El teléfono rojo o la diplomacia fría

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AINA TUGAS

Un medio de comunicación: el teléfono. Un color: el rojo. El medio de lo inmediato, del “preparados o no”, y el color de la fuerza, de la urgencia, de aquello que quema. Dos elementos tan antagónicos se convierten en parte de la solución al conflicto de la Guerra Fría. Se trataba de un teléfono rojo conductor de una diplomacia fría.

¿Por qué se necesitó un teléfono rojo?

En un momento de la historia heredero de la II Guerra Mundial (1947-1991), entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se vivían momentos de alta tensión. Durante aquellos años, la comunicación supuso la vía de freno a la escalada del conflicto.

Fueron varios los malentendidos que tuvieron lugar entre los dos bandos. En noviembre de 1956, una mala traducción del discurso de Nikita Jrushchov –entonces líder de la URSS– en la embajada de Polonia en Moscú, puso en alerta a Estados Unidos por haber entendido un “los enterraremos”. Asimismo, en septiembre de 1962, el teniente coronel Petrov desobedecía las órdenes de contraataque inmediato del Kremlin por lo que fueron hasta cinco falsas alarmas. Ambos accidentes, sin la templanza de los actores involucrados, podrían haber hecho estallar una guerra nuclear a nivel mundial.

En otro episodio de la Guerra Fría, y quizás en el más famoso por haber originado lo que hoy conocemos como la Crisis de los misiles de Cuba del 14 de octubre de 1962, el coronel Richard Steven Heyser, de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos, estaba en pleno vuelo espía durante el cual tomó unas 900 fotografías desde el Lockheed U-2 que estaba pilotando. Estas fotografías confirmaban la existencia de bases de misiles soviéticos que se estaban instalando en territorio cubano y que, por tanto, la URSS había facilitado al gobierno de Fidel Castro. Del 14 al 27 de octubre, pasaron trece días de auténtica incertidumbre e inestabilidad, de cruce de informaciones no verificadas y de rumores en ambos lados. Incluso hubo un muerto: el mayor Rudolf Anderson. Sin embargo, información desclasificada revelada años después, demostraba que unas horas más tarde del derribo de Anderson, Vasili Alexandrovich Arkhipov –segundo al mando del submarino ruso B59– convenció a su capitán de no disparar un torpedo nuclear contra naves estadounidenses. Este acto, de nuevo, supuso evitar una guerra nuclear a escala mundial. De hecho, el presidente John F. Kennedy ya había redactado un breve mensaje anunciando a la población norteamericana el inicio de la Tercera Guerra Mundial…

“Mis conciudadanos; con el corazón encogido y en cumplimiento necesario de mi juramento, he ordenado –y la Fuerza Aérea de Estados Unidos ha llevado a cabo– la operación militar con armas convencionales únicamente para eliminar las armas nucleares que se han acumulado en grandes cantidades en el territorio de Cuba.”

Tras estos inestables episodios, y especialmente tras este último, el conflicto quedó cerrado oficialmente al día siguiente: el 28 de octubre de 1962. Fue entonces cuando, de las negociaciones de meses posteriores, surgió el acuerdo del teléfono rojo. Había quedado patente que la comunicación directa era una imperiosa necesidad para la supervivencia del planeta.

Las reglas del juego: ¿Qué era exactamente el teléfono rojo?

El teléfono rojo era una línea directa entre Estados Unidos y la Unión Soviética que se habilitó cuando sus líderes se dieron cuenta de la importancia de tener un canal expreso de comunicación. La circulación de especulaciones sobre las intenciones de ambas potencias generaban tensión y peligro, mientras los mensajes entre Moscú y Washington tardaban horas en traducirse y entregarse. Las doce horas que tardó en llegar el mensaje de Jrushchov a Washington durante la Crisis de los misiles de Cuba, podrían haber desatado una tragedia. Ambos lados concluyeron estar de acuerdo en que el enemigo principal era la falta de información, y para combatirlo se utilizó la tecnología más estable en materia de comunicaciones. Fue el 20 de junio de 1963, durante el mandato de John F. Kennedy, cuando se estableció la línea directa Moscú-Washington que sigue vigente en la actualidad. Se bautizó con el nombre de Moscow-Washington hotline, aunque desde Estados Unidos preferían llamarla Washington-Moscow Direct Communications Link.

