Los jóvenes confían en la política, no en los partidos

People raising their hands

RAFA RUBIO

Si preguntáramos a un miembro de la generación X qué caracteriza a la generación siguiente es probable que señalara la acumulación y el manejo de diversos dispositivos tecnológicos, como uno de los elementos distintivos. La imagen del bebé familiarizado con una tableta se ha vuelto ya un símbolo de hasta que punto esta realidad supone para toda una generación nuevas formas de cotidianidad, de comunicación, vida familiar, escolar y social respecto a las de generaciones precedentes y, sobre todo, como configura su visión de la vida y el mundo.

Si seguimos con nuestras preguntas veremos como nuestro entrevistado nos respondería que uno de los principales peligros de esta “nueva” realidad es el aislamiento que genera este tipo de dispositivos. Sin embargo, una vez más, al observar el comportamiento de los jóvenes veríamos como entre los principales usos de esta tecnología están la creación y el refuerzo de vínculos de amistad y el intercambio de información. De ahí que el entorno digital se esté convirtiendo no sólo en una vía de información y comunicación sino, sobre todo, en una forma de organizar redes que reúnan a personas con intereses comunes, a un precio mínimo y en un tiempo récord, cambiando de manera radical la naturaleza misma de las relaciones y las organizaciones. Y esto afecta de manera directa a la relación de los jóvenes con la política.

Las nuevas cotidianidades y significados que supone la integración de internet, y especialmente las redes sociales, en el día a día de los jóvenes, generan cambios profundos no solo en la forma de consumir información y comunicarse, también en el ámbito de la participación política, donde parecen conducir a un cambio de paradigma. El televisor, unidireccional, que convierte al participante en receptor de mensajes, y el ciudadano que se siente alejado y sin capacidad de influencia en el ámbito de la toma de decisiones, empiezan a compartir terreno con Internet, bidireccional, que permite la multitarea, recibir, pero en igual medida, enviar, incidir y que afecta también a la involucración política del ciudadano. En las últimas décadas, el comportamiento político diferenciado de los jóvenes les ha puesto en el punto de mira de los estudios electorales, especialmente tras la emergencia de nuevos movimientos sociales en red (como el 15M y la PAH) y su extensión hacia nuevas agrupaciones políticas (Podemos, Guanyem, Partido X, entre otros). Estos análisis señalan que los jóvenes son un fuerza electoral considerable y que, al responder a unos criterios diferenciados, puede resultar determinantes. Así, por ejemplo, la investigación de González, (2004) muestra que, al menos en las elecciones generales de 1986, 1996 y 2004, los jóvenes contribuyeron a inclinar la balanza a favor del partido que inicialmente estaba en la oposición y que tras las elecciones acabaría en el gobierno.

Esta participación electoral, a pesar de ser capaz de inclinar la balanza, resulta, por lo general, más reducida que la media. ¿La causa? No se trata de que el voto sea percibido por los jóvenes europeos como algo inútil, al contrario, los jóvenes son la generación viva que más confía en el “poder” del voto (Flash Eurobarometer 373, Comisión Europea 2013b), para ellos es la mejor manera de conseguir que la voz de un ciudadano sea escuchada. Esta confianza se acompaña de un incremento constante, constatable desde 2005, del interés por la política entre los jóvenes, que ha subido del 24% al 31%, al mismo tiempo que un aumento del recelo hacia ella. Tanto en España como en los países de nuestro entorno, el interés por participar e influir en la vida política está presente, en gran medida, entre los jóvenes; sin embargo, hay en ellos una falta de confianza del funcionamiento actual del sistema político. Un voto cada cuatro años parece insuficiente para muchos de ellos y, algunos, optan por alejarse del funcionamiento político al verse incapaces de influir de manera efectiva o, al menos, en la medida que ellos desearían. Es difícil entender que una generación acostumbrada a elegir en tiempo real los aspectos más cotidianos de su vida se resigne a ser un espectador pasivo cuando a la política se refiere. No se trata, por tanto, de un desapego hacia la democracia sino de un descontento/ insatisfacción con su funcionamiento actual. No se trata, pues, tanto de un desinterés por la política y los asuntos públicos, sino de un rechazo a unas prácticas y unos actores políticos que consideran ineficaces y alejados de sus intereses y de su capacidad de interlocución. Así vemos como partidos y políticos adolecen de una paulatina pérdida de confianza, ocupando las últimas posiciones en los ránking de confianza institucional ciudadana. Esto se acentua especialmente en los jóvenes, entre los que más del 50% tiene nula o muy poca confianza en los partidos políticos (CIS 2011). La falta de mecanismos efectivos de participación e influencia en los partidos políticos, e incluso la ficción de la misma, alejada de una participación real y efectiva, no genera más que un efecto placebo que, lejos de lograr una mayor integración en los asuntos públicos, provoca una mayor desilusión. Así podemos decir, con el informe de la Comisión Europea (2013), que la participación política de los jóvenes no está en declive, sino que “se encuentra en transformación hacia otros canales mucho más cercanos a su forma de entender la democracia”, y a su forma de entender la política.

