La caída de los dictadores (o cómo derribaron sus estatuas)

JORDI FINESTRES

Sugiero a los inquietos editores de Beerderberg Magazine un artículo-estudio sobre la proporción entre la talla (física) de los dictadores contemporáneos y la magnitud (física) de su megalomanía, omnipresente en los cuadros de paranoia egocéntrica inherente en los tiranos que esculpen su imagen en forma de estatuas levantadas con la sangre de los suyos y de sus adversarios. La ecuación de “mayor poder-más megalomanía” es tan acertada como la de “mayor represión-más revuelta y virulencia para derribar el pasado”. Ya en la antigua Roma, por ejemplo, el excéntrico emperador Nerón hizo construir una colosal estatua a su imagen ante el mayor anfiteatro de Roma, el Coliseo. A su muerte, la cabeza fue decapitada y sustituida por la del dios Sol en una suerte de reciclaje del monumento y de olvidar cuando antes el personaje.

En las últimas cuatro décadas, la caída de los dictadores va acompasada con el derribo o retirada de sus estatuas del espacio público. En España, el dictador Franco estuvo presente en la plaza del Ayuntamiento de Santander y en la de San Juan de la Cruz en Madrid, hasta su retiro en el 2008 –nada–, treinta y tres años después de su muerte. El gallego general fascista tuvo también su estatua ecuestre en el castillo de Montjuïc de Barcelona hasta que también en el 2008 se trasladó a un almacén municipal donde cinco años después perdió –literalmente– la cabeza. El dictador decapitado volvió a la rue en otoño del 2016, concretamente en el exterior del antiguo Mercat del Born –hoy centro cultural y epicentro interpretativo de la derrota catalana contra los borbones en 1714– para formar parte de la exposición Franco, Victòria, República. Impunitat i espai urbà, una muestra que decepcionó por su contenido y agitó la polémica por el “retorno” temporal del Caudillo que, en unas horas, fue pintado, escarniado, sodomizado y derribado. Y definitivamente retirado.

En Barcelona no se quiere a Franco ni en contextos interpretativos y menos profanando espacios de memoria, algo que tendrían que haber intuido los responsables municipales de la exposición. Éstos quizás olvidaron que Franco no fue derribado políticamente o militarmente como Hitler o Mussolini, cuyos símbolos fueron eliminados por ley, o como los dictadores de la Europa comunista, cuyas estatuas están expuestas en centros memorialísticos como el Museo de las Ocupaciones en Tallin e incluso en espacios públicos como el Memento Park de Bupadest. El destino final de la mayoría de estatuas de dictadores ha respondido a la voluntad del pico y la pala de sus oponentes.

En nuestra memoria reciente nos aparece la imagen del soldado Edward Chin, del cuerpo de marines de los Estados Unidos, encaramándose el 2003 a la estatua gigante de Sadam Hussein en la plaza Al Fardus de Bagdad. Le puso una cadena al cuello, le enfundó una bandera americana y la estrelló contra el suelo para que miles de iraquíes pudieran desatar su ira contra el dictador. Una escena parecida vimos en directo por televisión cuando los rebeldes libios destruyeron la icónica imagen del puño de oro con un avión estadounidense entre sus dedos que el coronel Gadafi hizo levantar para representar el dominio de su régimen ante el enemigo yanqui.

En la Europa Oriental, especialmente en la extinta Unión Soviética, centenares de estatuas de Lenin fueron derribadas paulatinamente por el pueblo para escenificar el final del régimen comunista en los años 1990 y 1991. Algunas cayeron años después siempre en contextos revolucionarios. El último episodio se produjo en diciembre de 2013, cuando el histórico dirigente soviético fue decapitado y derrumbado en Kiev por la masa levantada contra el presidente Yanukóvich, mandatario próximo al Kremlin. Otras estatuas del líder de la revolución roja de 1917 y que aún resistían en Ucrania fueron cayendo aquellos días como protesta antirusa. Y si aún quedan algunos Lenins como recuerdo de una época política en la Europa Oriental, los Stalins fueron retirados con mayor ímpetu y entusiasmo por los nuevos gobiernos surgidos a finales del siglo XX más allá del telón de acero. La gran estatua de Stalin en su población natal, Gori, fue desmontada y trasladada a la casa-museo dedicada al dictador georgiano. Fue un ocaso controlado, como lo fue la retirada de la mayoría de monumentos y estatuas de Stalin que ordenó Nikita Kruschev cuando alcanzó el poder al denunciar un “culto perverso” al tirano Stalin.

