Gentiloni y los ‘Renzi boys’

Renzi Gentiloni
ROGER ROSICH

Matteo Renzi tuvo que abandonar el Palazzo Chigi el diciembre pasado tras un pésimo resultado del referéndum que él mismo había convocado y al cual él mismo había puesto de precio su cabeza.

Cuando tuvo que dejar la sede de la presidencia del Consejo de ministros para volver a su Florencia natal, no lo hizo, pero, sin antes asegurarse que todos los cuadros y todos los jarrones seguirían un tiempo al mismo sitio.

Contando con el apoyo del presidente de la República, Sergio Mattarella (la operación con la cual Mattarella llegó a la presidencia salió de la cabeza de Renzi), el primer ministro designó como sucesor al discreto Paolo Gentiloni, ministro de Exteriores desde el ascenso de Federica Mogherini a comisaria europea de Exteriores.

Se dejaba de lado la teoría de un gobierno técnico, con el ministro de Economía Pier Carlo Padoan al frente. Renzi escogía como sustituto a un perfil político, pero a alguien que no le diese ningún dolor de cabeza, alguien que le tuviese fidelidad y que no corrigiera su acción de gobierno. Alguien que no alzara la voz, alguien que gobernara con corrección, orden y prudencia.

Gentiloni proviene de familia aristocrática romana con residencia al centro de la capital, entre iglesias y ministerios, y es un socialdemócrata moderado, del sector afín al líder del partido.

Renzi, pero, no sólo colocó a Gentiloni, también confeccionó todo su ejecutivo. Creó un “Renzi bis” sin estar él. Conociendo un poco al florentino, se podía predecir, pero sorprendió hasta qué punto marcó el gobierno de su sucesor. A la vez que hacía álgebra política con todas las ramas del Partido Democrático, para tener a todo el mundo contento.

Mantuvo en sus ministerios a los dirigentes destacados del PD (los ministros Franceschini, Orlando o Martina), ascendió al socio de gobierno conservador Angelino Alfano de ministro del Interior a Exteriores (sin saber idiomas, pero adelante…) y colocó a los fidelísimos: Graziano Delrio y Marianna Madia seguirían en sus ministerios, crearía la cartera de Deportes para su amigo Luca Lotti y designaría como única subsecretaria de la Presidencia del Consejo de ministros (una especie de ministra de la Presidencia) a la ministra responsable del referéndum de desastroso resultado, Maria Elena Boschi.

Y para que no pareciese un gobierno excesivamente continuista o renziano, tres nombres nuevos: el rígido Marco Minitti a Interior, Anna Finocchiaro a Relaciones con el Parlamento y Valeria Fedeli a Educación, estas dos con perfiles más a la izquierda.

Lampedusianamente, todo cambiaba para seguir igual.

Pero las semanas han demostrado un natural cambio de estilo. Renzi ahora se dedica exclusivamente a las luchas de partido y a la estrategia política. Y el gobierno ha pasado de centrar la política diaria a un segundo y cauto plano. Se ha pasado de un primer ministro que comunicaba incluso que estaba respirando, a un primer ministro que a veces parece que no respira. Del tenor solista a la orquestra con un director circunspecto.

Gentiloni ha estado en muchos papeles políticos a lo largo de su vida, pero siempre en la sombra: ideólogo, jefe de campañas electorales o de comunicación… Lo que se suele llamar un “buen número dos”. Fue hombre de confianza de los alcaldes Rutelli y Veltroni, e intentó ser candidato a la alcaldía de Roma, perdiendo en primarias. Gentiloni no ejerce de líder ni comunica de manera continuada. Cuenta, a diferencia de Renzi, con un jefe de Gabinete (Antonio Funiciello), y le fía la responsabilidad comunicativa a los ministros y al genial Filippo Sensi.

Sensi, que ya era jefe de comunicación con Renzi, y es amigo de Gentiloni de los tiempos al lado del alcalde Rutelli, ha pasado de la gestión de la hiper-comunicación a la gestión de los silencios. Es una pieza esencial en el staff de Gentiloni, y con coordinación con un expremier Renzi, que sigue a la espera de su regreso, confiando en un equipo sucesor “bien atado”.

Roger Rosich es consultor de comunicación y analista internacional (@RogeRosich).