Neuropolítica y Big Data

 

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RUBÉN SÁNCHEZ Y ROBERTO LOSADA

Predecir el pasado, empeño de un ejército de politólogos que intentan, de este modo, encontrar algún sentido al fallido arbitrio que algunos llaman comportamiento político. Una tarea nada sencilla en la que, sin embargo, se ha alcanzado resultados significativos en la estimación del resultado futuro. Principalmente, por la mejora de unas técnicas demoscópicas que permiten adivinar en el horizonte la Magic Town imaginada por Gallup.

La emancipación de los electores, un logro renacentista que (al menos en parte) los liberó de los planteamientos clásicos que circunscribían su comportamiento a su pertenencia a un grupo o la identificación ideológica… Un universo lleno de autómatas en el que solo el voto racional (además de otros factores como la caída de la identificación partidista, la irrupción del consumismo político, etc.), y pese a la fuerte presencia del marketing en todo lo que tiene que ver con la política, permitió situar al ciudadano como el centro político sobre el que todo gravita. Pero… ¿si los electores no fuesen realmente libres? ¿Si fuera tan fácil condicionar su comportamiento como cruzar adecuadamente una serie de variables en una gran base de datos? ¿Si su posición política quedará determinada en la semana de gestación en la que el feto comienza a desarrollar su cerebro? Sin duda, una de las grandes aportaciones que la neurociencia y las aplicaciones del big data pueden ofrecer a la ciencia política, si es que permiten su supervivencia, además de su empleo para explicar o estimar el comportamiento, sino su capacidad para producirlo.

La desregulación del mercado político (que viene precedido de la desregulación del mercado que impulsó la globalización) ha permitido la emergencia de una ciudadanía permanente (ver Beerderberg 2) cuya actividad pública, también privada, deja un rastro de datos que permite, con una adecuado tratamiento, una perfecta radiografía de su comportamiento. Una proliferación de datos que aumenta exponencialmente y que exige, para que sean realmente útiles, su adecuada estructuración. Sin duda, primer gran desafío de estas nuevas dinámicas, pues solo una mínima parte de los datos generados en ese ovillo llamado big data está estructurado, es decir, son ciertamente útiles. Un volumen de información difícilmente manejable y que exige, para su correcta aplicación, un viaje al small data.

En realidad, el detalle que se puede alcanzar en el conocimiento del ciudadano no resulta en sí mismo novedoso, ya existían una gran cantidad de datos, pero sí lo es la capacidad para gestionarlos. Microsegmentación que dibuja retratos con toda precisión y algoritmos capaces de determinar patrones relevantes (o no) que aceptamos (o descartamos), anticipando el comportamiento de la ciudadanía y su respuesta ante determinados estímulos (con la posibilidad de hacer pruebas y verificar su efectividad, como ya hicieron Harper Reed, Dylan Richard y Mark Trammell durante la campaña Obama 2012).

Aún en fase experimental o temprana, y con más promesas que logros, estas nuevas dinámicas que introducen estas herramientas, nos permiten alejar más allá de la vista de los ciudadanos los barrotes de la jaula en la que gozan de su nueva libertad. Un escenario más propio de un mal sueño de los minority report de Philip K. Dick que de una plaza llena de gente proclamando el nacimiento de un nuevo régimen y la originalidad de su metodología. Resistencia constante que se produce, consciente e inconscientemente, y que lucha por la autonomía de la ciudadanía, de su comportamiento, aunque este sea tan predecible como la marca de su teléfono, sus gafas de sol, zona de copas, destino de vacaciones o gasto mensual en libros de autores extranjeros. Un acierto más del infalible Astrámpsico (ver Beerderberg 3) que, sin embargo, no termina de dar con el pleno al quince.

Mucho más inquietante, sin duda, es observar cómo se dilata la pupila cuando el individuo ve algo que le gusta. Una reacción involuntaria e inherente con la que Anthony Burgess torturaría durante horas a sus víctimas favoritas. Un escalofrío recorre todo el cuerpo, es la reacción involuntaria que provoca la (relativamente) novedosa aportación de los científicos a la conquista del espacio político: el fabuloso, sensacional, único, incomparable… neuromarketing!

Hoy la neurología nos ha mostrado con claridad hasta qué punto influye el cuerpo en nuestra forma de pensar y de entender la realidad (piénsese en las esclarecedoras obras de A. Damasio). El cuerpo, no sólo los sentidos, condiciona la forma en que pensamos. Esto es un jarro de agua fría para quienes consideran que es la razón un poder que permite al hombre elevarse por encima de su condición humana. Tal cosa no es posible. Y no se trata sólo del cerebro, sino del cuerpo en su totalidad. Nuestra mente no está confinada al espacio que ocupa nuestro cerebro; parece que el cuerpo entero forma parte de ella.

