Geopolítica y traición en Burkina Faso

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ESTEFANÍA MOLINA

Las huellas de quienes caminaron juntos nunca se borran”, dice un proverbio africano. Pero para los burkineses, mejor que no se diese el caso. El pasado 1 de diciembre, el candidato del Movimiento por el Pueblo y el Progreso (MPP), Christian Kabore, fue el ganador de los comicios en Burkina Faso. Un líder, antes ministro del derrocado presidente, Blaise Compaoré, quien había tratado de reformar la Constitución para perpetuarse en el cargo, tras casi 30 años. Estos, unos comicios que podrían poner fin al período de transición y revitalizar la democracia en la república subsaheliana.

La semilla de Francia

La sed imperial invadió Europa a lo largo del siglo XIX. Concretamente, por África, donde franceses y británicos –entre otras potencias europeas– se lanzaron a la conquista y reparto del “pastel” colonial. Fue entonces cuando Francia construyó la françafrique, su zona de control, donde se hallaba el protectorado de la hoy llamada Burkina Faso. Este era un territorio sin mar, pero estratégico para acceder al vecino Níger, rico en uranio –necesario en la industria nuclear gala–. De ese modo, tras la descolonización de Burkina Faso en 1960, París preservó sus injerencias en los asuntos del nuevo Estado.

Si bien, su inestabilidad política constituía una amenaza. Seis años después de la creación de la República del Alto Volta –como se llamó el territorio recién liberado– se sobrevino un golpe militar y una dictadura de catorce años, seguida por tres pronunciamientos más. La situación era insostenible. Así, parece que Costa de Marfil y Francia patrocinaron en 1987 un golpe de Estado del militar Blaise Compaoré, en el que murió el presidente Thomas Sankara. Del crimen aún existen interrogantes, aunque cambió el destino de unos 5,5 millones de habitantes.

De compañeros a enemigos

Antes que rivales, Thomas y Blaise habían sido amigos. Se conocieron en 1978, cuando ambos estudiaban en la Escuela de Instructores Paracaidistas de Rabat, compartiendo los mismos postulados progresistas y regeneracionistas para poner en marcha su país. Precisamente, fue Compaoré quien cinco años más tarde (1983) maquinó el golpe de Estado para derrocar al general Ouédraogo, colocando a Sankara –recién salido de la cárcel– al frente del poder. Éste, un líder carismático que pronto desarrolló un liderazgo fuerte y personalista, llegó a ser considerado el Che Guevara africano.

No fue para menos. Con Compaoré como ministro delegado de la Presidencia y apoyos de Ghana y del coronel libio Muamar al-Gadafi, el nuevo ejecutivo de Sankara impulsó un programa revolucionario orientado a combatir el subdesarrollo endogámico del país. Las tierras fueron confiscadas a los pudientes; los sistemas agrarios, modernizados; el rol social de la mujer aumentó, y los servicios –sanidad, educación– mejoraron. Si bien, Sankara no contemplaba el horizonte democrático, causando recelos por llegar a marginar, incluso, a la facción política del gobierno cercana a Blaise.

Dictadura ‘a la Blaise’

Pero, tras el asesinato de Sankara y la toma de control de Compaoré –el Movimiento rectificador–, los sueños de democracia menguaron. Las elites recuperaron sus privilegios, y el proceso socialista remitió, convirtiéndose el presidente en un alumno aventajado del FMI, el Banco Mundial y la doctrina liberal, mediante políticas de austeridad. Incluso Francia logró que se devaluase su franco burkinés, para impulsar la exportación de materias de las colonias –algodón, oro– sumiendo a la región en menos capacidad de gasto y dependencia de las oscilaciones en los precios internacionales.

Por haber caminado juntos, Blaise moldeó el sistema a imagen del galo. Burkina Faso tiene una forma de gobierno semipresidencial, es decir, cuenta con primer ministro, y presidente elegido, que es la figura preponderante. Pero la sed de poder de Compaoré lo llevó a introducir en la Constitución de 1991 su potestad de disolver el parlamento. Además, el Estado pasó a tener una sola cámara, la Assemblée Nationale –nombre calcado a la gala–, con 111 diputados. Finalmente, las ansias del presidente de postergarse en el cargo lo empujaron a querer revocar, incluso, la imposibilidad de ser elegido por más de dos mandatos.

Primavera y transición

Con todo, en el año 2000 los poderes semiautoritarios de Blaise empezaron a remitir. La duración de su mandato se redujo de 7 a 5 años, cuando el país estaba ya sumido en el descrédito por torturas y palizas a disidentes –como la muerte del periodista Norbert Zongo–. El –formal– sistema político pluralista tampoco le impidió el envío al exilio de la oposición en 2004, tras la victoria de Compaoré con un 91% de los sufragios. Finalmente, se abolió la cámara alta, la territorial, pero se mantuvo la Constitucional y el Consejo Económico y Social –que también existe en la República francesa–.

En medio del contexto de malestar iniciado en 2011, el levantamiento popular de 2014 logró derrocar a Blaise en menos de 48 horas –la llamada Primavera Burkinesa–. Se inició entonces un proceso de transición, donde el presidente Michel Kafando y el primer ministro Isaac Zida –curiosamente, número dos de la guardia de Compaoré– tomaron las riendas. La andadura no fue fácil: en septiembre de 2015 hubo un intento de golpe de Estado por parte de los soldados del Regimiento de Seguridad Presidencial.

La presión institucional e internacional fue elevada. Francia desplegó soldados en la capital y la ONU, presidida entonces por Ban Ki-moon, reclamó la liberación del jefe de Estado. La situación volvió a su cauce original y la transición siguió en marcha.

Huella o cambio

El 1 de diciembre de 2015 podría ser –o no– el día del cambio. Con un 53’49% de los sufragios en las elecciones presidenciales, Christian Kabore del MPP logró desbancar a su adversario, Zépherin Diabré. Este, candidato de la Unión por el Progreso y el Cambio (UPC), sólo obtuvo el 29’65% del apoyo. Pero a pesar de que Kabore ha manifestado su voluntad de ser el “primer presidente civil”, después de 50 años, su historial causa recelos. Es visto como el sucesor natural de Compaoré, tras ser ministro de su partido e impulsar la polémica reforma constitucional que hizo saltar la revuelta.

Aunque de haber ganado Diabré, el rastro del pasado también seguiría intacto –en un país cuyo mayor socio comercial es hoy la Unión Europea–. Este economista ocupó en tiempos de Blaise el estratégico ministerio de Comercio, Industria y Minas, llegando a dirigir el gigante nuclear francés Areva –en su filial africana y de Próximo Oriente–. Así, las huellas de quienes caminaron juntos –Compaoré, Europa y Francia– podrían ser –de nuevo– el insalvable escollo que dificulte la implantación de la democracia en Burkina Faso, en caso de, como afirma el proverbio africano, no borrarse.

Estefanía Molina (@EstefMolina_) es periodista de elnacional.cat, politóloga y editora del blog Mujeres de Estado.
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