ya se había declarado en la casa de los republicanos catalanes cuando Josep Bargalló -y su cuello desnudo- se convirtió en conseller en cap de la Generalitat de Catalunya. El entonces líder de ERC, Joan Puigcercós, llamó al orden al desertor y a todo aquel que pretendiera seguir tal tendencia porque, en su opinión, la corbata era el modo de que los ciudadanos “identificaran debidamente”  al representante público. Tampoco el president Josep Tarradellas, defensor a ultranza del complemento, logró convencer a Antonio Gutiérrez Díaz, secretario general del PSUC, para que vistiera corbata. Eso sí, “Guti” se las ingenió para, sin tener que sacrificar sus ideales, evitar ofender en exceso: bastó con sustituir sus camisas abiertas por suéteres de cuello cisne.

Quienes parecen haberle plantado cara con mayor rotundidad y de un modo más unánime a una de las tantas imposiciones estéticas burguesas son los mandatarios latinoamericanos. ¿Qué sentido tendría incorporar una corbata a looks cada vez más comprometidos con todo tipo de reminiscencias indígenas, folclóricas y proletarias? Los mayores defensores del cuello abierto, sin duda alguna, Evo Morales y José Mujica. De hecho, el expresidente uruguayo considera al accesorio “un trapo miserable” y, aunque terminó aceptando comprarse un traje para “no pelearse constantemente con el protocolo”, dejó bien claro a sus colaboradores que él tomaba la presidencia como un trabajo y “para trabajar no se precisa corbata”. Por supuesto, otros -que aparentemente parecían detestarla igual- la recuperaron cuando les interesó. “El capitalismo es un sistema que permite robar con corbata”, decía Hugo Chávez que las escogía, como los marxistas de finales del siglo XIX, rojas. Del mismo modo, aunque a Rafael Correa se le conociera durante su época de ministro de finanzas como “El rebelde con corbata”, una vez ascendido a capitanear el gobierno, prefirió diseñar camisas de cuello cerrado con motivos étnicos para las citas de relieve internacional.

La existencia de una relación rigurosa entre la estructura de clases y algo aparentemente tan frívolo como es un trozo de tela no es un capricho o un empecine, es una realidad dibujada por la historia. La corbata, como cualquier otra prenda de ropa, peinado, maquillaje o accesorio decorativo, ha servido para indicar el estatus social, la ideología y el estilo de un individuo o colectivo. Tan solo es necesario repasar las grandes revoluciones ocurridas para percatarse de que cualquier protesta y descontento social ha acabado tejiendo atuendos característicos. Es decir, no hay vestido nuevo sin revolución pero no hay una nueva revolución en la que no se estrene o defienda un vestido. Tal vez, la ausencia de corbata en los cuellos de la nueva izquierda solo anuncie tímidos cambios pero, lógicamente, para pelear diariamente contra Goliat resulta liberador no andar ya con la soga al cuello.

Patrycia Centeno, periodista y asesora de estética política.  Autora de Política y Moda, la imagen del poder (Península, 2012) y Espejo de Marx , ¿la izquierda no puede vestir bien? (Península, 2013) www.politicaymoda.com
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