El discurso: la investidura de Pedro Sánchez

pedro sanchez

ITZIAR GARCÍA

“El cambio que une”. “Un futuro para la mayoría”. Estos fueron los dos eslóganes que el Partido Socialista Obrero Español, liderado por Pedro Sánchez, utilizó a lo largo de la precampaña y campaña de las elecciones generales que se celebraron en España el pasado 20 de diciembre.

A lo largo de ese tiempo, el aspirante socialista, que se presentaba por vez primera a la Presidencia del Gobierno, trataba de poner en valor la novedad y la juventud de su propia candidatura con la solidez, la experiencia y la seguridad que podían transmitir las siglas que le respaldaban: “cambio” como respuesta a las exigencias que pedía a gritos una opinión pública desafecta y que encarnaba su persona; y unidad y “mayoría”, como apelación a un voto útil de aquellos electores del PSOE que podían dudar entre los emergentes, especialmente Podemos, fragmentando la izquierda y perdiendo votos en virtud de la Ley D’Hondt.

La campaña, sin embargo, fue por otros derroteros y esa mayoría a la que quería unir Pedro Sánchez se vio alterada por una imagen y estilo agresivos del candidato, y el empleo de un tono agresivo para todo aquel voto útil que aspiraba atraer, bien por las siglas, bien por su persona. Tildó a Ciudadanos de “Nuevas Generaciones del PP” y afirmó que nunca pactaría con los populistas; palabras, todas ellas, que iban en la línea contraria a la “unidad” y “mayoría”. Maldita hemeroteca, diríamos ahora.

El PSOE obtuvo el peor resultado de su historia, con 90 escaños. La estrategia, bien diseñada para posicionar en el centro del espectro político al candidato y hacer frente a su verdadero rival, el PP de Mariano Rajoy, se truncó como consecuencia de los discursos de campaña. Olvidando los eslóganes, Pedro Sánchez se equivocaba de contrincantes y atacaba sin piedad a aquellos que luego, como se vió en el discurso de investidura, ha tenido que volver a conquistar.

Un discurso solemne, donde Pedro Sánchez eleva su estatus, pasando de candidato amateur a hombre de Estado que asume responsabilidades otorgadas por la Monarquía, a quien agradece su labor y ofrecimiento para presentarse a la investidura –todo un guiño al electorado más moderado, que luego hemos visto que ha tratado de cautivar–, pero sin olvidar a la izquierda. Un discurso que le devuelve a la imprescindible coherencia exigida a cualquier dirigente político. Un discurso que vuelve a los principios de los dos eslóganes y que trata de ser la alternativa al Partido Popular.

Pedro Sánchez vuelve a apuntar bien el tiro y ataca a su verdadero rival. De hecho, es el único partido y el único candidato que nombra en esta alocución. Nombra, critica con dureza y arremete recordando a la opinión pública los casos de corrupción del Partido Popular. Este tono airado, crispado y de ataque se dulcifica en la siguiente escena, donde se proyecta la imagen de ese hombre de Estado antes mencionado, el actor que “tiende la mano” a izquierda y derecha, incluso a su enemigo número uno, Mariano Rajoy,  para hacer reformas de especial trascendencia política. Pedro Sánchez es, en este capítulo, “el cambio que une”, el hombre que aspira a ser presidente “para la mayoría”.

Se trata de un ejercicio de “responsabilidad institucional” –frente a la irresponsabilidad del PP por no haber aceptado el encargo de formar gobierno por parte de Felipe VI–. El PSOE busca en esta puesta en escena una imagen pública de partido de orden que desea sacar a España del desgobierno y la parálisis a la que le ha abocado el Partido Popular. Es el partido que engrasa y facilita la puesta en marcha de las instituciones para ponerse a trabajar sobre cuatro pilares; cuatro ejes que van más allá de políticas concretas y que se inmiscuyen en cuestiones trascendentales que obedecen más a una segunda transición que a un mandato al uso: reforma constitucional, encaje de Cataluña, regeneración democrática y políticas deempleo e igualdad.

Exceptuando esta última reforma, dirigida al sector más ideologizado de su partido, las anteriores obedecen a lo que la ciudadanía expresó en las urnas y los asesores de Pedro Sánchez supieron interpretar a la perfección: hastío, cansancio y necesidad de un punto de inflexión en la política española. Recogido el guante, Pedro Sánchez, con el juego de la triangulación política acuñado por Dick Morris, trata de apropiarse de conceptos propios de los partidos emergentes y los hace suyos: reforma constitucional, eliminación de aforamientos, ingreso mínimo vital… Todos ellos, términos o propuestas que no han salido a relucir hasta la aparición de Ciudadanos y Podemos.

Consciente del reto, pero como líder de un partido centenario, con experiencia y responsabilidad de Estado, este discurso pone en evidencia la necesidad de mantener la coherencia discursiva a lo largo de toda la campaña. Un relato donde el héroe identifica perfectamente al enemigo y busca su desgaste, se centra en él y no lo pierde de vista. Un relato en el que no se ataca a los posibles aliados postelectorales. Y un relato moderado, tendiendo al centro y tono amable, donde se encuentran, precisamente, la mayoría de los indecisos, que son, en definitiva, los que tiene que atraer cualquier partido político tras consolidar los fieles y cautivar a los nuevos votantes.

Leer el discurso en http://www.beersandpolitics.com/discursos/pedro-sanchez/aceptacion-de-la-propuesta-de-investidura/1611

Itziar García es consultora de comunicación política y profesora en el máster de comunicación política de la Universidad de Navarra. Coordina ACOP en el País Vasco y coorganiza los Beers & Politics en Bilbao y San Sebastián. (@itziar_g)
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