El laborismo juega con el fuego de una posible escisión

Jeremy Corbyn

SERGIO LÓPEZ DE ARBINA

La Cámara de los Comunes cierra por vacaciones, y lo hace hasta el próximo 5 de septiembre después de acoger el primer triunfo de la nueva primera ministra en sede parlamentaria. El programa nuclear Trident queda renovado por valor de 31 billones de libras y permite al gobierno británico reforzar la política de disuasión en aras de su protección y seguridad ante un eventual ataque enemigo. La importancia de la decisión, aunque sólo sea por la inversión que requiere, está fuera de toda duda. Sin embargo, el signo de la votación era de sobra conocido y, por tanto, no era previsible que arrojase sorpresas en la bancada de los conservadores, con mayoría clara en la Cámara.

El último trámite legislativo a la propuesta del ejecutivo, originaria de los tiempos de Tony Blair, adquiría mayor interés para los medios y la opinión pública en la medida en la que servía para cristalizar el divorcio en el que se encuentran sumidos el líder laborista, Jeremy Corbyn, y buena parte de su grupo parlamentario. Corbyn siempre ha defendido lo que para él es una cuestión moral (el desarme nuclear), no en vano es miembro de una organización que trabaja por la erradicación de las armas nucleares en el planeta. A pesar de ello, consciente de las diferencias existentes en el seno de su grupo, dio total libertad a sus miembros para votar a favor o en contra del programa del gobierno. Y el resultado no decepcionó: sólo 47 parlamentarios laboristas secundaron su oposición al Trident, frente a los 140 favorables a la aprobación del programa y, por ende, a la escenificación de un nuevo enfrentamiento con el líder de la formación. Éstos últimos acusan a Corbyn de ignorar las directrices del partido en la materia, concretamente las que llevaron a los laboristas a defender la millonaria inversión en el programa nuclear en las elecciones generales de 2015.

La falta de sintonía, por utilizar términos diplomáticos, entre la dirección y el grupo parlamentario es evidente desde la victoria de Corbyn en las primarias del pasado mes de septiembre. También lo ha sido la voluntad de muchos partidarios de volver a la senda del pragmatismo político, hasta el punto de que los primeros rumores apuntando a un golpe para desbancar de su trono al líder sindicalista datan del mes de febrero. El contexto no era el más propicio, con un Corbyn tremendamente respaldado por las bases y un referéndum sobre la salida de Reino Unido de la Unión Europea en el horizonte. Decidieron esperar a la celebración de la consulta, sabedores de que el resultado de la misma poco importaba a efectos de encender la mecha del asalto al poder ejecutivo. El error de cálculo fue, en todo caso, suponer que su hasta entonces (y hasta hoy) el líder se rendiría y pondría su cargo a disposición del partido.

¿Merece Corbyn ocupar el centro de todas las críticas por su campaña de apoyo al ʻremainʼ? Sus detractores vieron en él una actitud de excesivo conformismo al infravalorar el estado de ánimo de sus propios votantes, lo cual le llevó en ocasiones a insistir demasiado en los beneficios de la inmigración y en la protección que el ordenamiento jurídico europeo ofrece a la clase trabajadora, aspectos ambos que chocaban precisamente con la percepción instalada en el electorado más tradicional del partido. El discurso entraba en contradicciones cuando el líder laborista reconocía la necesidad de reformar la organización internacional de arriba abajo para salvaguardar, entre otras cosas, los citados derechos de los trabajadores británicos; algo que, en su opinión, no garantizaba en modo alguno el pacto cerrado por David Cameron con las instituciones comunitarias meses antes del refrendo no vinculante. De hecho, su escaso entusiasmo a la hora de defender la permanencia en la UE quedaba reflejado en su negativa al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, así como en algunas de sus intervenciones en los medios, en las que llegó a otorgar una nota de 7 sobre 10 al proyecto europeo.

Los principales feudos laboristas respaldaron el ʻbrexitʼ por amplias diferencias. En ellos la participación acarició récords históricos, en contraste con las regiones en teoría más proclives a la permanencia. En el conjunto del país, la movilización de ʻremainersʼ “socialistas” (si se me permite el uso del término como equivalente a “laborista”) resultó pobre: tomando como base a quienes votaron a Miliband en las generales del año pasado, el 67% optó por la permanencia el pasado 23 de junio, pero éstos supusieron menos de un 40% de ʻremainersʼ totales en el refrendo. Las estimaciones facilitadas por la empresa Lord Ashcroft señalan, además, que alrededor de un 40% de los votantes decidió el sentido de su voto durante el último mes de campaña, porcentaje que evidencia la enorme importancia de una campaña abandonada a su suerte.

