‘God Bless America’: la transversalidad religiosa en Estados Unidos

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JONATAN GARCÍA RABADÁN

El próximo mes de enero Donald Trump se convertirá, oficialmente, en el 45º presidente de Estados Unidos, una vez jure su cargo delante de las más altas autoridades del país, en Washington DC. En dicho acto, el presidente electo prestará juramento sobre una Biblia y acabará su intervención solicitando ayuda a Dios. Esta tradición representa una muestra de la gran presencia que la cuestión religiosa tiene en la sociedad norteamericana. Frente a una Europa secularizada, en los Estados Unidos sigue latiendo con  intensidad la fe, incluso en el ámbito político. Sin duda alguna, la cultura de Norteamérica, en mayor o menor medida, está impregnada de conceptos y simbolismos religiosos desde su propio nacimiento como actor político independiente.

Sin embargo, en materia religiosa el país es un ejemplo de su propia pluralidad y heterogeneidad social. Una parte importante de la ciudadanía se declara cristiana (71%), si bien este grupo se divide entre un gran número de comunidades, denominaciones o tradiciones. Esta mayoría cristiana convive con comunidades judías, musulmanas, budistas, hindúes, etc. La situación ha ido evolucionando progresivamente con el crecimiento paulatino de quienes se ubican fuera de cualquier identificación o credo, aunque lejos del marco secularizado de Europa. A pesar de todo, cualquier campaña electoral en Estados Unidos, sea cual sea el nivel para el que esté pensada, no puede olvidar dar un espacio a la fe, no tanto en propuestas discursivas, como en presencia pública.

Múltiples estudios sociopolíticos han venido mostrando la relevancia que la pertenencia religiosa tiene en la formación cívica y política de la persona, hasta el punto de definir como church skills (1) aquellas habilidades que son adquiridas por la ciudadanía gracias a la asistencia a templos y al contacto con el resto de la feligresía. Éstas son tan variadas como el establecimiento de redes sociales entre los diferentes miembros o la formación en habilidades de oratoria. No es sólo lo anterior, la relevancia del factor es tal que, de acuerdo al centro de investigaciones sociales Pew Research, el 64% de las personas que acudían a celebraciones religiosas aseguraban haber oído en alguna ocasión en fechas recientes hablar a su sacerdote, pastor, rabino, imán… sobre cuestiones sociales o políticas. Este porcentaje descendía hasta el 10% cuando se les preguntaba sobre comentarios vinculados a los candidatos a la presidencia estadounidense de 2016. El dato evidencia, por tanto, la importante fuente de información que representan las instituciones religiosas para la sociedad americana y como, consecuencia de la misma, una parte de la sociedad puede movilizarse (o desmovilizarse) de acuerdo a lo que el “líder” espiritual pueda afirmar.

La clase política es consciente de esta realidad y por tanto no resulta raro que líderes, de cualquier sensibilidad política, se dejen ver en celebraciones religiosas, dando mítines en centros de culto o acabando sus discursos públicos con expresiones como la más que conocida “God bless America”, sin olvidar las propias acciones que puedan llevar de manera privada. Incluso hoy en día, resulta complicado plantear una opción política que se declare abiertamente atea o agnóstica, en el “país” que se considera predestinado por Dios. En este escenario, ninguno de los actores políticos plantea reformular la libertad religiosa que, salvo algún ataque concreto a la comunidad musulmana por parte del candidato republicano, ha pasado desapercibida. Así, en esta campaña electoral, la cuestión religiosa se ha visto relegada a un segundo plano.

El propio Pew Research (2) indicaba que la ciudadanía sentía una menor presencia del debate religioso en esta campaña presidencial. Si en 2016 un 27% de las personas entrevistadas afirmaba haberse desarrollado grandes discusiones en torno a esta materia, en 2012 era el 38%, lo que representa una caída de más de 10 puntos en cuatro años. En este mismo sentido, las mismas personas en 2016 respondieron que el GOP (Grand Old Party-Republicanos) podría ser visto como una formación “amiga” de la fe, frente a la neutralidad de los demócratas.

En el caso de los candidatos también se plasmaban diferencias entre Trump y Clinton. El primero, pese a ser visto como el candidato menos “religioso” de todos –sólo el 30% así lo consideraba, frente al 68% del candidato también republicano Ben Carson, el más religioso– el electorado republicano lo premiaba como figura presidenciable. Mientras, Hillary proyectaba una concepción religiosa positiva (65%), en la línea de lo que la candidata demócrata ha ido mostrando en estos años, quien ha reconocido viajar con su Biblia durante esta campaña. En esta ocasión todo apunta a que han sido otras variables socioeconómicas las que han ejercido mayor influencia (3)Por tanto, y pese a la transformación de esta campaña, la cuestión religiosa sigue jugando un papel importante en la arena política estadounidense que no puede obviarse, ya sea por su efecto movilizador, como por la confianza que inspiran las personas religiosas en la ciudadanía.

 

  1. Sidney Verba, Kay Lehman Schlozman y Henry E. Brady, Voice and Equality: Civic Voluntarism in American Politics, Cambridge, Harvard University Press, 1995.
  2. Pew Research Center, “Faith and the 2016 Campaign”, enero de 2016. Obtenido de http://www.pewforum.org/2016/01/27/faithandthe2016campaign
  3. http://www.nytimes.com/interactive/2016/11/08/us/politics/electionexitpolls.html 
Jonatan García Rabadán es doctor en Ciencias Políticas y de la Administración. Profesor de la UPV/EHU

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