Los políticos como problema: repercusiones electorales en España

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JORGE GALINDO

Son incontables los artículos publicados en prensa, los debates en televisiones y en bares que en los últimos meses intentan responder a una pregunta: “por qué Podemos”. Cuáles son las razones que explican el ascenso en las encuestas de esta nueva formación en tan poco tiempo dentro de un sistema de partidos que parecía tan estable.

Pero muchos sociólogos y politólogos, en realidad, llevaban tiempo preguntándose por qué tardaba tanto en surgir un fenómeno como este. Lo sorprendente para ellos desde un punto de vista teórico era la resistencia del statu quo ante presiones tan fuertes desde dos frentes: la crisis económica y el enorme desgaste institucional causado por la corrupción.

Ambos afluentes venían a alimentar la  marea de fondo del descontento público, centrada en los políticos en general y en los partidos en particular. Resultaba un tanto desconcertante que el efecto electoral no se hubiese hecho notar con anterioridad. En el siguiente gráfico se aprecia el espectacular incremento en la importancia que los ciudadanos dan a estos problemas desde que el principio de la crisis.

En una primera lectura rápida pareciere que las dos grandes escaladas de preocupación por la situación económica (entre finales de 2007 y principios de 2008, coincidiendo con el pinchazo de la burbuja) y la corrupción (entre finales de 2012 y principios de 2013, punto álgido del caso Bárcenas) han ido arrastrando de manera lenta pero constante a los dedos acusadores hacia los partidos. Sin embargo, el gráfico siguiente nos proporciona ingredientes para poner en duda una interpretación tan cortoplacista.

El empeoramiento en la valoración ciudadana de los dos principales partidos es anterior a la crisis. La tendencia ascendente tiene casi década y media de antigüedad. Así que la historia que nos lleva al resquebrajamiento de su base de votantes mediante un j’accuse colectivo expresado en eslóganes como ‘No les votes’debe ir más allá de septiembre de 2007.

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Comencemos por la marea de fondo, que viene por los cambios en la demanda (entre los votantes) y no en la oferta (entre los partidos) electoral. Recogiendo una idea desarrollada por el politólogo Pepe Fernández-Albertos y presente en trabajos como el libro Ruling the Void: The Hollowing of Western Democracy de Peter Mair, el también profesor de Ciencia Política Pablo Simón puso hace poco sobre la mesa la idea de que los partidos hoy se ven obligados a “gobernar en el vacío”, en lugar de apoyarse sobre grupos ideológicamente cohesionados, con intereses definidos, articulados, organizados alrededor de asociaciones estables (partidos, sindicatos, iglesia, plataforma empresarial) y por tanto constantes y previsibles. El ‘vacío’ es un entorno mucho menos definido, con preferencias más volátiles y con afiliaciones cambiantes.

De acuerdo con esta hipótesis, la paciencia con respecto a nuestros representantes ha disminuido y ya no estamos tan dispuestos a comprometernos con proyectos ideológicos a largo plazo. La generalización del empleo en el sector servicios frente a la industria, reconfiguración de las desigualdades sociales, incremento del nivel general de estudios y prevalencia de los medios de comunicación digital y de masas son solo algunos de los factores determinando esta evolución. La cuestión, en definitiva, es que los votantes son cada vez más críticos con los partidos dominantes, y están menos dispuestos a mantener su compromiso con los mismos durante largo tiempo. Por ejemplo, es fácil observar cómo, según el CIS, los jóvenes señalan a los partidos como problema con una frecuencia considerablemente mayor a la de sus mayores.

Este lento y generalmente aburrido desmoronamiento es común a todas las democracias occidentales, pero en España se ha visto acentuado tanto por su contexto como por la reacción de los protagonistas de esta historia. Y es que los partidos tradicionales en España se caracterizan por disponer de una estructura considerablemente cerrada en sí misma, con cúpulas que facilitan poca competencia interna.

Ante evidentes castigos por parte de los votantes suele abrirse un proceso de reconsideración del liderazgo que se estructura en torno a viejas lealtades, muchas veces fuertemente relacionadas con la posición pasada o esperada de los cuadros medios en las Administraciones públicas, dado que sus cargos dependían y dependerán del político electo de turno. No se premia el talento ni se castiga la torpeza tanto como uno podría desear. Lo malo es que esta falta de sanos mecanismos de renovación tampoco se ve compensada por una competencia externa boyante.

El nacimiento y crecimiento de nuevos partidos en España es bastante poco habitual, tanto porque las reglas del juego han dado a los actuales una capacidad asombrosamente alta para cooptar Administraciones, medios de comunicación y otros organismos (sindicatos, patronales…), como porque el sistema electoral (sobre todo su reparto de escaños por provincia) está pensado para mantener dichas barreras de entrada a cualquier cosa que no sea un auténtico tsunami. Y no llegaba… hasta que llegó.

La doble crisis ha sido, en cierta manera, el niño que ha gritado en mitad de la multitud que el emperador está desnudo. Por un lado, la casi absoluta falta de castigo ante la incompetencia en los partidos tradicionales se ha hecho, de tan evidente, casi sangrante. El votante, quien además ya ni siquiera cuenta con los pasados beneficios asociados con la corrupción urbanística, observa atónito cómo estos grupos eran, hasta hace bien poco, incapaces de echar a imputados, ni de poner en entredicho a las viejas cúpulas tras fracasos electorales.

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Por otro lado, la pobre gestión que tanto el PP como el PSOE han hecho de su relación con Bruselas ha convencido a muchos ciudadanos de que no hay apenas diferencias entre las medidas que ambos pueden tomar: disfrazar de imposiciones algunas medidas necesarias y mostrándose incapaces de formar una coalición explícita para poner límites a la austeridad e incrementar la integración fiscal europea era tan buena idea a corto plazo como nefasta a largo. Los ciudadanos, operando en ese “vacío” en el que ya no están dispuestos a sacrificar su voto inmediato por una fidelidad que dará réditos en el futuro, han acabado por concluir que era necesario introducir competencia de alguna manera.

En términos técnicos, hemos pasado de una situación de volatilidad de voto dentro del equilibrio entre los principales partidos (recordemos las abrumadoras victorias del PP en 2011), a otra en la que esta volatilidad se está moviendo decididamente afuera, amenazando el statu quo como no pasaba desde principios de los ochenta. El canal de este ataque es la responsabilización de “los partidos” y de “los políticos” de la situación actual, sí. Pero esta no es ni caprichosa, ni ocasional. Viene de antes de la crisis, ha crecido con ella, y cuando ésta nos va abandonando poco a poco aún sigue entre nosotros, si cabe con más fuerza. Y ahora la búsqueda de cambio tiene a alguien que le recibe con los brazos abiertos para transformarlo en un vuelco en el sistema de partidos.

Por descontado, es muy pronto para establecer conclusiones en firme. Necesitamos al menos dos ciclos electorales, a mi entender y al de otros que saben muchísimo más que yo, para confirmar el alcance del cambio. Lo que parece claro por el momento es que, tres años después, nos movemos hacia aquel escenario de inestabilidad que tan bien parecían prever esos miles de gargantas que gritaban de plaza en la primavera de 2011: “que no, que no, que no nos representan”.

Jorge Galindo es  investigador en el Departamento de Sociología de la Universidad de Ginebra. Escribe en Politikon
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