La leyenda del león rugiente

CNRT84 Digitally restored vector portrait of Sir Winston Churchill.

ANA POLO

¿Qué es todo esto? A Winston Churchill nadie le había informado de que el gobierno canadiense había contratado a un fotógrafo para hacerle un retrato y, al entrar en la sala y ver todos los focos, se había puesto furioso. Un jovenzuelo de treinta y tres años,  enjuto, de piel aceitunada y entradas visibles, le miraba aterrorizado. “Señor”, le dijo con voz trémula, “espero tener la valía suficiente para tomarle una fotografía que tenga igual valor que este momento histórico”. Churchill farfulló: “Tiene tan sólo dos minutos. Nada más”.

Churchill no quería demorarse más de lo necesario. Su agenda desde que llegó de Inglaterra el 22 de diciembre de 1941 a bordo del HMS Duke of York estaba siendo muy intensa. Primero había ido a Estados Unidos para pasar las Navidades junto al Presidente Roosevelt y dirigirse al Congreso estadounidense. Ahora, aquel 30 de diciembre, estaba en Ottawa y acababa de pronunciar un discurso histórico en el Parlamento canadiense.

Desde luego, Churchill sabía que sus esfuerzos valdrían la pena: Estados Unidos acababa de declarar la guerra a Alemania y Japón después del ataque a Pearl Harbor el 7 de diciembre.

Sin embargo, el estrés y el cansancio estaban haciendo mella en él: horas después de dirigirse a congresistas y senadores en Washington había sufrido un amago de infarto. Tenía que descansar y no asumir más estrés de lo absolutamente necesario. Que ya era mucho.

El discurso ante los canadienses había salido a la perfección y estaba contento. Lo habían recibido con vítores en las calles mientras su coche avanzaba hacia el Parlamento. Al entrar en la sala de plenos, los congresistas y senadores se habían puesto en pie y brindado una larga ovación.

Había otro detalle que le había agradado especialmente: las campanas que anunciaban su entrada en el Parlamento habían dejado de tocar en el momento en que la BBC comenzaba su retransmisión en directo. En Inglaterra las campanas tan sólo repicaban para alertar a la población sobre la inminencia de un ataque aéreo. Había sido un bonito detalle.

Había estado inspirado en el discurso y lo sabía. Durante los treinta y siete minutos de intervención -22 páginas leídas-, los aplausos y vítores de los asistentes le habían interrumpido constantemente. Churchill estaba especialmente satisfecho con la frase “More neck, more chicken”. El Mariscal Philippe Pétain había dicho que en pocas semanas, Inglaterra caería frente a los nazis. “Crujirán su cuello como el de un pollo”. Churchill no se amedrentó y en su discurso le dejó claro al mariscal francés con quien se las estaba viendo. “!Más cuello! ¡Más pollo!” “More neck, more chicken!”. La ovación resonó con fuerza en el Parlamento.

Ahora, después de la euforia por su intervención, quería relajarse. En pocas horas tendría que acudir a la cena que le había organizado el Primer Ministro de Canadá, Mackenzie King.

Al salir del Pleno y justo al entrar en la “Speaker’s Chamber” estilo Tudor donde se recibía a las visitas, un ayudante le acercó enseguida un vaso lleno de Johnnie Walker Red Label y un puro habano. Churchill dio unos sorbos, aceleró el paso y se topó con la sorpresa: decenas de focos.

El fotógrafo que le miraba con rostro ensombrecido se llamaba Yousef Karsh –o Yousef de Ottawa, como a él le gustaba que le llamasen— y, a pesar de su edad, de su relativa inexperiencia y del pavor de semejante encontronazo –o desencuentro-, contaba con las suficientes agallas como para responder con soltura al desafío.