Es necesario apuntar que “teléfono rojo” fue la acuñación de un término periodístico, pues la primera versión de éste era una línea de teletipo que lejos estaba de ser roja –el color sólo era indicativo del carácter de urgencia de la línea–. Se había rechazado que la línea fuera en forma de teléfono, pues la diplomacia telefónica era adecuada entre aliados, pero peligrosa entre adversarios y en situaciones de crisis… Digamos que era un medio poco fresco, para la frialdad que requería la diplomacia del momento.

En su lugar, el télex evitaba malentendidos e improvisaciones: se trataba de una línea dúplex que realizaba la ruta Washington DC – Londres – Copenhague – Estocolmo – Tánger – Moscú y en la que se enviaban comunicaciones convenientemente cifradas. Los mensajes que salían se recibían en la capital rusa y llegaban directamente al Kremlin, pero los norteamericanos prefirieron que su teletipo estuviera instalado en el Pentágono, sede del Departamento de Defensa de los Estados Unidos. Para evitar nuevas traducciones fuera de contexto también se estableció un protocolo: los emisores redactaban en su lengua y las traducciones las hacía el receptor en su idioma.

El primer mensaje se envió desde Washington a Moscú el 30 de agosto de 1963. El texto, a modo de prueba, fue: “The quick brown fox jumps over the lazy dog’s back 1234567890”. Se trataba de un pangrama popular en el que se utilizan todos los números y letras del alfabeto latino, empleado desde 1885. Ocho años después del nacimiento de la línea, en 1971, el cable transatlántico submarino se convirtió en secundario. Se agregaron dos canales de comunicación vía satélite. Y ya en 1983 se propuso una comunicación vía fax, la cual entró en vigor en 1985.

De los teléfonos rojos de hoy y del qué pasaría si no existieran.

La línea telefónica se utilizó por primera vez durante la guerra de los Seis Días, en 1967. Ésta enfrentó a Israel y a la coalición árabe (el Egipto del 67). Israel atacó preventivamente al territorio árabe conquistando la península del Sinaí, la Franja de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este y los Altos del Golán. El conflicto es uno de los más destacados librados entre Israel y sus vecinos árabes, pero sus consecuencias pudieron modularse gracias a las conversaciones y a la diplomacia ejercida mediante el teléfono rojo. Sus consecuencias han tenido profundas repercusiones en guerras y planes de paz posteriores, tales como la guerra indo-pakistaní de 1971, la guerra del Yom Kippur de 1973 o la invasión soviética de Afganistán (1978-1992).

Han sido diversos los países que han imitado esta praxis diplomática fría. En 1996, China instaló su teléfono rojo con Rusia, y dos años más tarde, en 1998, lo hizo con Estados Unidos. En 2005, India y Pakistán siguieron el ejemplo.

¿Se estarán mediando las negociaciones de guerra y paz en Siria, hoy en día, a través del teléfono rojo entre Estados Unidos y (la hoy ya) Rusia? ¿Tendrá algo que ver con prácticas diplomáticas poco frías que en territorio arabo-israelí no se haya conseguido establecer la paz, o habrá un teléfono del que no conocemos su existencia? ¿El conflicto de los refugiados se media vía teléfonos rojos o se debate en las instituciones como parece? Entonces, ¿cuántos teléfonos rojos existen en paralelo a los organismos multilaterales? Lo cierto es que, aunque la comunicación pueda ser cada vez más y más directa, la información que recibe el ciudadano sigue siendo limitada, limitada.

Aina Tugas es licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración, especialista en marketing, estrategia y comunicación política. Es consultora de asuntos públicos y gestión de crisis. (@ainatugas)

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