La serie: “The West Wing”

west wing

ELENA GUTIÉRREZ-GARCÍA

El ala oeste de la Casa Blanca tiene muchas caras. Es un drama televisivo brillantemente concebido a finales de los 90, con siete temporadas (1999-2006) que han provocado análisis de todo tipo. Los expertos en guión han disfrutado escudriñando la capacidad de su creador, Aaron Sorkin, para ser durante prácticamente las dos primeras temporadas el único guionista (hecho insólito, fuera de los estándares de contar con un equipo de guionistas).

También se ha destacado que The West Wing es ‘la’ serie política, pues hasta entonces en la televisión comercial no se había apostado, y con gran éxito de audiencia, por un formato ambicioso y complejo en el tratamiento de los temas.

Otro aspecto destacado ha sido la extraordinaria capacidad de haber aunado guionistas brillantes con varios asesores, como Dee Dee Myers (quien fuera durante dos años secretaria de prensa de Clinton, y alter ego del personaje encarnado en la serie por C. J. Cregg).

Otros han destacado que la serie fue y es un ejemplo de ‘pedagogía’ política: una magistral puesta en escena sobre el funcionamiento del complejo entramado institucional y político en Washington. Y se transporta al espectador a un frenesí de vida en los pasillos de la Casa Blanca y el Congreso, suspense político, dosis de humor y vitalidad de personajes creados para ser entrañables, creíbles, llenos de matices, con altas miras a la vez que miserias y, sobre todo, apasionados por lo que hacen.

Las siete temporadas relatan escenarios de los dos mandatos del presidente demócrata Josiah Bartlet, e incluyen hitos significativos como campañas presidenciales: flashback de la primera y también su segundo mandato, e incluso en la sexta y séptima temporada las campañas del candidato demócrata latino Matt Santos frente al republicano, el senador Arnold Vinick.

También se relata la labor de fontanería en la relación entre la Casa Blanca y la prensa, los lobbies, el Congreso, la diplomacia pública y las negociaciones internacionales (China, Corea del Norte, o las crisis en países de Oriente Medio) y grandes asuntos de controversia en Estados Unidos (el aborto, la ética en la investigación biomédica, el control de armas, la educación y la sanidad, etc.).

Sobrevuela en toda la serie un dominio magistral de humanidad y política, tomando estas dos últimas palabras en todo su significado, también por el papel de la primera dama, la igualmente brillante doctora Abbey Bartlet, y sus hijas. Y porque el presidente Jed Bartlet, ganador de un Premio Nobel de Economía, es tremendamente culto e inteligente, audaz, con gran sentido del humor, compasivo, altivo por momentos, preocupado por sus asesores y por los problemas sociales que van desde la geoestrategia hasta las pequeñas historias de ciudadanos que se cuelan y llegan hasta los pasillos del Ala Oeste.

Y junto a él se despliegan las actuaciones de los asesores que, como una paleta de colores, dibujan un cuadro de la vida política con el que todo ciudadano sueña: personas que van más allá de la dicotomía y se atreven a enfrentarse y a sentarse junto a interlocutores que desafían su propio pensamiento. De ahí que, combinado con humor, muchas veces las discusiones con el presidente y entre asesores de alto nivel (el jefe de gabinete, Leo McGarry, y su mano derecha, Josh Lyman, o el director de comunicación, Toby Ziegler, y su segundo, Sam Siaborn) y aquéllas con otros políticos, representantes de ciudadanos y cargos aparentemente de menor nivel, como la ayudante de Lymman, Donna Moss, o el propio asistente personal del presidente, Charlie Young, se hagan en un clima propicio a las críticas que conlleva capacidad para replantearse las cuestiones y hasta rectificar.

Este conjunto coral ha provocado que algunos críticos hayan tildado la serie de ‘idealista’ y que tenga poco que ver con la ‘vida real’, más acostumbrados al cinismo político, las consecuencias de la vanidad de los intereses personales o partidistas y el cortoplacismo. arece que la serie pretendía apostar por una forma de vivir la Política, con mayúsculas, y queda reflejada magistral y sencillamente en una conversación entre un ciudadano y Toby Ziegler. La situación: varios ciudadanos están contestando una encuesta durante la campaña presidencial para el segundo mandato de Bartlet, y de repente un ciudadano se levanta de su mesa algo airado:

Ziegler: Soy del sondeo, ¿por qué se marcha?

Ciudadano: Es perder el tiempo. ¿Intentan complacerme o quieren descubrir lo que me hace…? No sé: ¿qué es lo que quieren? ¿Quieren que me sienta que formo parte del club?

Ziegler: Podría ser, yo…

Ciudadano: Así no lo conseguirán; no con palabras que son pulidas, adecentadas, perfiladas… ¿Quieren impresionarme? Hagan algo. Las palabras no bastan.

Ayudante de Ziegler: ¿Quién era ése?

Ziegler: ¡Era mi chico! ¡Escribo para él!

Elena Gutiérrez-García es periodista y doctora en comunicación. Subdirectora del Máster en Comunicación Política y Corporativa de la Universidad de Navarra. @egutierrezgar
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