Dicho esto, el clima de opinión generado con anterioridad al día de la votación no hacía pensar en otro resultado que no fuera la permanencia del Reino Unido en la UE. Las encuestas llevaban varios meses igualadas, con márgenes muy reducidos tanto para una opción como para la otra, pero “Stronger in Europe” había conseguido ampliar varios puntos porcentuales su ventaja en las últimas tres semanas. 7 de cada 10 británicos creían en una victoria del ʻremainʼ, un pálpito que compartían también los defensores del ʻbrexitʼ muy a su pesar (54%). Las percepciones pueden jugar a favor o en contra, y en esta ocasión parece claro que “invitó” a muchos ʻproremainersʼ a quedarse en casa ante el optimismo suscitado por la difusión de los últimos sondeos. El problema para Corbyn es que la abstención en el lado laborista no fue homogénea: mientras el votante blanco de clase trabajadora elevaba los índices de participación azuzado por mensajes contrarios a la libre circulación de personas y al actual sistema de reparto de ayudas o benefits para el colectivo inmigrante, los jóvenes de clases medias con mayor formación y sentimiento más europeísta renunciaban a ejercer su derecho al sufragio movidos bien por el ya mencionado optimismo, o bien por la incapacidad de Corbyn para seducirles. La de Corbyn, la de Cameron y la de los principales líderes europeos que, en opinión de un servidor, le hicieron un flaco favor a la causa de la permanencia con el impostado paternalismo de sus intervenciones públicas durante la semana previa a la consulta. 

Cinco días después de la votación, los conservadores vivían con cierto asombro el protagonismo demandado de forma involuntaria por el primer partido de la oposición. Cameron había dimitido, dando inicio a la carrera por su sucesión; sin embargo, todos los focos se centraban en los laboristas y, más concretamente, en la enésima crisis interna filtrada por capítulos a los medios de comunicación, cuando no relatada con pelos y señales por algunos miembros anticorbynistas. La posibilidad de unas elecciones anticipadas era pequeña pero cierta, y las encuestas que manejaba el partido tras el desastre del referéndum amenazaban con hacerles perder nada menos que la cuarta parte de los votos obtenidos en mayo de 2015. Impulsada una moción de confianza en el grupo parlamentario, una amplísima mayoría de los diputados (172 de 229) retiró su apoyo a Corbyn como paso previo al reto de disputarle el liderazgo. Había quien, como Watson (su número dos), prefería esperar a que éste dimitiera. La renuncia no sólo no ha llegado, sino que Corbyn siempre se ha mostrado dispuesto a mantenerse en el cargo legitimado por quienes, en su visión filosófica, deben mandar en última instancia en el partido: sus militantes (y no, por tanto, sus representantes en el Parlamento).

La distancia que separa a unos y otros es, en último término, fiel reflejo del hervidero con el que se ha identificado históricamente la izquierda británica: un conglomerado de facciones, de liberales y socialdemócratas, de sindicalistas y militantes de clase media, de leales al partido y de intrusos (o infiltrados) radicales. En definitiva, la eterna batalla entre el idealismo de un partido de clase y el pragmatismo de un catch-all party moderno y reformista.

La situación se asemeja en cierta manera a la vivida tras la llegada al poder de Margaret Thatcher y el giro a la izquierda de la formación liderada entonces por Michael Foot. El reposicionamiento conllevó la adopción de políticas socialistas más radicales como el desarme nuclear unilateral, la retirada de la Comunidad Económica Europea, la generalización de las nacionalizaciones y mayores inversiones en el llamado “estado de bienestar”. Todo ello, junto a la decisión de rebajar la influencia del grupo parlamentario en la elección del líder del partido, provocó divisiones irreconciliables y el posterior nacimiento, en 1981, del Partido Social Demócrata (SDP), que poco después se uniría al Partido Liberal para engendrar el que actualmente es el Partido Liberal Demócrata.

Algunos expertos consideran que el riesgo de escisión en el Partido Laborista es hoy más que posible. Hace 35 años, sólo un 10% de sus parlamentarios desertaron hacia el nuevo partido (SDP); el mes pasado, tres cuartas partes de sus representantes reprobaron a Corbyn y le retiraron su confianza (por no hablar de las numerosas bajas sufridas en su gabinete en la sombra). Ahora esperan pacientes al resultado de las primarias que tendrán lugar durante los meses de agosto y septiembre. Si vence Owen Smith, el divorcio entre las bases y el nuevo establishment del partido podría acarrear una radicalización de sectores fuertemente movilizados (como el colectivo Momentum). Si, por el contrario, Corbyn renueva su mandato, la vía a la escisión y a la creación de un nuevo partido político quedaría algo más despejada, arrebatando al histórico Partido Laborista su papel como primer partido de la oposición.

Sergio López Arbina es Consultor en Comunicación Pública. (@bjserarbina)

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