La sombra de Maggie: el legado del Thatcherismo en el referéndum sobre la UE

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ELISENDA LAMANA

Margaret Gilda Thatcher (1925-2013), primera ministra del Reino Unido entre 1979 y 1990, no es sólo un icono para el Partido Conservador, sino también un referente para el conjunto de la sociedad británica, sea para bien o para mal. ¿Qué hubiese votado en el referéndum del 23 de junio? ¿Cómo influyó su legado en el debate y en el resultado final del referéndum?

Thatcher y el euroescepticismo

La sombra de Maggie irrumpió en el debate sobre el futuro del Reino Unido en la Unión Europea en febrero de este año, cuando Lord Charles Powell –su asesor en política exterior entre 1983 y 1990, y miembro de su círculo más íntimo– declaró en el Sunday Times que la ex primera ministra hubiese aceptado los términos acordados por David Cameron y el Consejo Europeo, y que por tanto su voto habría sido favorable al ʻremainʼ: “Su corazón no estuvo nunca con nuestra pertenencia a la UE, pero estoy convencido de que su cabeza estaría a favor de quedarse en las condiciones negociadas” [1].

A Thatcher se la etiqueta a menudo de euroescéptica y es verdad que su “pasión” (si alguna vez la hubo) por la UE fue enfriándose con los años. Según su biógrafo oficial, Charles Moore, la posición de Thatcher hubiese sido la de votar “No” al referéndum [2]. Y es que durante los años noventa, y especialmente después del Tratado de Maastricht, el euroescepticismo de la ex primera ministra fue en aumento, según Moore. Lejos quedaban, pues, los días del primer referéndum sobre la entonces Comunidad Económica Europea en 1975, cuando Thatcher y el 85% de los conservadores eran fervientes defensores de quedarse en el mercado común, en contraste con el 52,5% de los laboristas. 

No obstante, las esperanzas y los miedos de Thatcher respecto a la integración europea eran, en esencia, similares a los puntos expuestos por David Cameron en el think tank Chatham House el 10 de noviembre de 2015, cuando anunció el referéndum: mercado único, sí; simplificación de las regulaciones europeas para promover una economía más flexible y competitiva, sí; unión monetaria, no (pero es que ni el más ferviente eurofílico británico defiende hoy la pérdida de la libra y la introducción del euro en el Reino Unido); más integración política, definitivamente “no, no, no!”, como dejó bien claro la misma Thatcher en su famoso discurso en la Cámara de los Comunes, en respuesta a la intención de Jacques Delors de convertir la UE en un proyecto político a gran escala. Esto nunca interesó a Thatcher, y de allí también su negociación del famoso rebate o cheque británico en 1984. Cuando el Reino Unido entró en la CEE, en 1973, se pactó que recibiría una libra por cada dos libras aportadas al presupuesto comunitario, unas condiciones mucho menos favorables que las disfrutadas por Francia. En la famosa reunión de Fontainebleau de 1984, Thatcher consiguió reducir este gap entre lo pagado y lo recibido en un 66% (un rebate o descuento, por cierto, mucho por debajo del que quería Thatcher en un principio).

Una vez solucionado el problema del presupuesto comunitario, el gobierno Thatcher estuvo dispuesto a colaborar más intensamente con Bruselas. De hecho, durante esos años el proyecto europeo dio un paso adelante muy importante con la firma del Acta Única Europea, en 1986, cuyo objetivo no era otro que implementar las medidas necesarias para construir el mercado único. Fue precisamente un británico, lord Arthur Cockfield, comisario europeo para el Mercado Interno, quien generó el borrador del Acta Única, el llamado Informe Cockfield [3] de 1985. Este informe se centraba en tres puntos clave: eliminación de las barreras físicas, eliminación de las barreras técnicas y eliminación de las barreras fiscales para la libre circulación de personas, bienes y capitales.

Algunos podrían pensar que el Reino Unido aceptó liderar esta fase de la integración europea sólo como una excusa para aplicar las políticas liberalizadoras propias de la era Thatcher. Esta afirmación es una falacia. El paquete de medidas liberalizadoras que proponía el Informe Cockfield no se hubiese podido llevar a cabo si el resto de Estados miembros no hubiesen estado de acuerdo también en aplicarlas. La realidad es que no hubo oposición. Además, sería muy arriesgado suponer que todos los Estados miembros estuvieron de acuerdo en aplicar la agenda de Thatcher a nivel comunitario a cambio de nada. Y es que no se trataba sólo de la agenda de Thatcher; era también la agenda de Helmut Kohl y Jacques Delors, figuras que en ningún caso son sospechosas de ser euroescépticas, más bien todo lo contrario: son considerados grandes estadistas en pro de la integración europea. Sin embargo, estaban aplicando exactamente la misma agenda que su homóloga británica, considerada en cambio madre del euroescepticismo británico moderno. ¡Nada más lejos! ¿Se imaginan hoy a Boris Johnson o Nigel Farage liderando las reformas necesarias para implementar el Mercado Único Europeo?

Thatcher y la desigualdad

La sombra de Maggie no sólo estuvo presente en el debate previo al 23J, sino también después. El inesperado resultado ha obligado a muchos analistas a tener que hurgar en la historia para hallar una explicación plausible al sorprendente 52% de voto pro ʻbrexitʼ. Una de las explicaciones, sustentada sobre todo por la izquierda, es que el voto pro ʻbrexitʼ fue fundamentalmente un voto de descontento antiestablishment de una población afectada directamente por la desigualdad socioeconómica generada durante la era Thatcher. Según esta teoría, Thatcher sería responsable casi directa del ʻbrexitʼ.

