La dualidad rural-urbana o “los blancos que no saben votar”

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XAVIER PEYTIBI

En 1988, la actriz Roseanne Barr triunfaba en televisión con su serie Roseanne, premiada en numerosos festivales y número uno en audiencia durante muchas temporadas. La serie se centraba en la vida de la familia Conner, una familia blanca de clase baja trabajadora estadounidense que vivía en la ficticia ciudad de Lanford, Illinois, con serias dificultades para llegar a fin de mes. El hecho de representar en una serie por primera vez en Estados Unidos a una familia de clase baja en la que ambos padres trabajaban fuera de casa hizo que destacara entre público y crítica. La serie plasmaba con realismo muchos problemas sociales que no se habían mostrado en las comedias familiares anteriores, tocando temas tabú hasta entonces, ya que trataba y bromeaba sobre la pobreza, el alcoholismo, el consumo de drogas, el sexo, los anticonceptivos, el embarazo de los adolescentes, la obesidad, el aborto, los problemas raciales, las clases sociales, la violencia doméstica o la homosexualidad.

Esa serie, según la periodista Sarah Smarsh, fue la última vez en que realmente se retrataba de manera nítida una forma de vivir, la del mundo rural o semirural, donde hay una gran mayoría de blancos, y donde la pobreza está extendida aunque no salga en televisión. Para Smarsh, “el guión de esta serie –que se emitió hasta 1997– resultaba más riguroso y certero, que las reflexiones que los comentaristas de las cadenas de televisión de Nueva York hacen sobre ellos”. Desde entonces, la visión que se tiene de la gente que vive fuera de las grandes ciudades está bastante –o muy– distorsionada.

Los comentarios sobre esta amplísima población durante estas elecciones han sido, además, realmente hirientes hacia buena parte de ellos, llegando a definir en muchos medios de comunicación a esa población blanca –y pobre– como sencillamente estúpidos, ignorantes, idiotas y racistas, por no hablar de “América profunda”, “basura blanca”, “rednecks” o, como dijo la propia Hillary Clinton (pidiendo perdón al día siguiente): “La mitad de seguidores de Trump se podrían meter en lo que yo llamo la ʻcesta de los deplorablesʼ, ¿verdad? Los racistas, sexistas, homófobos, xenófobos e islamófobos”.

Por supuesto que quienes hablaban así de ellos se referían a los votantes de Trump, pero generalizaban completamente a millones y millones de personas que viven lejos de las metrópolis, y ese es el mensaje que llegaba a los habitantes de las ciudades pero, también, a los habitantes de estas zonas rurales, semirurales o de suburbios de zonas metropolitanas. Es un mensaje de desconocimiento de sus territorios y de sus gentes, el mirarlos por encima del hombro, la falta de una cultura común y la falta de ganas de conocerla por parte de las multiétnicas ciudades conectadas con el mundo pero desconectadas de la tierra de donde provenían probablemente sus padres o sus abuelos. En cierto modo, tal vez, como valora Daniel Eskibel “la campaña de Hillary nunca pensó seriamente que el excéntrico y polémico Donald Trump sería una amenaza política real. Lo vieron con una mezcla de condescendencia, enojo y cierto aire de superioridad intelectual y moral”. Como a sus votantes, añado. No son modernos, no entienden el mundo, por tanto no son dignos de votar. Si se les deja, ya se ve lo que hacen: escoger mal. David Wong escribió un divertido artículo –que recomiendo– explicando cómo es su lugar de nacimiento y su comunidad, semirural, y cómo se ve desde donde él trabaja ahora, en una metrópolis: “En una ciudad, puede plausiblemente aspirar a iniciar una nueva vida, tener un grupo de música, o convertirse en actor, u obtener un título de médico. Realmente puedes tener sueños. En una pequeña ciudad, no puede haber lugares para las artes escénicas aparte de los bares de música country y las iglesias. En los anuncios clasificados casi todos los trabajos son para un puesto de comida rápida. Te lo digo, la desesperanza te come vivo. (…) Los negros queman los coches de la policía, y esas élites liberales dicen que no es su culpa porque son pobres. Mi hijo es encarcelado y disparado al lado de una bolsa de metanfetamina, y esas mismas élites hacen bromas sobre sus dientes perdidos. Y si te atreves a quejarte, alguna élite liberal sacará su iPad y escribirá un discurso sobre tu privilegio blanco racista. (…) Así que sí, votan por el tipo que promete poner las cosas de la manera que eran. Ellos votaron, metafóricamente, tirando un ladrillo a través de la ventana. (…) Fue un voto de desesperación”.

