El federalismo belga: bienvenidos a lo desconocido

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DAVE SINARDET

En octubre de 2014, The Economist informaba que Bélgica había conseguido un nuevo gobierno “tan solo cinco meses después de las elecciones de mayo”. Aunque el uso de la palabra “solo” puede parecer un poco irónico, se trata de un término apropiado si tenemos en cuenta el récord de 2010, cuando pasaron 541 días entre las elecciones y el juramento del nuevo primer ministro al año siguiente.

Sin embargo, la coalición formada a principios de octubre de 2014 posee algunas características que le aseguran un lugar especial en la historia política de Bélgica. En primer lugar, solo cuenta con un partido francófono, haciendo de éste el primer gobierno apoyado por una relativa pequeña minoría de uno de los dos grupos lingüísticos principales. En un sistema federal construido sobre el constante equilibrio lingüístico, nunca más de unos pocos escaños se habían perdido a un lado o al otro para lograr la mayoría. Ahora, sólo 20 de los 63 diputados francófonos apoyan al Gobierno: éstos provienen del Mouvement Réformateur (MR), el partido liberal del primer ministro Charles Michel, que se alió con los tres partidos flamencos de centroderecha: nacionalistas flamencos, demócratas cristianos y liberales.

El hecho de no perseguir el apoyo mayoritario en ambos grupos lingüísticos ha permitido que los partidos se pongan de acuerdo sobre un programa de gobierno coherente. La primera coalición federal que se forma desde 1988 sin el Partido Socialista francófono (PS), ahora puede llevar a cabo una serie de reformas liberales y profundos recortes en el gasto público.

En el marco del sistema consensual belga, la implementación de estas medidas podría ser más difícil ya que los partidos de centro-izquierda cercanos a los sindicatos están impugnando las reformas, a pesar de que algunas de ellas se iniciaron durante su mandato. La posición del MR se complica aún más por el hecho de que es objeto de ataques de otros partidos francófonos por haberse aliado con el partido separatista flamenco, la N-VA, algunos de cuyos ministros han sido acusados de defender posiciones racistas y de haber excusado la colaboración con los nazis durante la II Guerra Mundial.

La participación de la N-VA en un gobierno federal es un segundo elemento novedoso, ya que marca un cambio radical para los partidos nacionalistas flamencos, que anteriormente solo formaban parte de coaliciones a cambio de un nuevo aumento de la autonomía de Flandes.

Ahora, después de 30 años, han firmado el primer acuerdo de coalición que ni siquiera contiene una pizca de esa reforma. La razón es bien sencilla: ningún otro partido quería aplicar más retoques institucionales y la N-VA no quería pasar cinco años en la oposición. Pero este movimiento también refleja un cambio más profundo para la N-VA, que ha pasado de ser un partido con un discurso nacionalista tradicional a convertirse en una plataforma socio-económica liberal.

Como la mayoría de los flamencos no están interesados en la autonomía como un objetivo en sí mismo, la N-VA la presentó como instrumento de promoción de una política económica de derechas sin tener obligaciones con el PS, tradicionalmente el partido más fuerte de Valonia. Y, después de atraer el apoyo de las organizaciones de empresarios flamencos y de los votantes de centro-derecha, la N-VA tuvo que cumplir.

Dando la vuelta “a izquierda y derecha”, la argumentación de la N-VA es bastante similar a la de los nacionalistas escoceses, que en la reciente campaña del referéndum presentaron el “sí” a la independencia de Escocia como una manera de abrir el camino hacia un futuro más izquierdista, liberado de la dominación Tory. De hecho, los escoceses son una minoría en el Reino Unido, mientras que el flamenco, en tanto que grupo mayoritario en Bélgica, ha proporcionado el primer ministro del país durante décadas. Sin embargo, la mezcla del debate “nacional” y socioeconómico ha sido común en ambos casos.

De forma similar, el liderazgo de la N-VA apaciguó sus bases nacionalistas al afirmar que el desarrollo de una política de derechas en Bélgica llevaría a los socialistas valones a exigir más autonomía, precipitando así una ruptura del país. De hecho, el recorrido por el pasado de la autonomía económica de Valonia pasa por la izquierda, que, en la década de 1970, consideró que no podía luchar contra el declive industrial con las reformas de izquierda, porque la política económica estaba dominada a nivel nacional por el partido flamenco democristiano de centro-derecha. Ahora, sin embargo, todos los estudios muestran que dividir el sistema de seguridad social federal sólo empobrecería la región valona. Por tanto, es probable que el PS no reclame una mayor autonomía regional.

Mientras tanto, ser el principal partido de la oposición a nivel nacional y, a la vez, continuar liderando los gobiernos regionales de Valonia y Bruselas, sitúa al PS en una posición incómoda. A nivel regional, promueve una imagen de Valonia que resulta atractiva para los negocios, lo que atrae inversiones extranjeras gracias a los incentivos fiscales. Y, por otra parte, poniéndose el sombrero de la oposición, ataca al gobierno federal con la retórica izquierdista de la vieja escuela que podría alentar la inestabilidad social, concretamente en el sur del país.

En una campaña de publicidad negativa, el PS acusó al “gobierno MR- N -VA” de robar a la gente común. Se hacía así referencia a los planes del gobierno federal de suspender la indexación automática de los salarios con la inflación, reducir los costes de mano de obra e impulsar la economía, incluso en la Valonia gestionada por el PS.

Y aquí tenemos la tercera peculiaridad de la nueva situación: la ausencia de solapamiento entre los partidos de habla francesa en el gobierno federal y en los gobiernos regionales. Esto podría crear tensiones, ya que la cooperación intergubernamental es crucial en un sistema federal con competencias superpuestas en un territorio pequeño.

Estos tres nuevos elementos aventuran al federalismo belga hacia un territorio desconocido. La expectativa era que esta situación diese margen para un nuevo dinamismo, pero también se corre el riesgo de una mayor inestabilidad en un país acostumbrado a cambios graduales.

Sin embargo, un año después, podemos señalar que si hubiera inestabilidad, esta no vendría dada por los tres elementos antes mencionados, sino de una fuente más inesperada: los conflictos interminables y las discusiones entre los tres partidos del gobierno de Flandes. Esto se debe, principalmente, al hecho de que en un gobierno de centro-derecha, los cristianodemócratas flamencos se estén perfilando como más de centro-izquierda en cuestiones socioeconómicas, como los impuestos al capital o la financiación de la seguridad social. En realidad, el papel más importante del primer ministro Charles Michel es el de tratar de llegar a un consenso entre las opiniones divergentes, lo cual es bastante irónico dado que algunos analistas predijeron que los liberales francófonos estarían en una situación difícil en contra de tres partidos flamencos.

Pero en realidad, a pesar de los muchos conflictos que se han producido durante el primer año del nuevo gobierno federal, nadie se ha opuesto a los partidos flamencos y francófonos, aunque todos ellos se opusieron entre sí a los partidos flamencos. La idea de un consenso flamenco de centro-derecha, que fue una de las bases para la formación del nuevo gobierno federal, ha demostrado ser un engaño.

Dave Sinardet es Profesor de ciencia política en la Universidad Libre de Bruselas y en la Université Saint-Louis. @davesinardet
Traducido por Mireia Castelló. Leer original en inglés
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