¿Nueva política para una nueva época?

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JOAN SUBIRATS

Hace años que se viene hablando de “nueva política” y, al mismo tiempo, se relaciona tal “novedad” con la profunda transformación productiva, económica y social que se viene produciendo a caballo de la globalización y del cambio tecnológico. Parece pues oportuno detenerse en tratar de relacionar ambos supuestos. Nos referiremos primero a los elementos de contexto que nos permiten hablar de cambio de época, para después adentrarnos en los cambios que se han ido produciendo en el escenario político, tanto desde el punto de vista de los actores, como desde el punto de vista de la agenda o de los formatos de relación instituciones-sociedad.

Una fase de interregno

Son muchos los que en estos momentos de confusión e incertidumbre aluden a una frase de Gramsci: “Lo nuevo no termina de nacer, lo viejo no termina de morir… y en ese claroscuro surgen los monstruos”. La frase no es exactamente así, pero el sentido sí que casa bien con lo que Baumann califica de interregno. Un término que el Diccionario María Moliner define como “espacio de tiempo en el que un reino está sin soberano”. En definitiva, se alude a cambios estructurales en los que si bien perviven los formatos tradicionales de acción e institucionalización política, se es consciente de su difícil perdurabilidad.

Mientras, van emergiendo nuevas dinámicas, nuevas preguntas que obligan a explorar respuestas distintas a las tradicionalmente empleadas. Hablaremos aquí de política, pero usando un esquema parecido, podríamos referirnos a temas como los medios de información, los sistemas educativos, los procesos de producción y distribución de mercancías o las formas de encarar los retos de la salud, el cuidado o la reproducción. Vivimos en un cambio de época, de alcance y escala similar a la que sacudió el mundo tras la irrupción de la máquina de vapor, la imprenta, el tren o, más tarde, el sistema fordista de producción de masas, el avión o la televisión. En esos escenarios, como recordaremos fácilmente, el sistema sociopolítico padeció notables sacudidas, muchas de ellas con dramáticos efectos en la vida de los ciudadanos afectados.

Si aceptamos este diagnóstico, el corolario es entonces evitar caer en el coyunturalismo de la “crisis”. No es una fase episódica, un momento a superar, para después volver a recuperar nuestras tradicionales formas de pensar, organizarnos y actuar. Internet y la revolución digital no permite subsistir a intermediaciones que no tengan un valor claro por sí mismas, ya que fácilmente la red permitirá que surjan nuevos proveedores que de manera más ágil y eficiente eviten pasar por los canales considerados antes como inevitables. Aceptar la mirada de cambio estructural obliga a repensar de arriba a abajo las preguntas de partida de cada organización, reexaminar definiciones de problema y aceptar que el cambio tecnológico no acaba sólo en la incorporación instrumental de las nuevas herramientas, sino que obliga a repensarse en ese nuevo mundo.

Las dificultades de adaptación de la política institucional

Las instituciones públicas, las políticas y las administraciones siguen en buena parte ancladas en las coordenadas clásicas del estado-nación: territorio, población, soberanía. Unos vínculos territoriales y de población que fijan la jerarquía del estado, sus competencias y el marco regulatorio. Coordenadas que hoy resultan muy estrechas para abordar lo que acontece. Al mismo tiempo, las relaciones que se establecieron en buena parte de Europa occidental tras la segunda gran guerra, establecieron un equilibrio entre la economía de libre mercado y las políticas sociales de redistribución, desde bases fiscales propias del Estado-nación. Y, por tanto, poco preparadas para asumir los efectos de la mundialización económica y el mercado financiero global, que permite dinámicas significativas de elusión y evasión fiscal.

