Discurso indigenista latinoamericano

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LESLEY BRICEÑO

En estos últimos 25 años, América Latina ha sido testigo de cómo los diferentes pueblos originarios del continente, a través de diversos interlocutores, han logrado dar mayor visibilidad a la realidad en que viven (pobreza, exclusión, discriminación, etc.), como también a sus diversas demandas políticas, sociales, económicas, entre otras; que buscan tratar de entregar herramientas para solucionar los problemas que han sido parte de su realidad desde el período de conquista y colonización europea. La conmemoración de los 500 años de la llegada de Cristóbal Colón a América marcó el inicio de una serie de movilizaciones (pacificas y violentas) que reiniciaron un ciclo de visualización de la cuestión indígena. Desde México a Tierra del fuego, los pueblos originarios han vuelto a alzar la voz…

Este fenómeno que parece reciente, se ha visibilizado debido, principalmente a 3 procesos que ocurrieron hacia fines del siglo XX histórico, y que permitió que el discurso indigenista se escuchara con voz propia y no dentro de otros discursos políticos y sociales que no representaban por completo la realidad de las etnias originales de Latinoamérica. Tal como lo plantea el filósofo chileno José Bengoa, el fin de la guerra fría, con el fin de la identificación de sus demandas en el clivaje izquierda – derecha;  la globalización que produce nuevos discursos de identidad,  y los procesos de modernización que han traído como resultado una crisis profunda de la idea de ciudadanía han permitido la emergencia indígena que se puede definir como el “proceso de toma de afirmación de identidades colectivas y de constitución de nuevos actores”; y en este proceso se ha producido un proceso de re-etnización: “como se ven ellos mismos” y tratar de definir lo que es ser indígena en el siglo XXI, tomando el punto de partida de que indígenas han existido siempre y no es algo que haya surgido en los últimos 25 años, sino que sus discursos fueron silenciados y sus identidades transformadas.

El “indigenismo” re-surge en América Latina, como un movimiento indígena postmoderno como consecuencia de la crisis de las ideologías y los procesos revolucionarios globales. Este tipo de movimiento, que si bien es global en todo el continente, responde a los procesos y características particulares de cada una de las sociedades latinoamericanas.

En este contexto, nos encontramos con dos momentos fundamentales en la lucha por el reconocimiento de las demandas de los pueblos originarios latinoamericanos; por un lado el alzamiento en Chiapas y Ecuador en la década de los 90 fue un puntapié inicial para una serie de otras manifiestaciones a lo largo del continente: Nicaragua, Chile, Colombia, entre otros; a través de las cuales irrumpió el tema de la autonomía, el reconocimiento de derechos indígenas y de la doble ciudadanía (no entre Estados sino dentro de un mismo Estado). Y ya entrado el siglo XXI haber conseguido importantes logros durante estos casi 25 años, como se puede ver en la llegada de Evo Morales a la presidencia de Bolivia, el discurso con un marcado tilde indigenista de Ollanta Humala, en el discurso populista de Nicolás Maduro, heredado de Hugo Chávez. Y al mismo tiempo, diversos triunfos electorales en municipios, logrando el control de las instituciones locales, por parte de organizaciones y líderes políticos indígenas.

Pero no solo este discurso indigenista ha tenido triunfos electorales y políticos; por otro lado el surgimiento con fuerza de diferentes ONG indígenas y ambientalistas  que han apoyado a las comunidades en temas de organización, asesorías legales y ayudas en la implementación de las diferentes legislaciones que se han aprobado en el último tiempo (como lo es el convenio N°169 de la OIT), apoyados en las redes sociales y en las diferentes tecnologías actuales, han logrado dar a conocer globalmente las historias particulares de cada uno de estos pueblos.

En resumen, el contexto histórico, político y social en el cual re-emerge la cuestión indígena durante la década de los ’90, es muy diferente a los movimientos de reivindicación campesino-indígenas que durante casi 500 años han estado presente en América Latina.

Durante la década de los 90 fuimos testigos de la “re-emergencia” de un sujeto histórico: los pueblos indígenas. Quienes han vivido un proceso de afirmación de identidades colectivas y de constitución como nuevos actores, lo que ha llevado a un cuestionamiento al Estado Republicano, centralizado y unitario que se ha tratado de construir en América Latina. Es también un cuestionamiento a las historias oficiales, al relato que los Estados han tratado de construir; es quizás un proceso de recuperación de las historias propias de cada uno de estos pueblos tratando de acallar la amnesia historicista en la que está sumergida Latinoamérica desde su “fundación”.

Y estas historias oficiales, entran en conflicto con el discurso político – intelectual indígena, con las nuevas organizaciones y con las nuevas formas de interpretar sus propias movilizaciones; que en muchos casos van en contra con los “intereses país”, especialmente de índole económica. Algunos Estados latinoamericanos, como es en el caso Chileno, han logrado satisfacer en forma parcial algunas de sus demandas, pues se basan en la idea de que los mapuches deben de ser mapuches urbanos y que deben de integrarse al modelo de vida occidental, por lo que sus demandas de autonomía y reconocimiento cultural, han sido dejadas de lado por parte del Estado. El caso chileno, es bastante emblemático, debido a que es el único Estado latinoamericano que aún no reconoce constitucionalmente a los pueblos originarios.

El problema de fondo; más allá de los temas de pobreza, de tenencia de tierras y de los conflictos de las comunidades con los diferentes sectores productivos, es que el discurso indígena latinoamericano interpela la misma idea del Estado nacional, y la necesidad del reconocimiento de una pluralidad cultural y étnica; que no todos los Estados han reconocido.

Lesley Briceño Valencia es docente en la Universidad del Desarrollo – Concepción, Chile. Doctora en ciencia política por la Universidad de Barcelona
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