Donald, el político

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CARLOTA GARCÍA ENCINA

Heredero de una de las grandes fortunas de la construcción de los Estados Unidos, magnate de los negocios, estrella de la televisión, celebridad global y una marca personal, Donald J. Trump ocupará el Despacho Oval los próximos cuatro años. Pero su “carrera” política, o más bien su coqueteo con la política, comenzó hace mucho más tiempo.

Una mañana de octubre de 1987 un helicóptero aterrizaba en el aeródromo de New Hampshire. En las escaleras, Donald Trump, el magnate inmobiliario de 41 años que llegaba de Nueva York. Con él venía Mike Dunbar, un militante republicano cuya lectura diaria del The Wall Street Journal le había llevado a pensar que Trump podía ser un buen presidente. E hizo todo lo que pudo para conseguir que se lanzara a la carrera. Una pequeña multitud le esperaba ondeando consignas de “Trump para presidente”, pero el magnate se dirigió a la multitud descartando toda posibilidad. Después despotricó durante la siguiente media hora sobre Japón, Arabia Saudí y Kuwait, aliados de los Estados Unidos. También criticó a Washington y a Wall Street, a los políticos y a los economistas, y a toda aquella nice people de la que él y todos ya habían tenido suficiente. Afirmó que su país se encaminaba hacia el desastre mientras las demás naciones se reían de ellos: “Si no escogéis al hombre correcto, va a haber una catástrofe en este país en los próximos cuatro años como nunca antes la hubierais imaginado (…) y entonces suplicareis por tener al hombre correcto”. Enfadado, vociferaba sobre la pérdida de poder de los Estados Unidos en un mundo peligroso, con un discurso además con tintes nativistas y aislacionistas. Un mes antes había colocado  –a golpe de talonario– un anuncio de una página entera en el The Boston Globe, el The New York Times y el The Washington Post en el que criticaba la política exterior de la Administración y acusaba a los líderes políticos de dejar que los aliados se aprovecharan de su país.

El diagnóstico que hizo entonces y su mensaje de fracaso y de hundimiento de los Estados Unidos, no se diferencia mucho del que ha hecho en el último año en su campaña política, con la diferencia de que entonces el presidente era un gran icono republicano, Ronald Reagan. Poco tiempo después, los demócratas también trataron de atraerlo para que les ayudara con la financiación del partido. Era joven, dinámico y exitoso.

En 1989 Trump volvió a colocar un anuncio en varios periódicos importantes, esta vez pidiendo la pena de muerte para unos “salvajes” que habían abusado brutalmente de una chica en Central Park. La criminalidad había crecido en la ciudad de Nueva York y el magnate pidió al alcalde de la ciudad que los culpables de los crímenes sufrieran como sus víctimas, y que si mataban debían morir, como ejemplo para que otros no lo hicieran. Un duro discurso enmarcado en la seguridad que también nos recuerda al tono utilizado en esta campaña.

Estos dos aspectos, la crítica a los aliados y a las alianzas de los Estados Unidos, y el duro discurso en los temas de seguridad nacional, han sido una constante en él. Aunque su posición en muchos otros asuntos como el aborto o la atención sanitaria por parte del Estado ha cubierto todos los espectros de opinión posible a lo largo de estos años. Porque Donald Trump ha sido republicano, demócrata e independiente, siendo miembro del Partido de la Reforma, fundado en 1995 por Ross Perot.

La figura de Trump no se entiende completamente sin la de este otro empresario de éxito y populista que, como Trump, tampoco formaba parte del “aparato” de ninguno de los grandes partidos políticos del país. Ross Perot era también un outsider. Ambos han compartido su apuesta por el proteccionismo frente al libre comercio, y ambos han pedido a los aliados de los Estados Unidos que paguen más por su propia defensa. Sus mensajes también han sido simples: para Perot la deuda nacional estaba destruyendo el país, para Trump la inmigración ilegal. Y sus campañas han girado alrededor del carisma de los candidatos, con una exitosa estrategia en los medios y rompiendo cualquier norma o corrección política. Se suele argumentar que Perot fue un spoiler o una anomalía, aunque fuera el más exitoso candidato de un tercer partido desde 1912. Pero es lo que más se asemeja a un precursor de Donald Trump, con la gran diferencia de que Perot no se presentó ni como republicano ni como demócrata, lo que le impidió llegar más lejos.

En el año 2000, todavía como miembro del Partido de la Reforma, Donald Trump escribió que estaba considerando seriamente presentarse como candidato a la presidencia de los Estados Unidos. Nunca antes había sido tan claro. Impulsado por gente como el gobernador de Minnesota, Jesse Ventura, barajó tal idea en los medios durante un tiempo, pero finalmente abandonó los esfuerzos en favor de Pat Buchanan. Pero lo más interesante de este nuevo devaneo fue el libro que publicó. Bajo el título The America We Deserve, presentó un compendio de propuestas políticas para una teórica Administración Trump. En ese momento no había crisis financiera, ni había ocurrido el 11-S, ni había guerra en Afganistán ni en Irak, ni existía la Administración Obama. Pero en el libro repitió su más dura retórica con respecto al crimen, afirmando que dicha amenaza estaba relacionada con las tendencias demográficas. También en la publicación se mostró a favor de algunas pequeñas restricciones para el acceso a las armas; habló de China como un rival amenazador; apostó por limitar las intervenciones militares de los Estados Unidos a los intereses estratégicos del país; se opuso a la inmigración, tanto legal como de indocumentados; y apostó por un sistema de prestación de salud como el que había en Canadá. Y lo más curioso es que ya se hacía una idea de lo que podría suponer su candidatura para los medios de comunicación: “Let’s face it. If I run, it will be a boon to the political cartoonists and late-night talk-show hosts. But I can take it.”

Más conocidos son sus posteriores flirteos con el Tea Party, un movimiento que emergió cuando pequeños empresarios y miembros de la clase trabajadora que escaparon de los efectos de la recesión de 2007 se quejaron amargamente de que las políticas les obligaban a subvencionar a los que no se lo merecían, como los imprudentes especuladores de Wall Street, compañías mal gestionadas como las de Detroit, y hasta la inmigración ilegal. En abril de 2011, en Boca Raton, Trump se dirigió a la multitud del Tea Party al estilo de una campaña política, afirmando que era un verdadero conservador. Y de ahí, a anunciar su candidatura en junio de 2015 y emergiendo rápidamente como favorito para la nominación del Partido Republicano.

Aquellos que afirman que todo lo que ha ocurrido ha sido una sorpresa han cometido el error de no ver sus antecedentes. “Sigue siendo el mismo candidato que yo quería para presidente. No ha cambiado”, es lo que afirma Dunbar, aquel que en 1987 trató entonces de que fuera presidente. La pregunta ahora es si Trump seguirá siendo Trump en la Casa Blanca.

Carlota García Encina es investigadora del Real Instituto Elcano.

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