No se puede negar que el discurso pro ʻbrexitʼ, de naturaleza profundamente populista, cuajó especialmente en aquellos sectores de la sociedad más afectados por el contexto económico actual, los llamados “perdedores de la globalización”. Pero es un error atribuir la responsabilidad de ello al thatcherismo por dos motivos.

El primero es que, antes de que Thatcher tomara el poder ya existían perdedores de la globalización: aquellos sectores sociales que, debido al cambio de paradigma económico acaecido durante los años setenta [4], estaban perdiendo poder adquisitivo y calidad de vida. Igualmente, incluso durante la llamada “edad dorada del capitalismo” (años cincuenta y sesenta) el Reino Unido destacó por ser un rezagado; de hecho el país era conocido como “the sick man of Europe” (el enfermo de Europa) y justo meses antes de que Thatcher tomara el poder se habían producido huelgas y protestas conocidas como “The Winter of Discontent” (el invierno del descontento). Antes de 1979, pues, el Reino Unido no era precisamente la panacea.

Respecto a la desigualdad: es cierto que, a pesar de que la renta per cápita se duplicó, la desigualdad por renta en el Reino Unido se incrementó durante la era Thatcher. Aplicando el índice de Gini, la desigualdad en términos de renta se incrementó de 0,253 puntos a 0,339 (donde 0 es máxima igualdad y 1 es máxima desigualdad). No obstante, los sucesivos gobiernos nunca redujeron en gran medida estos niveles de desigualdad, siendo el índice de Gini en 2009 de 0,357 [5]. Hoy la desigualdad por renta en el Reino Unido es aún ligeramente superior a la media de la OCDE si tomamos el índice de Gini de desigualdad como única medida [6].

Pero medir la desigualdad sólo en términos de renta tiene algunos problemas, como por ejemplo que no se tiene en cuenta el valor de los servicios en especie que el ciudadano recibe del Estado a cambio de pagar impuestos (educación, sanidad, pensiones) ni tampoco la riqueza, entendida como el conjunto de activos financieros y reales que recibe una persona a lo largo de su vida, incluido su patrimonio. Si analizamos la desigualdad por riqueza, comprobamos que el Reino Unido es un país mucho más igualitario que Holanda, Alemania o Austria. Según datos del 2010, el 20% más rico de la sociedad  “sólo” posee casi 7 veces más patrimonio que el 80% de la población más pobre. En Holanda, el país más desigual en riqueza, el 20% de los más ricos posee más de 14 veces la riqueza del 80% más pobre [7]. En resumen, si en el Reino Unido hay una desigualdad por renta relativamente elevada, no sólo es atribuible al legado de Thatcher, sino a todos los gobiernos que continuaron sus políticas económicas desde 1990 (que fueron absolutamente todos, conservadores y laboristas). Por otro lado, ya hemos analizado cómo la desigualdad se puede medir de muchas otras formas más allá del índice de Gini, que tiene importantes carencias.

El segundo motivo por el cual el thatcherismo no es responsable directo del voto pro ʻbrexitʼ es que los llamados perdedores de la globalización no existen únicamente en el Reino Unido. El auge de los movimientos populistas con acento euroescéptico es un fenómeno generalizado en toda Europa. Estos movimientos y partidos están ganando cada vez más soporte social y electoral en detrimento de las opciones políticas tradicionales, la socialdemocracia y la derecha democristiana, que en definitiva son los dos pilares de la construcción europea. Pero así como en la Europa continental los partidos tradicionales se han llevado la peor parte de la crisis económica de 2008, en las últimas elecciones parlamentarias británicas el Partido Conservador salió ampliamente reforzado, especialmente en 2015, cuándo consiguió la mayoría absoluta. El de Cameron fue el único gobierno europeo que pudo renovar su mandato después de la crisis, además en solitario (de 2011 a 2015 los ʻtoriesʼ gobernaron en coalición con los liberales).

¿Por qué el descontento supuestamente provocado por las desigualdades generadas por el thatcherismo no se plasmó entonces, en 2015, y sí unos meses después en el referéndum? ¿Por qué en otras sociedades a priori más igualitarias a nivel de renta (Alemania, Holanda o países nórdicos) los movimientos populistas y eurófobos (incluso xenófobos) gozan de tan buena salud? La respuesta a estas preguntas es, sin duda, compleja, y aunque sea muy goloso para algunos analistas buscar una cabeza de turco, atribuir a Thatcher la responsabilidad de la victoria del ʻbrexitʼ sería al menos tan inexacto como atribuir todos los males del Reino Unido a la UE.

REFERENCIAS

  • [1] The Guardian, (07/02/2016), “Margaret Thatcher would have voted to stay in EU, claims aide”.
  • [2] Moore, C., (08/05/2013), The Spectator, “After leaving office, Margaret Thatcher believed Britain should leave the EU”.
  • [3] Comisión Europea, (14/06/1985), “Completing the internal market”.
  • [4] Los años setenta conocieron el fin del modelo económico llamado “de postguerra”, o Sistema Bretton Woods, basado en un tipo de cambio fijo y en  el control de capitales.
  • [5] Lamana, E. (22/04/2013), ¿Qué Aprendemos Hoy?, “Margaret Thatcher en contexto: mito y realidad de su política económica (2 de 2)”.
  • [6] OCDE, (Febrero 2015), “Income inequality data update and policies impacting income distribution: United Kingdom”.
  • [7] OCDE, (2015), In It Together: Why Less Inequality Benefits All, París, Francia: OECD Publishing.
Elisenda Lamana Garcia es economista especializada en economía europea y editora del blog Focus Europa. (@ElisendaLG) 

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Fuente de la imagen: Reuters