La cultura popular y la consultoría: de Rasputín a Jafar

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SERGIO PÉREZ DIÁÑEZ

Parece inevitable que, en muchas ocasiones, el consultor político sea percibido como un “personaje” ligado al oscurantismo y la maquinación, llegando incluso a manipular al propio político para el que trabaja (Santiago y Carpio, 2010). Este fenómeno ha afectado a la imagen pública de Alastair Campbell en Reino Unido, de quien se decía que estaba detrás de las grandes decisiones de Blair, y de Pedro Arriola en España, a quien se ha responsabilizado en exceso de la estrategia de pasividad adoptada por el presidente Rajoy. Podemos asumir como lógico que los consultores sean ligados al oscurantismo, pues su lugar está en la sombra, aconsejando al político pero renunciando a toda visibilidad pública para dejar que sea éste quien capitalice los éxitos de su trabajo (Aira, 2009). Tampoco se puede negar que los consultores deben tener capacidad de maquinación, ya que han de elaborar estrategias políticas sólidas que permitan al asesorado acceder al poder del gobierno o conservarlo frente al embate de sus adversarios.

Sin embargo, los estudiosos de la comunicación política (y sus profesionales) deben esforzarse en desterrar la consideración del consultor político como “personaje” manipulador del propio político para el que trabaja, sobre todo en España. En primer lugar, porque daña la reputación del consultor en un país en el que candidatos, partidos e instituciones muestran una clara reticencia a incorporar profesionales externos, a diferencia de lo que sucede en el mundo anglosajón. Es decir, que la generalización de esta consideración del consultor supone un factor de freno para la profesionalización de la comunicación política en España. Y, en segundo lugar, porque esta consideración no se basa en evidencia empírica existente, sino que ha sido alimentada en gran parte por la cultura popular, donde el consultor político suele ser representado con una moral laxa y ejerciendo un rol antagónico.

Pocos de su entorno conocerán del asesoramiento de Quinto Tulio Cicerón, quien se convirtiera en uno de los consultores políticos más célebres de la historia cuando, en el año 64 a. C., escribió para su hermano Marco Breviario de campaña electoral, que recogía sabios consejos de cara a los comicios para el consulado romano.

No obstante, muchos sabrán de la actividad como consejero del monje Rasputín, quien fue tildado de milagroso y charlatán a partes iguales (una paradoja habitual en el mundo de los asesores) y se ganó la confianza de la familia Romanov al ser el único capaz de “curar” los ataques de hemofilia del pequeño Alexei, heredero al trono del zar Nicolás II. Su presunto don para la hipnosis le granjeó el cariño y la confianza de la zarina, quien le dotó de una posición privilegiada dentro de la corte, despertando así el recelo de los círculos más influyentes del zarismo. Y es que Rasputín cometió algunos de los grandes errores del consultor político, dándose excesiva publicidad en San Petersburgo y siendo indiscreto en lo que respecta a su buena relación con la familia real, aunque, según parece, jamás difundió secretos sobre materia política. En cualquier caso, este monje pasará a la historia por haber ejercido el gobierno desde la sombra, sobre todo durante la ausencia del zar durante la II Guerra Mundial, al que llegó a convencer de la necesidad de firmar el Acuerdo de Paz con Alemania, mostrando un grado de influencia polémico teniendo en cuenta su reputación de hombre violento y libidinoso. Hasta la comunidad internacional llegó a preocuparse por las manipulaciones de Rasputín, planteándose la posibilidad de que fuera un espía alemán y precipitando su (triple) asesinato, en el que llegó a participar un agente secreto británico. De Rasputín se han escrito canciones, libros y guiones de cine, en ocasiones agrandando la leyenda para el deleite del gran público.

Sin embargo, la fascinación que han suscitado personajes históricos como Rasputín o Maquiavelo (ambos confidentes de líderes políticos y cuestionados por su código moral) no ha hecho sino provocar una fijación de la cultura popular para con las “maldades” del consultor o asesor político, presentando a personajes tan despreciables como irresistibles. Fíjense en Grima Lengua de Serpiente, el siniestro personaje de la novela de J. R. R. Tolkien, El Señor de los Anillos; un hombre astuto que ejerció como consejero del Rey Théoden durante la Guerra del Anillo, pero que en realidad actuaba como espía a las órdenes del mago Saruman, llegando a valerse de sus malas artes para mantener al Rey postrado en el trono, aislado de su familia y de los mariscales, mientras él se encargaba de ejercer el gobierno en su nombre. Otros asesores empezaron siendo idealistas, como el personaje de Stephen Meyers en la película Los idus de marzo, quien trabajó con absoluta ética para un candidato a las primarias demócratas hasta que, para sobrevivir (y medrar) profesionalmente, recurrió al chantaje para hacerse con la dirección de la campaña electoral, optando por obviar los trapos sucios de su cliente a la espera que éste le recompensara con un puesto en la Casa Blanca. En series de televisión, la consultoría política tampoco sale bien parada, siendo la mayor prueba los personajes de Doug Stamper y Seth Grayson en House of Cards, carentes de toda moral y dispuestos a recurrir a los recursos más deleznables con tal de asegurar el ascenso al poder del, no menos maquiavélico, congresista Frank Underwood. No obstante, cabe destacar que también existen personajes como Kasper Juul en Borgen; un spin doctor con principios, aunque tentado por el juego sucio; y otros del todo idealistas (aunque su frecuencia es menor), como Sam Seaborn en El Ala Oeste de la Casa Blanca.

Es posible debatir acerca de si estas representaciones han perjudicado o popularizado la consultoría política (al menos en países como España, donde su margen de desarrollo es infinito), pero también habrá quienes sufran la tentación de considerar que la cultura popular no se ha mostrado hostil hacia los consultores políticos en particular, sino hacia el mundo de la política en general, al concebir ésta última como una batalla descarnada por el poder, y no como la gestión de los conflictos sociales. Esta consideración es cierta en la medida en que el imaginario colectivo suele retratar a la política como un estercolero, pero la desconfianza hacia los consultores es especialmente acuciante. A fin de cuentas, ya desde la infancia, hemos asistido al visionado de películas de la factoría Disney en las que no hay política en sentido formal, pero sí asesores que juegan un rol antagónico. No hay más que recordar a la excéntrica Yzma en El Emperador y sus Locuras, con afición a los venenos y el objetivo de sustituir en el trono al Emperador Kuzko. O al mítico Jafar en Aladdín, quien hipnotiza al Sultán para luego marcharse a sus aposentos e idear un nuevo plan que le permita gobernar la ciudad de Agrabah.

¿A qué se debe, pues, la “especial desconfianza” hacia los consultores políticos? Fundamentalmente al temor que, sin corresponderles ejercer el gobierno, puedan llegar a hacerlo mediante susurros al oído de los líderes (a quienes, por otra parte, sobrevivirán casi con toda seguridad). La cultura popular se asienta sobre los deseos y temores de las masas, luego jamás pudo resistirse a retratar los riesgos que implica acceder a la intimidad del poder; una práctica constante en la consultoría política.

REFERENCIAS

  • Toni Aira, Los spin doctors: Cómo mueven los hilos los asesores de los líderes políticos, Barcelona, Editorial UOC, 2009.
  • Jorge Santiago y José Ángel Carpio, Gestión actual del consultor político, Editorial LID, 2010.
Sergio Pérez Diáñez es politólogo por la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla). (@SergioLangdon)

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