El efecto de los debates presidenciales

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INÉS ROYO

Los resultados de las elecciones presidenciales de Estados Unidos del pasado 8 de noviembre han supuesto un sobresalto para parte de la comunidad internacional. La victoria de Donald Trump, una gran sorpresa para la mayoría, nos deja muchos aspectos por analizar: desde la calidad de las encuestas realizadas, hasta la efectividad de una teoría enunciada en 1977 como la “espiral del silencio”. Pero para los profesionales de la comunicación y, en especial, de la comunicación política, ha supuesto un resquebrajamiento de las lecciones que durante décadas habíamos seguido como válidas, fiables y demostradas.

Tras una campaña convulsa, el triunfo de Trump nos hace ahora cuestionarnos si de verdad hace falta una gran recaudación de fondos, un gran equipo en todo los estados, el apoyo de minorías como la de los hispanos o un discurso impecable para ganar una elección presidencial. El candidato republicano no tuvo completos ninguno de estos aspectos este año pero ocupará la Casa Blanca durante los próximos cuatro.

En esta línea, otras de las tradiciones que han entrado en el baúl del cuestionamiento son los debates electorales. Porque Trump, por mucho que las parodias en televisión o los memes posteriores lo ridiculizarán durante semanas, no tuvo grandes actuaciones en ninguno de los encuentros frente a Hillary Clinton, pero salió airoso de los tres, incluso del que se celebró horas después de haberse publicado un video en el que hacía declaraciones sexistas. En esta campaña hubo tres encuentros presidenciales y cada uno tuvo su momento o frase protagonista. Aunque poco contenido e impacto entre los votantes.

El primer debate tuvo lugar el 26 de septiembre en Nueva York. Ambos candidatos jugaban en casa y la expectación que el primer encuentro entre Trump y Clinton había provocado entre el público de todo el mundo supuso que más de 100 millones de personas lo siguieran a través de la televisión o de los portales y redes sociales que lo emitieron en directo. Fue un encuentro que no cumplió con esas expectativas porque fue agresivo, muy negativo y poco profundo en cuanto a la explicación de las propuestas. Lo que no sabíamos entonces es que esa iba a ser, con pocas excepciones, la dinámica de los otros dos.

En Nueva York se vio a un Trump más moderado que en los debates celebrados durante las primarias, pero no dudó en sacar a la luz la polémica de los e-mails de Clinton o de intentar ridiculizar la extrema preparación de la candidata demócrata para ese debate. Por su parte, Clinton reconoció (y demostró) que estaba de verdad muy preparada para el encuentro y sentenció que también lo estaba para ser presidenta. Hillary se adjudicó el primer debate, las encuestas lo demostraban en los días posteriores y lo sucedido fue parte de la agenda y del contenido de los talk shows del domingo de esa semana.

El segundo debate cambió de formato y vimos a los candidatos pasearse por el escenario mientras respondían las preguntas en directo del público presente. Fue el 9 de octubre en Missouri y aunque días antes los candidatos a la vicepresidencia se habían enfrentado mesa de por medio y habían hecho lo que sus compañeros de fórmula no hicieron (explicar las propuestas) la actualidad mandaba y toda la atención se centró en el momento más complicado de toda la campaña para Donald Trump y su equipo. 48 horas antes del segundo debate presidencial había salido a la luz un vídeo en el que el magnate hacía comentarios sexistas contra las mujeres. Todos encendimos la televisión para ver cómo se defendía y no hubo que esperar mucho porque fue la primera pregunta de los moderadores.  Trump se excusó diciendo que eran comentarios propios de “charla de vestuario”. Y las redes sociales empezaron a hervir criticando el machismo declarado del candidato republicano.

Este desprecio hacia las mujeres hizo que Clinton se negara a saludarle antes de que comenzara el encuentro y provocó uno de los encuentros más tensos y agresivos de la historia. Sin embargo, Trump fue reconduciendo su discurso a lo largo de los 90 minutos y salió muy airoso de la prueba que podía haber destruido su candidatura.

De nuevo, ambos explicaron en los primeros minutos un par de propuestas económicas y de defensa y el resto del tiempo lo dedicaron a los ataques y los insultos. Clinton se mostró de nuevo más preparada y presidencial pero no supo aprovechar la oportunidad de ser sobresaliente y el debate terminó en empate. Un debate que ya costaba terminar de ver sin el apoyo de las redes sociales y que tuvo su mejor momento en el último minuto cuando los candidatos tuvieron que decir algo positivo de su contrario. Clinton reconoció a Trump la gran labor que había desarrollado con sus hijos y Trump ensalzó el poder incansable de Clinton de luchar por lo que quiere.

Para el último encuentro del 19 de octubre en Nevada, el listón de expectativas ya se encontraba por los suelos, pero millones de ciudadanos lo volvimos a ver esperando que los dos candidatos echaran el resto en la recta final de la campaña. En la primera media hora hubo más contenido que en los 180 minutos de debates anteriores. Trump estuvo tranquilo y explicó de forma muy concisa qué iba a hacer si llegaba al Despacho Oval. Clinton, otra vez muy preparada, hizo lo propio. Pero a los 40 minutos volvió la dinámica habitual y la desesperación del público. El momento culmen fue protagonizado por Trump cuando aseguró que no reconocería los resultados del 8 de noviembre en caso de que él no ganara la elección. Le valió muchísimas críticas por parte de líderes de su propio partido, del Partido Demócrata y de los ciudadanos. Pero no hizo falta que lo reconociera porque finalmente ganó la elección. Aun así el debate terminó de nuevo en empate.

Ahora, una vez conocidos los resultados y con Trump como presidente electo de Estados Unidos, la gran pregunta es si los debates (junto con el dinero, los voluntarios o los sondeos) sirven para algo. Según los estudios (ya cuestionados al mismo nivel que las fallidas encuestas), el 62% de los votantes ya tenía decidido su voto en el mes de septiembre, por lo que los debates tenían poco margen de influencia. Pero en Estados Unidos estos encuentros son parte esencial del sistema democrático, un ingrediente más del show político en el país del info-entretenimiento y una herramienta esencial para que los ciudadanos conozcan las propuestas e ideas de sus candidatos.

Pero esa es la teoría hasta ahora. Trump apenas explicó un 20% de sus planes de acción en tres noches y el resto del tiempo lo dedicó a sacar a la luz la nutrida hemeroteca de escándalos de Clinton y, en varias ocasiones (más de las deseadas), a atacarla y menospreciarla directamente. Una actitud que hasta la última elección presidencial hubiera sido suficiente para que el candidato quedara atrás en las encuestas y en las urnas. Pero este año cualquier cosa podía pasar y la que en principio estaba más preparada para el cargo y para debatir, perdió. Y al mismo tiempo, Donald Trump, con su estilo provocador, ganó. Ahora toca revisar teorías y analizar qué ha pasado en una de las elecciones más atípicas de la historia.

Inés Royo es investigadora del The Hispanic Council. (@inroyo)

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