Para este electorado Trump era auténtico, hablaba de sus problemas, recogía ese clamor que nadie escuchaba. Como dice Oriol Bartomeus, “no es la primera vez que pasa. En 1994 Newt Gingrich ya lo había hecho. Es la América profunda que Trump ha sabido seducir, convirtiéndola en su force de frappe. Es el mismo perfil de la Inglaterra rural del ʻbrexitʼ, menospreciada antes y después del referéndum, dibujada por los medios “serios” como una coalición de viejos, casi analfabetos, campesinos, crédulos, nacionalistas y xenófobos. Pues bien, entonces como ahora, este grupo logró ganar a los jóvenes, universitarios, urbanitas, cosmopolitas, sesudos y sabelotodos (…) Trump no ha conseguido aglutinar una gran mayoría a sus espaldas. Le ha bastado con su grupo de convencidos. Como Uribe y los del no en Colombia”.

No se trata de racismo o nacionalismo, o no demasiado más que el racismo ya existente en las ciudades o entre algunos votantes no republicanos. Como explicaba Smarsh, una encuesta realizada por Reuters en la primavera de 2016 reflejaba que un tercio de los demócratas encuestados apoyarían que temporalmente se prohibiera la entrada de musulmanes en Estados Unidos. En otra encuesta, en este caso de YouGov, el 45% de los demócratas preguntados reconocieron que tienen una mala opinión del Islam, sin que se apreciaran diferencias entre los encuestados con distinto nivel de ingresos. No es racismo, es desilusión e ira ante quien no los entiende y no les tiene en cuenta, ante quien no se preocupa de su suerte.

Thomas Frank, en el indispensable libro What’s the matter with Kansas (podéis leer una excelente reseña de Marc Cases en Beerderberg) expone que la ira de esta población no apunta tanto a las élites económicas, sino a la izquierda “liberal”, “cosmopolita” y “arrogante”: “Mirad a esos demócratas que odian la América profunda, mirad a esos parásitos sindicalistas que les falta tiempo para traicionar al país, mirad a esos universitarios, incapaces de llevar un arma o de instalar un enchufe en casa, pero sí expertos en feminismos y geopolítica exterior”. Es una crítica a los que están a favor de la globalización, pero que jamás han pensado en cómo afecta esa globalización a territorios que tienen cercanos.

Lo mismo descubrió la politóloga Katherine Cramer en su reciente libro The Politics of Resentment al realizar una investigación de campo en Wisconsin (un estado, por cierto, que en 2016 sorprendentemente dio la espalda a Hillary Clinton y apostó por Trump). Tal como dice un entrevistado hablando de ciertas élites: “No entienden lo que es la vida rural, lo que es importante para nosotros y los retos a los que nos enfrentamos. Ellos piensan que somos un montón de campesinos racistas”. Cramer describe perfectamente el auge de la conciencia política rural y el resentimiento hacia la élite progresista. Los votantes rurales desconfían de que los políticos respeten los distintos valores de sus comunidades y les asignen una parte equitativa de los recursos. Es precisamente lo descrito también en Kansas, ya años antes, por Thomas Frank, y este mismo mes de noviembre por Justin Gest en el libro The new minority: white Working Class Politics in an Age of Immigration and Inequality, cuando analiza la polarización de voto en Youngstown, Ohio y Dagenham, Inglaterra.

Porque sus valores son distintos. Los votantes rurales se ven a sí mismos como personas trabajadoras y autosuficientes que no se benefician del gasto público, y piensan que los programas gubernamentales fomentan la dependencia entre personas que no merecen esas ayudas que a ellos les niegan. Además, como indica Ron Berger, “los votantes rurales, en promedio, tienen más probabilidades que los votantes urbanos de ser blancos, cristianos y mayores, y tener menos educación formal. Son más propensos a poseer armas de fuego, disfrutar de la caza como un pasatiempo o creer que la oración religiosa en las escuelas es apropiada. La menor densidad geográfica de las poblaciones rurales también permite la experiencia subjetiva de una mayor libertad individual en el sentido de que los residentes pueden vivir sus vidas sin ser observados por vecinos que viven en estrecha proximidad. Por otro lado, los residentes rurales a menudo conocen a sus vecinos que viven a media milla o a más distancia mejor que lo que los residentes de apartamentos urbanos conocen a sus vecinos de escalera”. Y todo ello crea una percepción de comunidad homogénea. Y para esa comunidad, la ideología del partido republicano se acerca más a su cosmovisión y a sus necesidades.