Esa transformación, facilitada por las herramientas digitales, se dirige a nuevas formas de entender no sólo la democracia, redefiniendo la acción política, sus actores y sus medios, sino la intermediación social, en un sentido mucho más amplio. De ahí que no nos pueda sorprender que la crisis de los canales formales de participación conviva con la emergencia de nuevas formas de participación política, vinculados en gran medida con protestas ante la misma política. Norris (2002) denominó este proceso “la reinvención del activismo político” y, a la luz de los datos, podríamos decir que afecta especialmente a los jóvenes. Esta reinvención se basa fundamentalmente en superar la concepción instrumental de la tecnología, facilitando «nuevas maneras de relación y de comunicación que permiten la gestión de conocimientos, la creación de comunidades y el intercambio de significados en otro régimen de relaciones».

Así, el uso del entorno digital en política facilita formas de organización y de acción más descentralizadas, coordinadas en red, lo cual implica la difusión de mecanismos de relación política sensiblemente más horizontales y descentralizados que los funcionamientos mayoritarios anteriores. De esta manera se han desarrollado nuevas formas de participación política en las que lo online y lo colectivos político-artísticos, etc.). La novedad es que, recientemente, estas nuevas formas de activismo político también han aparecido bajo la forma electoral y de partidos. Todas estas nuevas formas de participación política están mediatizadas frecuentemente por herramientas digitales que permiten nuevas formas de organización y de acción. De ahi que tengamos que centrar nuestra mirada en la confluencia en los jóvenes de un mayor alejamiento de las formas tradicionales de participación política y una mayor penetración de herramientas digitales que permiten nuevas formas de participación.

Las visiones algo simplistas que, en ocasiones, han tratado de ridiculizar nuevas prácticas políticas como el ciberactivismo, tachándolas de “activismo de sofá” carente de compromiso, son totalmente ajenas a la percepción que estos jóvenes tienen de la política, sus intereses y sus demandas de participación en los asuntos públicos. De hecho se trata de una participación mucho más comprometida que la que, por ejemplo, estos jóvenes hacen cuando interactuan con los partidos y los políticos tradicionales, que suele reducirse a un contacto eventual, motivada por un evento específico. De hecho el 75% de ellos está “muy/bastante de acuerdo” con la idea de que los políticos solo las utilizan para hacer publicidad y pedir el voto. Y, en consecuencia, solo el 28% está “muy/bastante de acuerdo” con la idea de que Internet y las redes sociales permitan a los ciudadanos influir en los políticos. Cuando contrastamos estos datos con el del 68% que están “muy/bastante de acuerdo” con la afirmación de que Internet permite actuar a los ciudadanos al margen de los partidos políticos, no podemos más que confirmar nuestro diagnóstico. Entre los nuevos usos de las herramientas digitales configurados por los jóvenes, cobran especial protagonismo aquellos relacionados con la autoorganización y el intercambio de opiniones, en lo que podríamos denominar networked politics, ‘política en red’, que nos habla tanto de la posibilidad de relación y coordinación entre personas, grupos y/o colectivos heterogéneos como de la capacidad logística para desplegar acciones interconectadas, continuas, policéntricas y descentralizadas. Hoy cualquiera puede encontrar a otros con los que comparte afinidades, organizarse y participar, una realidad con una enorme potencialidad política. Así, las prácticas en la red han ido mas allá de la coordinación de acciones y del aprovechamiento de la flexibilidad en redes descentralizadas de activistas, dando lugar a un cuestionamiento del monopolio de la esfera pública que hasta ahora ostentaban los actores políticos y mediáticos tradicionales.

Hoy cualquiera puede participar en los asuntos públicos sin encontrarse en un mismo lugar y en un mismo momento, y los jóvenes viven esta nueva realidad con total naturalidad. El entorno digital es indisociable de las nuevas formas de participación política. Las facilita y, a la vez, influye en su construcción cultural. Así, el uso cotidiano de las herramientas digitales ha llevado a la redefinición de significados tan centrales como individualidad, la transparencia, la privacidad, la participación e incluso el espacio público, así como a la incorporación de la cultura-co (cocreación, cooperación, colaboración,…). Así, la nueva política en red y los nuevos movimientos sociales están impregnados de estos elementos pero también en otros ámbitos aparentemente opuestos, como el empresarial, están cada vez más presentes.

Los nativos digitales van a esperar (y a exigir) una mayor presencia de la perspectiva “co” y la transparencia en todos los ámbitos de su vida, también en el campo político. Se trata de nuevos elementos que se han instalado en su manera de entender el mundo. Entre las expectativas de los nativos digitales va a estar la de disponer de canales eficaces y transparentes para influir de manera colaborativa en las decisiones públicas, especialmente cuando estas afecten a sus vidas cotidianas y a sus intereses. No esperan (ni quieren) participar siempre y en todo, sino que tengan la posibilidad de hacerlo, de manera efectiva, cuando deseen. De esta manera la ciudadanía, más que un principio abstracto se convierte en capacidad de elección, en la opción permanente de poder afirmar (participación, construcción) y negar (crítica, denuncia) de manera transparente y efectiva.

Rafa Rubio es consultor de comunicación y director de DOG Comunicación. @rafarubio
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