Los Republicanos a un año de las elecciones

MITT

ROGER SENSERRICH

En el 2012 el partido acudía a las elecciones presidenciales aturdido tras unas primarias que se hicieron eternas. Mitt Romney, un republicano moderado de Massachusetts, se enfrentó a casi una decena de candidatos que iban desde lo irritante hasta lo estrafalario. Era el candidato preferido de las élites del partido, pero a pesar de tener el dinero, los contactos y el apoyo del establishment, todo ese arsenal no pudo evitar que la campaña hasta la nominación fuera una larga guerra de desgaste. Tras una docena larga de debates y las posiciones a menudo extremas de sus oponentes, Romney se vio forzado a tomar posiciones impopulares con el electorado, especialmente sobre inmigración, gastando ingentes cantidades de dinero antes de acabar imponiéndose.

Los republicanos creían haber aprendido una lección: este año iba a ser distinto. Los líderes del partido, los hombres que desde los despachos deciden las reglas del juego, se apresuraron a cambiarlas para evitar otras primarias donde los locos del partido monopolizaban el micrófono durante meses. Lo hicieron reduciendo el número de debates presidenciales, intentando limitar la publicidad gratuita a los candidatos más extremistas, comprimiendo el calendario electoral, dando menos tiempo a candidatos insurgentes para darse a conocer, y reclutando un número considerable de políticos moderados viables para evitar que la primaria fuera una guerra de todos contra el favorito nuevamente.

Eran reformas pequeñas, pero significativas, basadas en la idea que las reglas de los comicios del 2012 habían abierto demasiadas puertas en el proceso de nominación. El problema es que esa idea era errónea. Aun año de las elecciones, las bases del partido republicano parecen seguir una consigna muy clara cuando alguien les pregunta sobre sus preferencias en los sondeos: los políticos profesionales no son bienvenidos en absoluto. Durante los últimos meses, los candidatos mejor valorados son un neurocirujano jubilado con voz pausada (Carson), la exconsejera delegada de una multinacional de Silicon Valley (Fiorina) y un ruidoso magnate inmobiliario de Nueva York (Trump). Ninguno de los tres tiene la más mínima experiencia en cargos electos a cualquier nivel de gobierno; todos ellos insisten que esa es su principal virtud como candidatos y el motivo por el que los votantes deben confiar en ellos. La realidad es que el problema de las primarias del 2012 no fue una normativa electoral que favorecía a según qué candidatos estrafalarios (Bachmann, Cain, Santorum…) sino una primera señal del cisma cada vez más claro entre las élites del partido republicano y sus bases.

Durante más de tres décadas, el establishment conservador americano ha tolerado y explotado una vieja corriente populista sureña basada en el resentimiento. La retórica del agravio, de un gobierno que sólo ayuda a “esa gente” (habitualmente minorías), de élites de Nueva York y Los Ángeles que intentan dictar al país sus valores libertinos y antiamericanos. Es el discurso de la “minoría silenciosa” de Nixon, de un pueblo conservador, amante del orden, bueno y decente opuesto a los intelectuales de las dos costas que prefieren lo políticamente correcto y el tolerar las malas costumbres al sentido común.

Durante años, esta corriente antiintelectual, populista y reaccionaria había sido cortejada por el partido republicano, pero siempre mantenida bajo control. En los días anteriores a donaciones ilimitadas, comunicación directa por internet y costes de organización y movilización bajos, el establishment podía controlar la entrada a las primarias de forma efectiva cortando el grifo de las donaciones. Un candidato no podía llegar lejos sin acceso a las redes de donantes del partido, sus élites y operativos, y esas mismas élites eran capaces de excluir a políticos demasiado extremistas antes de que hicieran daño. T odo esto cambió en el 2004, durante la campaña de reelección de Bush. Los republicanos, concentrados como estaban en apoyar al presidente, no vieron lo que se les venía encima. Los demócratas vieron el primer conato de candidato populista salido de internet y las bases en la campaña de Howard Dean. El partido no tuvo tiempo de modernizarse, pero tuvo suerte en el 2008: el candidato insurgente de las bases que derrotó al establishment resultó ser un moderado. En el lado republicano, la crisis económica hizo que dieran la elección por perdida, y se tomaron la popularidad de Sarah Palin con sus bases como una curiosidad. Lo que el GOP sufrió el 2012 fue la combinación de la pérdida de control relativo de las élites sobre el proceso de cómo un candidato se organiza y financia en unas primarias junto con la furia poco contenida de las bases más reaccionarias. Hace tres años, el control del partido de las organizaciones estatales y el acceso a gran parte del dinero, junto con la (habitual) fragmentación del voto más conservador, aún fueron un dique lo suficiente sólido para darle la victoria a Romney. En el 2015, esto ha cambiado: el candidato que se ha convertido en el estandarte de la política del resentimiento es lo suficientemente famoso como para no necesitar una organización territorial potente, y es lo suficientemente rico como para no necesitar al partido para donaciones. Donald Trump no ha hecho más que concentrar el voto del 25-35% del movimiento conservador americano que “no es racista, pero…” (esto es, es racista) y plantarse en cabeza en las encuestas, seguido de otros dos populistas antiestablishment (Fiorina y Carson). Al otro lado, los moderados del partido dividen sus esfuerzos entre cuatro o cinco candidatos, incapaces de ofrecer una alternativa coherente. El resultado son unas primarias donde las tres personas menos cualificadas para la presidencia tienen más de la mitad del apoyo en los sondeos, mientras políticos presuntamente experimentados tienen problemas para llegar a un 10% de apoyo. Mientras tanto, en el partido demócrata, un movimiento populista parecido se está enfrentando también a las élites del partido, pero sin posibilidad de victoria. Aunque Bernie Sanders tiene un apoyo considerable en el ala izquierda del partido, el establishment está representado en una candidata única e incontestable, Hillary Clinton, concentrando el voto moderado.

Incluso con división, Sanders tendría un trabajo difícil, casi imposible para conseguir la nominación. Mientras que los republicanos llevan décadas flirteando con los sectores más radicales del movimiento conservador, los demócratas llevan más de veinte años intentando minimizar, cuando no excluir, a la izquierda radical del partido. Sanders es, en gran medida, un político de una era pasada, que ha sobrevivido en esa encantadora isla de causas perdidas que es Vermont. La vieja costumbre de los demócratas de decepcionar a la izquierda, sin embargo, parece que de momento ha bastado para evitar la emergencia de una alternativa viable. Al menos por ahora. Lo que es indudable es que la política americana ha cambiado: los republicanos están sufriendo el auge de un nuevo viejo populismo reaccionario, mientras que los demócratas probablemente viven las últimas primarias donde el establishment va a poder reinar. Vamos a tener unas primarias fascinantes.

Roger Senserrich es Politólogo. Trabaja como coordinador de programas y lobista en CAHS. Escribe en @Politikon_es y otros medios. @egocrata
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