Y si el cuerpo es parte integrante de la mente, con razón hay quien afirma que lo son también ciertas cosas ajenas a éste. La idea de la mente extendida podría considerar como parte de nuestra mente el teléfono móvil, sin el cual no podemos desarrollar ciertas tareas intelectuales, como no podríamos hacer otras sin brazos o sin una parte de nuestra masa encefálica. Por supuesto la idea no es aceptada de manera pacífica, aunque resulte cada vez más difícil ponerla en cuestión. El hecho, no poco sorprendente, de que gracias a la gran cantidad de datos que pueden recopilarse sobre cada uno de nosotros, sea posible descubrir nuestros gustos, apetencias, aficiones y, lo que es más importante, estimar nuestro comportamiento futuro (ya se emplean algoritmos que indican quiénes van a cometer un delito) , tiene un corolario que resulta algo más inquietante: manipulando la realidad que nos rodea pueden conseguirse respuestas determinadas. Si esa manipulación tiene por objeto mejorar nuestra vida, difícilmente podría objetarse nada (o tal vez sí, si empezamos a pensar en qué se concreta eso de mejorar), pero si el objetivo es que compremos un producto o votemos a determinado candidato, los problemas éticos aparecen de manera inmediata.

Hace ya unos años, un estudio neurológico mostraba que la diferencia entre liberales y conservadores se debe a diferencias existentes en el cuerpo cingulado anterior del cerebro, de tal modo que una determinada forma del mismo es la causa que hace que seamos unos u otros. Puesto que se trata de una parte antigua del cerebro, es decir, que no se altera con el aprendizaje, parece que, en definitiva, se nace conservador o liberal.

Gracias a este tipo de conocimientos y al uso del big data podría llegar a saberse con precisión qué decirle a alguien que es liberal para que actúe de manera determinada, sin que, y aquí viene lo importante, tenga capacidad para actuar de manera distinta, o al menos no muy diferente. El neuromarketing aprovecha este conocimiento: si se descubre que los que poseen un cerebro liberal, por ejemplo, prefieren los colores fríos, basta etiquetar un producto en azul para vencer su posible resistencia a comprarlo. A cada persona se le puede enviar un mensaje personalizado frente al que su capacidad de resistencia puede llegar a ser casi nula, cuando existe.

Muchos se sentirán alarmados ante lo que sobre nosotros mismos vamos a descubrir con el tiempo. No serán los menos aquéllos que se han esforzado en eliminar de la ecuación política la naturaleza humana. Los empeñados en que tal cosa no existe, quienes defienden un relativismo absoluto y un pensamiento ideologizado destruyendo un concepto prepolítico que hace posible el avance del razonamiento, olvidan que, como afirmaba Jouvenel, lo natural constituye un dato para nosotros, y que la naturaleza humana es una constante. Neurociencia, big data, neuromarketing, etc., muestran justo esto mismo: hay una naturaleza humana con la que es preciso contar, a despecho de las bioideologías actuales, y que ignorarlo puede tener, como está ocurriendo ya, nefastas consecuencias, entre las que una de las más graves es, sin duda, la pérdida de realidad, muy visible en el pensamiento pero más aún en la acción política. Quien parta de la idea de ausencia de esa naturaleza no sabrá ver en las modernas técnicas más que un pavoroso instrumento con el que se pretende modificar al ser humano o, peor aún, el lecho de Procusto en el que acostarnos a todos. Y no es de extrañar, porque viene ya de lejos el esfuerzo por encajar al ser humano en la horma que cada cual considera conveniente, en el modelo intelectual que se haya inventado y que se tenga más a mano para justificar su pensamiento siempre ideologizado y, como se ha dicho, sin contacto alguno con la realidad; una especie de econometría que, por lo que a la ciencia política se refiere, no es sino reflejo del nihilismo imperante y nada dice y a nada conduce.

Sí, tener en cuenta la naturaleza humana permite emprender la política correcta y, por lo que a las estrategias que han de emplear los políticos se refiere, conduce a la más exitosa. En realidad porque al mostrar que existe esa condición humana, en último término insondable y misteriosa, le recuerdan al político que el hontanar de esa especie de superpoderes que parecen otorgarle los nuevos algoritmos, y que no exigen que el candidato se calce unas mallas ni intente volar al ritmo de una pegadiza melodía de Williams, no se encuentra en ellos mismos, sino en saber usarlos con prudencia, la virtud más importante del gobernante. Pura ciencia.

Rubén Sánchez y Roberto Losada son profesores de ciencia y teoría política en la Universidad Carlos III de Madrid. @RSMedero y @RobertoLM
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