Las primarias del PSF: La miseria del futuro

SERGIO JIMÉNEZ

Las primarias del Partido Socialista Francés están más en primera fila mediática por el morbo que por la trascendencia. Este proceso está marcado directamente por el balance del quinquenato de Hollande y las expectativas que deja al partido del presidente, que no son muy halagüeñas. Además, han llegado envueltas en una relativa sorpresa y una importante polémica.

El contexto

Lo primero que hay que decir es que el PSF es un partido de los que Hughes Portelli clasifica como Partidos Socialistas, típicos del sur de Europa. Según esta tipología, son partidos de clase (lo que les separa de los laboristas) con poca vinculación con los sindicatos (lo que les separa de los socialdemócratas) y con una importante vertiente de una izquierda cultural. Según esta teoría, el Partido Socialista se alimenta de elites intelectuales no especialmente alineadas con los sindicatos que, por esta razón, no buscan tanto la negociación colectiva como una cierta ortodoxia ideológica.

Una vez dicho esto, hay que decir que el PSF concurre a este 2017 en una situación excepcional. Por primera vez en la V República un Presidente en condiciones de ser reelegido, opta por no presentarse. La razón es bastante sencilla: no ganaría. No sólo por la insatisfacción generalizada, sino porque sería incumplir más su palabra. Cuando François Hollande ganó, lo hizo prometiendo que cambiaría la tendencia del paro en 6 meses. Luego cambió el plazo a la mitad del mandato, y finalmente, antes de terminarlo (algo que pasó, por fin, a mediados de 2016, pero no de manera consistente). De esa manera, presentarse después de decir que en esas condiciones no lo haría, era abocarse a la derrota.

El balance de Hollande

Digamos que la desafección por Hollande es fruto de los errores de cálculo del presidente. Su plan inicial es que, gracias a sus medidas de fomento de la economía, aumentando los servicios y la renovación estructural para el desarrollo sostenible, garantizaría un crecimiento económico superior al 3% anual, que sanearía las cuentas. La guinda de esto es que, bajo ese escenario, el peso de Francia (y del socialismo) en Europa contrarrestaría el de Alemania y las políticas de austeridad. Por si habéis estado en Marte estos años, os digo que no pasó nada de esto.

Estos cinco años en el Eliseo se pueden dividir en dos partes: una primera parte en la que Hollande intentó llevar adelante estas políticas, comandadas por Jean Marc Ayrault (hasta 2014), y una segunda en la que cambia a unas políticas más liberales, bajo la dirección de Manuel Valls.

En términos de la V República siempre se ha dicho que el primer Primer Ministro de un mandato busca satisfacer al partido, y el segundo es el que muestra la visión real del Presidente. Sea o no la visión de Hollande, el gobierno de Valls ha sido polémico por sus reformas estructurales. Sin embargo, no podemos pensar tanto en términos de recortes (que no los ha habido) como de tocar el mercado laboral francés. Digamos que la fama de protestas de los franceses se debe especialmente a su activismo cuando se trata de las condiciones de trabajo. En este caso, la respuesta ha sido cierto, y hemos asistido a semanas de huelgas en sectores estructurales (energía y transporte especialmente).

Estas políticas están personalizadas por el jovencísimo ministro de economía del gobierno Valls, Macron, que se ha visto tan apuntalado y apoyado por la patronal, que ha decidido volar solo y presentar su candidatura con un movimiento propio. Esto no es raro: en Francia, formalmente, el presidente no concurre a las elecciones bajo las siglas de un partido, sino apoyado por un partido (el General De Gaulle desconfiaba mucho de estos).

Por último, y no menos importante, tenemos la cuestión terrorista. La política que ha llevado adelante Manuel Valls, primero como Ministro del Interior, y luego como Primer Ministro, ha sido dura y polémica con las filas de izquierdas. El Estado de Excepción desde noviembre de 2014, y la polémica supresión de la nacionalidad francesa para terroristas con doble nacionalidad, han dividido enormemente el socialismo galo. Estas medidas responden, además de a la amenaza terrorista, a las presiones de una sociedad derechizada y con un Frente Nacional que fija el debate en un esquema más duro hacia los musulmanes.

Estas dos líneas de la política del gobierno Valls han obligado al ejecutivo a subyugar a los diputados más fieles a la ideología del PSF, recurriendo varias veces al artículo 49.3 (este mecanismo hace que, una vez presentada una Ley, si en 24 horas no se presenta una moción de censura contra el gobierno, se aprueba). No es el que más (Michel Rocard tiene el récord con 21 veces por 4 de Valls), pero ha dejado una fractura más que evidente.

El panorama electoral.

Todo esto viene acompañado por la previsible pero tardía declaración de Hollande de no presentarse (en diciembre de 2016), Y una izquierda no socialista reconstituida con más fuerza en torno a Melenchon y Macron. El caso de este último es especialmente sensible porque gran parte del desgaste del PSF por la izquierda viene por la aprobación de su ley de competitividad, y su candidatura impide que el partido se aproveche por la derecha.

Por último, y lo más importante: todo el mundo asume que la primera vuelta de las presidenciales la ganará Marine Le Pen. Esto significa que habrá un contendiente republicano (presumiblemente Fillon, pero nunca se sabe), y Macron está inusualmente bien posicionado para ir por libre. El Partido Socialista lucha con pocas posibilidades de ser el segundo partido, a no quedar por detrás de su antiguo ministro de economía y, lo que sería catastrófico para la formación, por detrás de Melenchon y el Front Gauche.

