El “efecto Corbyn”: un idealismo ¿pragmático?

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SERGIO LÓPEZ DE ARBINA

Justine Thornton, abogada experta en derecho medioambiental, está acostumbrada a soportar el peso de la responsabilidad en el ejercicio de su trabajo. Ha asesorado al gobierno en políticas ecologistas y vinculadas a la biotecnología, y ha llegado a presidir la asociación independiente SERA, vinculada al Partido Laborista. El 8 de mayo de 2015, sin embargo, Justine fue testigo de la impía responsabilidad política que su marido estaba obligado a asumir. El riesgo de inducir el principio del fin del Nuevo Laborismo parecía evidente, pero ambos eran conscientes de las consecuencias de escurrir el bulto.

La historia es bien conocida: Cameron revalidaba su liderazgo con una mayoría absoluta (331 escaños, +24) y el sistema electoral británico (first-past-the-post) dejaba al laborismo a 99 escaños de distancia (-26) a pesar de haberse quedado “sólo” a 6 puntos porcentuales de los tories y haber subido ligeramente en votos (+1,5), más incluso que los propios conservadores (+0,8).

En la mañana siguiente a los comicios, asesores de Miliband le pidieron que no renunciara al liderazgo del partido hasta finales de año, pero “Ed” ya no era capaz ni siquiera de afrontar un nuevo cuerpo a cuerpo parlamentario con el flamante ganador. La carrera por sustituirle comenzó el 8 de mayo y finalizó el 12 de septiembre con la elección como nuevo líder de un veterano diputado de 66 años de edad: Jeremy Corbyn.

La derrota de Miliband no eclipsó su victoria en el distrito de Islington North con un 60% de los sufragios, guarismo que resultó premonitorio de su hazaña más importante tras el verano. Quienes asocian el triunfo de Corbyn al nuevo sistema de votación y la influencia de los nuevos registrados (que no afiliados) al Labour Party no hacen justicia a las estadísticas: es cierto que recabó el 84% del apoyo de estos “registered supporters”, pero también lo es que su victoria hubiera resultado igual de aplastante si no se hubiera contabilizado ese voto; de hecho, hubiera obtenido el 51,4% de los sufragios frente al 23,4% de su más inmediato perseguidor Andy Burnham (hoy dentro del “gabinete en la sombra” de Corbyn).

Corbyn jugó a dibujar la figura de Margaret Thatcher en el primer ministro Cameron, simplificando los objetivos de campaña y también los mensajes. Aprovechó a la perfección el contexto político marcado por la introducción en el Parlamento de la reforma de la Ley de Sindicatos propuesta por el Ejecutivo; su pasado (y presente) sindicalista y la histórica huelga de mineros de 1984 (poco después de la reelección de Thatcher) completaron el esquema que quería seguir Corbyn para escribir e imponer un relato cercano al populismo pero efectista como pocos.

La campaña de Corbyn se basó en la calle real y en la virtual: por un lado, en la acción de movimientos vecinales y comunitarios ajenos al partido; por otro, en un uso tan inteligente como prolífico de las redes sociales para transmitir su mensaje de esperanza: la vuelta a los orígenes del argumentario socialista como punto de partida para ofrecer una alternativa real al neoliberalismo tory. Un discurso en positivo que huía de las descalificaciones y los reproches morales hacia sus adversarios; enemigo de pisar el terreno de lo personal, en su discurso de proclamación como líder laborista no dudó en censurar la campaña de acoso y derribo que, en su opinión, los tabloides británicos habían orquestado contra su propia familia.

En llamativo contraste con la fidelidad que mostraron los votantes reenganchados al fenómeno corbynista, el respaldo con el que cuenta hoy dentro de su formación y su grupo parlamentario es más que cuestionable. Apenas unas semanas después de certificarse su triunfo, las bajas en el partido no se hicieron esperar: quien sirviera como ministro de gabinete en los gobiernos de Blair y Brown, Andrew Adonis, abandonaba su afiliación al grupo parlamentario laborista en la Cámara de los Lores para ejercer como independiente; la misma decisión adoptaron Lord Grabiner, quien confesó no tener nada en común con Corbyn y su séquito de aduladores, y Lord Warner, vinculado también al último gobierno de Tony Blair.

La sensación de división en las filas socialistas crece de forma proporcional a las maniobras de algunos grupos, ideológicamente muy escorados a la izquierda, para forzar el cambio de caras en feudos de signo obrero como Tottenham, Peckham o Streatham. Según apuntan informes filtrados a diversos medios, se trataría de una campaña orquestada desde la izquierda más próxima a Corbyn para forzar la salida de diputados moderados. Tres cuartas partes del país (75%) consideran “roto” el partido, en lo que no deja de ser un diagnóstico preocupante para quien prometió, durante y después de la campaña de primarias, unificar las distintas sensibilidades.

Ante estos síntomas de fragmentación en su propio grupo parlamentario, Jeremy Corbyn precisa demostrar su capacidad de político “presidenciable” en el escenario más idóneo para ello: la Cámara de los Comunes, donde cada miércoles el primer ministro y el líder de la oposición se baten en duelo dialéctico en una sesión que podríamos asimilar a nuestras sesiones de control del Congreso de los Diputados. Ahora bien, habida cuenta de sus primeras comparecencias parlamentarias (en las que mantiene su costumbre de dirigirse al jefe de gobierno a través de cuestiones planteadas por los ciudadanos), cabe la posibilidad de que Corbyn se vea obligado a repensar su estrategia a la hora de enfrentarse a Cameron.

Gusta esa idea de una nueva forma de hacer política, y resulta plausible su intento de transformar los PMQs introduciendo cierto grado de realismo mediante aportaciones de la opinión pública sobre políticas concretas. Sin embargo, el Partido Laborista corre el riesgo de ningunear estrategias de comunicación tradicionales cuya eficacia ha sido históricamente demostrada. Los conservadores se han hartado de repetir en cada entrevista, discurso o intervención parlamentaria que, si los laboristas acceden al poder en el gobierno, aumentarán el gasto público de manera irresponsable, subirán impuestos y pondrán en riesgo puestos de trabajo; una estrategia que abraza la política del miedo y encuentra su espacio en la conciencia de los británicos. Por el contrario, los laboristas no han logrado aún dar con un mensaje lo suficientemente consistente, convincente y permanente que posicione a los tories como una formación alejada de los intereses sociales, insensible si se quiere, y empecinada en adoptar decisiones políticas en beneficio exclusivo de las clases privilegiadas.

El barómetro de septiembre de Ipsos-Mori evidencia el atractivo del nuevo líder opositor como figura distanciada del estereotipo de político reconocible, obteniendo además los mejores índices en honestidad y personalidad (supera en este aspecto a su predecesor). A partir de aquí, sus cifras bajan de forma notable en aspectos como su capacidad de liderazgo ante situaciones de crisis o su hipotética solvencia para gobernar el país, donde Cameron le dobla prácticamente en porcentajes (32% frente a 62%).

Muchos acusan a Corbyn de no mostrar un liderazgo político solvente. Sólo mediante una estrategia ofensiva logrará penetrar en la conciencia de los ciudadanos y transmitir el mensaje que esperan quienes le escuchan: el verdadero impacto de las reformas de Osborne en los tax credits, las medidas de austeridad, la desigualdad imperante en el mercado inmobiliario, y la posibilidad real de una alternativa económica.

 

Sergio López Arbina es Consultor en Comunicación Pública. @bjserarbina
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