La encrucijada de Escocia

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ALBERTO LETONA
El tablero político escocés ha cambiado profundamente en estas dos últimas décadas. El triunfo del brexit en Inglaterra y Gales amplía aún más la fractura política con Escocia.

Contrariamente a lo que suele creerse por estas tierras, el hecho diferencial escocés no está en su lengua; el gaélico es hablado por una pequeña minoría que se concentra fundamentalmente en las islas Hébridas, al oeste del país. Tampoco lo es la indiscutible identidad cultural de los propios escoceses.

El hecho diferencial con el resto del Reino Unido es la opción política de sus ciudadanos y ciudadanas. El voto escocés difiere del voto inglés y galés. Sin ir más lejos, hace tan sólo dos semanas un 62% de escoceses optó por seguir en la Unión Europea frente a ingleses y galeses, que se decidieron a favor del brexit.

Históricamente, fue el Partido Laborista el que durante años dirigió la vida política de Escocia. Con una fuerte vinculación con los sindicatos, los laboristas eran hegemónicos, mientras que los conservadores no gozaban de las simpatías del electorado. Los políticos tories eran a menudo conocidos por sus aristocráticos orígenes.

Las políticas de Margaret Thatcher propiciaron la impopularidad del Partido Conservador. El neoliberalismo, abrazado con entusiasmo por la “Dama de Hierro”, castigó con virulencia a sectores populares como la minería, la industria pesquera y el pequeño comercio. Aún más importantes fueron los ataques a un tejido social igualitario, que construido durante largos años vertebraba la sociedad. Escocia empezó a buscar otros horizontes políticos y a marcar diferencias con Londres. Aunque todavía minoritario, el Scottish National Party empezó a subir en escaños y a ganar visibilidad social.

Los  nuevos laboristas de la “tercera vía”, Gordon Brown y Tony Blair, ambos escoceses –Blair nació en Edimburgo–, tampoco han sabido rentabilizar el descalabro conservador, ni alejarse suficientemente de las órbitas londinenses. Los laboristas han ido cediendo terreno y votos al SNP.

Alex Salmond, histórico líder del SNP, ha hecho una labor titánica en esta última década. Perdió el referéndum que con tanto ahínco buscó, pero un 44,58% de los electores escoceses apoyaron su propuesta de independencia en septiembre del 2014. Salmond dimitió, como había prometido, pero pocas veces una derrota fue tan dulce.

Aún es pronto para anticipar lo que pueda suceder con el futuro político de Escocia. La victoria del brexit poco ayuda a frenar la hemorragia de descontento de una gran parte de los ciudadanos escoceses. Nicola Sturgeon, actual líder del SNP, ha apuntado la posibilidad de pedir un nuevo referéndum sobre la independencia. Algunos políticos conservadores temen que esta vez sea la definitiva. El Reino Unido no está tan unido.

Alberto Letona es periodista y ha vivido 4 años en la isla. Es el autor del libro “Hijos e hijas de la Gran Bretaña”.

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