Los candidatos

Las primarias tienen un modelo muy abierto. Puede votar prácticamente cualquiera que pueda votar en las presidenciales, pague un euro y declare estar a favor de las ideas socialistas y ecologistas. También pueden votar menores de edad y extranjeros con condiciones como que se apunten, o estén integrados en algún movimiento político o social afin. Esto condiciona mucho el proceso y cualquier previsión.

De la serie de contendientes que se presentaron, había 3 destacados:

  • Manuel Valls: En principio era el favorito por ser el primer ministro. Su baza es, sobre todo, su “elegibilidad” o ser el mejor candidato posible. Su discurso de una política más dura con el terrorismo, las migraciones y los movimientos sociales, le hace ser el candidato más a la derecha en unas elecciones que parecen ir muy por ese lado. En su contra tiene que su política está muy lejos de esa ortodoxia ideológica del partido y sus militantes.
  • Arnaud Montebourg: El antiguo ministro de industria fue básicamente de los primeros en salirse del gobierno de Hollande cuando vió su giro a la derecha. Ha sido la cara visible de los diputados rebeldes. Montebourg, que irrumpió en la política francesa en 2001 cuando pidió un cambio legal que permitiera juzgar a Chirac por falso testimonio. Desde entonces, fue jefe de campaña de Segolene Royal (etapa en la que insultó a Hollande cuando eran todavía pareja), y finalmente, ministro. Es de corte económico de izquierda muy ortodoxo, muy proteccionista (algo común en todos los candidatos) y poco apegado a la causa ecológica. Casi le provocó el primer dolor de cabeza a Hollande cuando dijo que quería acelerar el fracking, lo que generó varios problemas a la alianza con los ecologistas y con parte del partido. No ha llegado a segunda vuelta
  • Benoit Hamon. Realmente todo el mundo le daba como un convidado de piedra. Este hombre (antiguo compañero en un movimiento del partido de Montebourg), se ha forjado a la sombra de Martine Aubry. Ella es la ministra impulsora de la ley de las 35 horas (que con toda posibilidad desaparezca con el nuevo presidente, al menos en términos prácticos) y quien parecía que iba a ser candidata en 2012 de no ser por el “sorpasso” de Hollande. También fue la que dijo que no quería ser ministra. El caso es que, posiblemente, Martine Aubry sea de las personas más respetadas en el partido, y posiblemente tenga mucho que ver con la victoria de Hamon. En los gobiernos de Hollande, Hamon fue Ministro de Economía Social y luego de educación, donde tuvo que gestionar la polémica ley de ajuste de los horarios escolares. Hamon opta por un discurso muy de izquierdas en el plano ideológico, ecologista (lo que le ha distanciado de Montebourg) y muy antieuropeo. De hecho, es una de las cabezas visibles de la petición del No en el referéndum de la Constitución Europea.

Lo que influye en el voto

Básicamente hay dos factores a sopesar en estas elecciones. La fidelidad ideológica a la ortodoxia socialista o las posibilidades de ganar unas elecciones (que todo el mundo da por perdidas). En este contexto, y dadas las condiciones de electorales, la movilización es la clave. Presumiblemente, un candidato con el apoyo del partido se verá beneficiado por una movilización baja de aquellos más vinculados al partido. Una movilización alta de gente externa al partido, puede premiar al candidato “elegible”. Teóricamente, la participación ha sido baja. Y decimos teóricamente, porque para completar este escenario, unas anomalías estadísticas en el recuento dan que pensar que se hubieran “inventado” 350.000 votos para que parezca que hay una mayor movilización, aunque no hay nada que indique irregularidades en el proceso.

Aparentemente, fue el primer caso el que dio la victoria a Hamon en la primera vuelta. El hecho de que Montebourg pida el voto a Hamon da que pensar que tiene más posibilidades. Sin embargo, recordemos que cualquiera puede votar, y que no tiene por qué haberlo hecho en la primera vuelta para hacerlo en la segunda. Es por eso que Manuel Valls está llamando al “voto útil” a la desesperada, porque de lo contrario, tiene pocas posibilidades.

En todo caso, hay que tener en cuenta que hablamos de un escenario en el que estas elecciones tengan un efecto netamente interno. No parece que vaya a influir bastante en los dos contendientes finales que, salvo sorpresa, serán Fillon y Le Pen (y la sorpresa sería que fuera Macron, no nos engañemos).

Eso sí, la victoria en las primarias habrá que leerla en cómo queda el balance de fuerzas en la izquierda, donde el PSF ha sido el principal partido desde los 70, y Melenchon siempre aparenta estar cerca de sacar un buen porcentaje de votos.

Posiblemente lo más importante sea definir el liderazgo de un partido que ha perdido a su líder natural por incapacidad de cumplir su programa. En este caso, será muy importante que el resultado no sea catastrófico para cualquiera que sea el vencedor, porque en Francia está muy mal visto volver a ser candidato tras haber perdido las elecciones. Parece mentira que sean los vecinos.

 

Sergio Jiménez es doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. Editor de http://poderyseries.es/ (@craselrau)

Imagen de EMMANUEL DUNAND / AFP / LeLab