En otro estudio, James Gimpel y Kimberly Karnes llegaron a la conclusión de que un factor clave que explica las preferencias de voto de los residentes rurales es que son más propensos a ser propietarios de viviendas y trabajadores autónomos que sus homólogos urbanos. Esta experiencia de vida refuerza un sentido de autosuficiencia que liga más con el mensaje republicano. El énfasis republicano en el esfuerzo personal, el gobierno limitado y los mercados libres encaja cómodamente dentro de esta autoimagen con la que se posicionan y se sienten más reconocidos.

Pero nadie habla de ello, sino que en los grandes medios de comunicación y en las metrópolis se sigue diciendo que votan así porque son estúpidos. Y son mensajes que llegan a esa tipología de población, que se sienten menospreciados y mal entendidos, mientras, además, sus vidas van a peor. “Crecí pobre, en el Rust Velt, en una ciudad de acero de Ohio que ha estado perdiendo puestos de trabajo y esperanzas durante todo el tiempo que puedo recordar”. Así empieza J. D. Vance su libro Hillbilly Elegy (la elegía al palurdo), otro de los textos indispensables para entender el aumento de la pobreza y la pérdida de la capacidad de recuperarse en las zonas semirurales y exindustriales. En Strangers in Their Own Land, la socióloga Arlie Hochschild describe también su viaje de reflexión desde su ciudad natal progresista de Berkeley, California, a zonas semirurales de Louisiana –un baluarte de la derecha conservadora– para entender por qué piensan así. Entrevista a numerosas personas para entender finalmente que sus preocupaciones son realmente las que todos los estadounidenses comparten: el deseo de comunidad, el abrazo de la familia y las esperanzas para sus hijos. Pero se encuentra con vidas destrozadas por salarios estancados, pocas esperanzas en el futuro y la imposibilidad práctica de lograr el famoso sueño americano: “En todo el país, los estados rojos son más pobres y tienen más madres adolescentes, más divorcios, peor salud, más obesidad, más bebés de bajo peso al nacer y menor matrícula escolar. En promedio, las personas en estados rojos mueren cinco años antes que las personas en estados azules. De hecho, la brecha en la esperanza de vida entre Louisiana (75,7) y Connecticut (80,8) es la misma que entre los Estados Unidos y Nicaragua”.

Pero, a pesar de lo que sale en la prensa, no es que haya estados demócratas y estados republicanos (azules o rojos). Se trata de condados. Y de si en esos condados hay una gran ciudad o no. Si la hay, es probable que se vote demócrata. Si es una zona rural o semirural, es probable que se vote republicano.

Ya en mayo, una encuesta de la NBC / WSJ mostraba la fuerte división urbano-rural en la carrera presidencial. Según esta encuesta, Clinton estaba aplastando a Trump entre los votantes registrados en las zonas urbanas (58% – 33%), mientras que Trump estaba por delante de Clinton por un margen aún mayor en las zonas rurales (60% – 29%). La intención de voto en suburbios estaba aun dividida, 44% – 44%.

Esta división, estas dos Norteaméricas, es estable y se ha convertido claramente en un cleavage que puede explicar el voto. No se trata ya de norte y sur, sino que directamente algunas zonas rurales del norte son social y políticamente más parecidas al sur, mientras que algunas áreas urbanas del sur son más parecidas al norte. Paul Starr añade que estas diferencias regionales han alcanzado el Alto Oeste Medio, sobre todo en estados como Wisconsin y Michigan, que se han convertido en campos de batalla “no sólo electoralmente, sino en el conflicto ideológico más grande sobre el futuro de Estados Unidos”. Siguiendo con esta idea, como explica Jorge Galindo, en noviembre de 2016, mientras los demócratas ganaron en un 85% de los condados de las 68 mayores áreas metropolitanas del país, no sacaron más del 25% en los suburbios, ciudades medias y pequeñas, y menos del 10% en las zonas rurales. Es decir, que mientras la dualidad y, por tanto, las diferencias de voto se mantuvieron en ciudades y en zonas rurales, en suburbios Trump triunfó (y los votantes de Hillary se quedaron en sus casas).

grafico-peyti-1De hecho, son los suburbios, que están entre lo rural y lo urbano, quienes se están estableciendo como los jueces electorales los últimos años (Richard Florida habló sobre ello en The Suburbs are the New Swing States). Ante la dualidad rural/republicano versus urbano/demócrata, los suburbios escogen. El problema en este caso para los demócratas es que la participación, señala Jeffrey Sellers, tiende a ser más alta en las fortalezas de los GOP –los suburbios más ricos y altamente educados y las zonas rurales y semirurales de baja densidad–, que son todos los lugares con mayores niveles de propiedad. Los demócratas son más, pero menos movilizados y, cuando no van a votar, ganan los republicanos. Hemos visto el ejemplo en estas elecciones, como lo vimos también en las elecciones midterms de 2014. No es nada nuevo aunque sorprenda.