De origen armenio y nacido en 1908 en el Imperio Otomano, había vivido en carne propia brutalidades que poca gente hubiese podido superar. En su juventud había visto como su hermana moría de hambre y varios de sus tíos morían a manos de los turcos. Cuando tenía catorce años, su familia tuvo que huir a Siria, y dos años más tarde se refugiaron en Sherbrooke, Quebec. Uno de sus parientes se ganaba allí la vida como retratista y fue él quien le enseñó los gajes del oficio. Después iría a Boston para seguir sus estudios de fotografía con John H. Garo, de origen armenio como él, y de quien adquiría su pasión por desvelar al personaje, no tan solo retratar a la persona. En 1932 había vuelto a Canadá y se había instalado en Ottawa. Se casó con una actriz de teatro, y de tanto ir a verla, Karsh empezó a fascinarse con los efectos que las luces en un escenario ejercían sobre los actores.

Pero para hacerlo bien, era necesario prepararse a conciencia. Y Karsh adoptó desde muy pronto el hábito de documentarse hasta la saciedad sobre las personas que iba a fotografiar y disponer todo su equipo para conseguir el encuadre perfecto.

Cuando recibió el encargo de Mackenzie King de fotografiar al mismísimo Winston Churchill, siguió la misma rutina de siempre: estuvo semanas estudiando al premier británico, sus gestos, gesticulaciones y ademanes, sus intereses y pasiones. Incluso llegó a contratar a una persona con un peso y altura similar al de Churchill para ensayar las tomas.

La noche del 29 de diciembre, el día anterior a la sesión de fotos auténtica, fue al Parlamento a dejarlo todo dispuesto. Y aquella parafernalia tan bien dispuesta, con una cámara y decenas de focos, fue con lo que se topó Churchill, whisky y cigarro en mano, para desencanto suyo.

Cuando, al cabo de unos segundos y la pertinente explicación, aceptó a regañadientes que lo retrataran, se sentó en la silla que le habían preparado, dejó a un lado el whisky, pero se encendió el habano.

Karsh le acercó un cenicero, pero Churchill siguió dando caladas y deleitándose con el humo que expulsaba. Karsh le pidió que lo apagara y también que guardase mejor los papeles de su discurso que sobresalían de su bolsillo. Churchil aceptó solo en lo segundo.

Entonces, Karsh se le acercó y diciéndole “Forgive me, Sir”, discúlpeme, Señor, le quitó el cigarro de la boca.

El silencio era ensordecedor”, recordaría Karsh años más tarde. “Me miró de forma tan beligerante que creo que me podría haber devorado”. Pero ésa, precisamente, era la mirada que definía mejor a Churchill y Karsh, caminando hacia atrás y empleando un mando remoto, le tomó una fotografía mientras regresaba a su cámara.

Churchill escuchó el click y supo que el fotógrafo se había salido con la suya. Aceptó de buena gana las agallas de aquel joven, y sonriendo levemente, le susurró: “Debería hacer otra”. Karsh accedió y esta vez Churchill adoptó un semblante benigno. El Premier británico se levantó, se acercó a Karsh y, extendiéndole la mano, le dijo: “Es usted capaz de hacer que un león rugiente se quede quieto para hacerle una foto”.

La foto del león rugiente. Así tituló Karsh a aquel retrato del Churchill con mirada amenazante y rostro desafiante. La foto que, aún a día de hoy, es la mejor para entender a Churchill. Es la foto de la determinación, de la fuerza, del valor. La foto que encarna el carácter. La foto que desvela al líder.

Pero es la foto que también ayuda a entender a la persona, al ser humano, que se esconde tras la figura pública que recibe admiración. Es la foto de un ser con emociones y vulnerabilidades. Y es la foto, también, de la soledad. “El carácter, como la fotografía, se gesta en la oscuridad”, defendió siempre Karsh. Y eso es lo que quiso transmitir con el fondo oscuro, imperceptible, y toda la luz enfocada sobre el rostro de Churchill: que los líderes, malhumorados o no, viven atrapados en la más absoluta soledad y que tienen que vivir en las sombras, y enfrentarse a ellas, para templar su carácter. Un hombre que, a pesar de las proezas que realizó, no dejaba de cabrearse con ciertas nimiedades.

Una anécdota más: a Karsh siempre le gustó más la segunda foto que tomó. Sin invasión, sin artimañas y, esta vez, sin puro.

Imagen de http://www.karsh.org/

 

Ana Polo es consultora en comunicación política. Trabaja como Speechwriter en el Ayuntamiento de Barcelona
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