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MIREIA FERNÁNDEZ-ARDÈVOL

Uno de los méritos de este libro podría ser su año de publicación, 1994. Pero, de verdad, no es ese.
[Aviso: Esta reseña contiene spoilers.]

Me arriesgaré a explicar ese tecno-thriller político con vocabulario de hoy, de ese que en unos años sonará viejuno pero que hoy me ayuda a evitar largas descripciones.

Vayamos a Estados Unidos de América, con las presidenciales de 1996 marcando la agenda política. Repartamos 100 proto smartwatches entre una muestra intencional representativa del electorado del país, que los sondeos permanentes son una gran oportunidad de negocio. Nos referiremos a los participantes como los (y las) 100 PIPER aunque no hablamos de whisky. Los participantes deben llevar siempre puesto el reloj, que me lo imagino cien veces más feo y más grande que cualquiera de los que hoy se pueden comprar en una tienda. Se comprometen a visionar con atención los contenidos que aparezcan en su muñeca, sea la hora que sea. Los relojes mandan información biométrica para que los asesores mediáticos de la campaña, todos hombres por cierto, puedan construir el candidato perfecto con el discurso perfecto. Es lo que cualquier analista big data quisiera poder vender, ¿no?

Hasta aquí, interesante. Ahora vamos a rizar el rizo. Porque la información de los 100 PIPER debe llegar de forma instantánea al candidato, no sólo a sus asesores. Alguien, un ser humano, es quien lee e interpreta los datos para dar indicaciones precisas al político. Como si hiciese resúmenes de los likes, emojis o de contenidos relevantes de Facebook, Twitter o Snapchat. ¿Queremos máxima rapidez? La mejor opción, comunicarse directamente con el cerebro. Aprovechemos ese biochip que, gracias a la iniciativa de La Red, le han implantado al gobernador de Illinois, William Cozzano, que acaba de sufrir un derrame cerebral y que ya tenía entre sus planes postularse para las presidenciales. No hacen falta dispositivos electrónicos visibles, sólo es necesario que el candidato esté cerca de unos transmisores especialmente diseñados para la ocasión.

El biochip le ha ayudado a recuperar el habla, la movilidad e incluso la motricidad compleja que requiere escribir a mano (aunque haya cambiado su lateralidad). Los experimentos en humanos han permitido ajustar y mejorar el sistema tan rápido como esta oportunidad política lo ha necesitado, aunque haya sido necesario trasladar los laboratorios a la India para respetar los protocolos éticos locales. El mismo sistema que le envía estímulos para mejorar su motricidad sirve para comunicarle ideas de forma absolutamente discreta. Todo este montaje lo controla La Red, un grupo de grandes empresas que ejerce su poder fáctico desde la sombra y que dispone de recursos prácticamente ilimitados. Su poder alcanza dimensiones que ni el candidato ni su entorno podían llegar a imaginar. La capacidad que tiene La Red para manipular la política es inmensa.

De esto va Interfaz, de manipulación democrática: de la real y de la que permitiría el uso creativo y/o sin escrúpulos de la biotecnología y de las tecnologías digitales de comunicación. La pregunta que queda en el aire es si esta manipulación es mayor, igual o menor cuando hay 100 PIPER o cuando las redes sociales online se han generalizado.

Neal Stephenson es prolífico, elaborado, detallista y gran constructor de tramas. En Interfaz, su cuarta novela, lo borda. Tres historias que convergen en una: la del gobernador Cozzano y su entorno; la de Eleanor Richmond, una mujer afroamericana que sale del paro y del parque de caravanas para acompañar como candidata a la Vicepresidencia a Cozzano; y la de Floyd Wayne Vishniak, uno de los 100 PIPER que acaba atando demasiados cabos para el gusto de Cy Ogle, el director de comunicación de la campaña presidencial.

Stephenson cuida la dimensión tecnológica tan bien como de costumbre, igual que los aspectos sociológicos. Las particularidades de la campaña presidencial en Estados Unidos son, como poco, didácticas. La comunicación política vinculada a las presidenciales está excelentemente explicada gracias a la coautoría con J. Frederick George, seudónimo de su tío George Jewsbury. Junto a su tío, historiador, Stephenson consigue un resultado trepidante donde desgrana unos contenidos nada simplistas.

A pesar de ser otro libro más sobre política estadounidense, a pesar de que ya lleva más de veinte años publicado en inglés y casi diez traducido al castellano, me parece del todo oportuno visitar esta novela. Visitarla, sí, desde una perspectiva en la que algunas de las tecnologías que aparecen ya están obsoletas y otras son simplemente visiones futuristas alejadas de la cotidianidad. Interfaz aporta una visión crítica sobre el uso de las tecnologías digitales, que per se no son ni buenas, ni malas, ni neutrales. Y lo hace a través de una trama multidimensional tremendamente sólida que, quizás por el tipo de descripciones que contiene, no parece que vaya a caducar tan rápido.

Mireia Fernández-Ardèvol es investigadora del IN3 Interdisciplinary Institute (UOC). (@mireia)

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