Para los demócratas, a parte de lo comentado sobre lo sucedido en los suburbios, las cifras de voto en zonas rurales y semirurales son dramáticas. Un 62% de los votantes apoyaron a Trump, y sólo un 34% a Clinton, según la encuesta realizada por Associated Press. Eso se compara con el 61% para Romney y el 37% para el presidente Barack Obama, en 2012. En resumen, el margen republicano ha aumentado en esas zonas rurales, y el demócrata ha disminuido respecto a 2012 en las ciudades. Casi imposible que Clinton gane unas elecciones así.

En esos condados viven, predominantemente, blancos, como les gusta insistir a los medios. De hecho, como cita Edgar Rovira, en aquellos condados donde hay más porcentaje de población blanca, el voto republicano ha subido hasta el 76%, el más alto de las últimas cinco elecciones. Pero no se trata de un tema de raza sino, como hemos visto, de su tradición, valores y, sobre todo en 2016, de su situación económica y de su percepción del futuro.

De 1992 a 1996, como muestra el Economic Innovation Group, sólo un 17% de condados veían más empresas cerrar que abrir. Esas cifras, para 2014, eran espeluznantes: un 59% de condados, la gran mayoría en zonas rurales o semirurales, ve más empresas cerrar que abrir.

grafico-peyti-2Es una sangría que no para, y que afecta sobremanera no ya sólo a la vida diaria de millones de familias, sino a sus expectativas de un futuro mejor.

No son las únicas cifras que explican el drama. De 1992 a 1996, 125 condados, donde vivía el 32% de la población estadounidense, generaban unas 420.000 nuevas empresas. En 2006 eran 64 condados, generando 400.000. Para 2014, sólo 20 condados generaban unas 165.000 nuevas empresas, y ya ninguno de esos condados estaba en zonas rurales o semirurales. Todos dependían de grandes ciudades.

grafico-peyti-3Pero no es sólo la pobreza, o los valores, lo que puede explicar la deriva conservadora (que ha sido leve respecto a otras elecciones) sino más bien, en mi opinión, la sensación de abandono, de falta de esperanza. Y eso crea enfado, rabia, y explica los motivos para votar no, para votar en contra, para votar algo que les permita expresar su malestar. Como sucedió en el Reino Unido con el ʻbrexitʼ o ha sucedido el 8 de noviembre. No se trata de racismo, ni de estupidez, se trata de apoyar a quien quiere dar un golpe encima de la mesa. Se trata de castigar a quien no ha hecho nada por ellos. Se trata de no apoyar a Hillary, que sólo ha hablado de ellos y sus problemas para llamarles deplorables.

La tensión rural-urbana ha sido común en la historia americana (y de muchas otras partes del mundo) desde sus comienzos, de acuerdo. Pero ahora, para muchos ciudadanos de ese 20% de población que representa los habitantes de zonas rurales o semirurales estadounidenses –que siguen teniendo poder político por el sistema electoral–, las élites ya no se preocupan de ellos excepto cuando vienen elecciones. Simplemente les ignoran. Lo piensan en las zonas rurales, semirurales y en los suburbios. Pero esa gente se ha cansado. Ha dicho basta. Trump logró una proeza política particularmente complicada: convencer a los votantes de que solo él era capaz de comprender sus preocupaciones y, por tanto, proponerse como alternativa. Y Hillary logró otra: conseguir que muchos exvotantes no confiaran en ella y se quedaran en sus casas, sobre todo en suburbios, que fue el banco de votos de Barack Obama en 2008 y 2012. No es la única razón de la victoria de Trump (ni mucho menos), pero si alguien mantiene sus votos en “sus zonas” y el adversario no logra los de los suyos en las suyas, el resultado está claro.

Xavier Peytibi es consultor de comunicación política en Ideograma. Autor de www.xavierpeytibi.com y organizador de los Beers&Politics (@xpeytibi)
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