Ya que hablamos de tiranos, vamos a Albania, donde el histriónico presidente Enver Hoxha gobernó el país entre 1944 y 1985, aislándolo del mundo, el occidental y el oriental, e incluso del comunista para proclamarse el único estado marxista-leninista-antirevisionista. Para recordar a los suyos quién mandaba, Hoxha hizo levantar una estatua de oro de seis metros en la plaza Central de Tirana, pero el encargo no estuvo listo antes de su muerte, en 1985, y sólo se pudo inaugurar –y sin oro– en 1988. Situada donde había una estatua de Stalin que el gobierno albanés había derrumbado en 1961 cuando rompió relaciones con la Unión Soviética, la estatua faraónica sólo aguantó tres años, hasta que estudiantes partidarios de la apertura del país la derribaron en 1991.

También Portugal retiró hace años las estatuas en honor al dictador Salazar, aunque en el 2015 quedaba un singular ejemplar en una antigua colonia, Mozambique. Como una penitencia pública, un Salazar de cuerpo entero y  bronce se mantuvo en pie de cara a la pared en un patio de la biblioteca nacional en la capital, Maputo. Sin duda, una original fórmula para explicar el pasado de una nación que se independizó de Portugal en 1975. En Filipinas, el dictador Ferdinand Marcos ordenó construir un busto de su cara de treinta metros para ser instalado en una colina situada a 130 km de Manila, justo encima de la Autovía Marcos… El deliro de grandeza estuvo ahí hasta que en 2002 –dieciséis años después de su caída política–, alguien hizo estallar los ojos, las orejas y la nariz del ya entonces expresidente autoritario.

El derrumbe de estatuas como gesto simbólico se mantiene en nuestros días en varias geolocalizaciones. En Venezuela, después del fallecimiento de Hugo Chávez, grupos opositores culminaron sus protestas con el derribo, a golpe de martillo, de estatuas del mandatario, como la que se levantaba en la plaza San Antonio del Táchira, en febrero del 2014, o en el paseo de Camaguán, en Guárico, en el 2015. Y es verdad que Chávez también tuvo afición a la retirada bronca de estatuas, como el “derribo revolucionario” del monumento de Colón en Caracas, que sus seguidores protagonizaron en el 2004. En Siria, una estatua dedicada al padre del presidente Bashar Al Assad también sufrió la furia de la oposición en la ciudad de Raqqa en plena guerra civil siria, aunque Al Assad prometió reconstruirla.

La ausencia de democracia en varios países es verificable comprobando la densidad de estatuas megalómanas que se mantienen. Es el caso de Corea del Norte, donde es imposible no encontrar un espacio público para ofrecer culto a la personalidad del líder eterno Kim Il Sung (hay más de 500), de su hijo, Kim Jong Il, o de su nieto, Kim Jong-un, actual líder-dictador. O en Turkmenistán, donde el presidente Saparmurat Niyazov gastó en 1998 doce millones de dólares para construir una torre con una estatua suya de doce metros bañada en oro. También en Azerbaiyán, donde Heydar Aliyev inundó las calles del país con estatuas suyas, labor que después de su muerte en 2003 ha continuado su hijo Aliyev, sucesor en la presidencia azerí.

El culto esperpéntico a la propia personalidad tiene el único mérito de facilitar el recuerdo de cuándo empezó y terminó un ciclo histórico/político en un territorio. No hay duda que al dominador le gusta la alabanza unánime, ya sea espontánea o coercitiva, qué más le da. Y que al contrapoder del mandamás le entusiasma, en la misma medida, el derribo del opresor por la plástica vía del derrumbamiento o mutilación del máximo símbolo del poder, que en la mayoría de las dictaduras monopersonales, se representa es la estatua del gerifalte.

Jordi Finestres es periodista. Colaborador de La Vanguardia y de la revista Sàpiens. Guionista de programas documentales en la Televisión de Catalunya (@jordifinestres)
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