Las políticas de austeridad adoptadas por la gran mayoría de los gobiernos europeos han multiplicado los efectos de la recesión, incrementando las desigualdades sociales. Con ello ha aumentado exponencialmente la percepción de la ciudadanía sobre la incapacidad de la política institucionalizada (de los gobiernos) para dar respuesta a sus problemas cotidianos. En otras palabras, la crisis de funcionalidad de la política institucionalizada ha aumentado hasta tal punto que, hoy en día, muchos ciudadanos temen por su bienestar y perciben a “los políticos” como parte del problema y no como parte de la solución. La falta de transparencia en la gestión de la crisis y en muchos de los procesos que la originaron, la proximidad entre intereses políticos e intereses del sector financiero y la aparición de múltiples casos de corrupción han contribuido, sin duda alguna, a que se hable no sólo de una crisis económico-financiera, sino también de una crisis del propio sistema democrático. Lo que sin duda facilita la idea de que son necesarios “nuevos actores” que hagan “nueva política”, ante el gran vacío dejado por los que tradicionalmente han estado ahí.

Los ingredientes de la “nueva política”

En política se acostumbra a usar la idea de ejes o dualidades, a partir de los cuales se sitúan las distintas opciones políticas de los ciudadanos. Por ejemplo, derecha-izquierda, o en ciertos casos (Cataluña, País Vasco…) el eje más soberanismo-menos soberanismo. La duda es si podemos hablar de un nuevo eje, que confrontaría vieja y nueva política. En efecto, a partir del 15M se comenzó a hablar de “nueva política” para diferenciar ciertas opciones calificadas de más tradicionales, convencionales o “viejas”, de otras más innovadoras, poco convencionales o “nuevas”. Así, a los partidos que han sido protagonistas del escenario político institucional de manera continuada desde la Transición se les ha ubicado en las posiciones más tradicionales, mientras que en dosis diferentes, a los partidos como Ciudadanos, Podemos, las CUP o los surgidos en el entorno de las elecciones municipales del 24M (En Común, Mareas…), se les ha situado más bien en el espacio de la “nueva política”. A ello ha contribuido también el notable sesgo por edades que los estudios de opinión muestran entre los votantes de los partidos que hemos calificado de tradicionales (personas de mayor edad) versus los votantes de las opciones emergentes o “nuevas” (donde predominan las personas de menos de 50 años). En esa línea, el uso de las redes sociales y de Internet aparece como más natural e integrado en el funcionamiento de las organizaciones nuevas, mientras que resulta más periférico y más en manos de profesionales en las organizaciones políticas de siempre.

 El cambio en las agendas políticas ha sido y todavía es un factor de diferenciación. La crisis económica y la aceptación de las exigencias de la Unión Europea en la aplicación de fuertes políticas de austeridad, con los recortes que supusieron en servicios públicos y en transferencias sociales, conllevaron una creciente insatisfacción con el sistema político en general y con las fuerzas políticas que eran vistas como más corresponsables con esas decisiones (PP, PSOE, CiU…). Todo ello envuelto, además, en constantes escándalos de corrupción que iban salpicando a las formaciones políticas más importantes, tanto de la derecha como de la izquierda. De todo esto surge una agenda política más amplia, más distribuida, si lo podemos decir así. Destacaría en este sentido la desigualdad, la vivienda o el código ético necesario para dedicarse a los asuntos públicos. Lo que vemos es pues la explosión de la nueva cuestión social en esta fase de post fordismo tecnológico.

A estas nuevas expresiones políticas se les acusa muchas veces de “populismo”. Hace poco, el profesor de ciencia política de la Universidad de Chicago, John McCormick, manifestaba que “Durkheim dijo una vez que el socialismo era el grito de dolor de la sociedad moderna. El populismo es el grito de dolor de las actuales democracias representativas”. La combinación de crisis económica y la gran alteración estructural de muchos puntos de anclaje de la gente (trabajo estable, familia sólida, ciclos de vida previsibles, garantías de mínimos vitales…), junto con la evidencia que ha habido unos pocos que se han aprovechado de manera descarada de este escenario, han generado una reacción simple pero sólida: que paguen más los que más tienen, que los poderes públicos aseguren el sustento básico, que se ponga freno a la desigualdad galopante y que se sea mucho más duro con un capitalismo financiero que no parece tener freno y que corrompe todo lo que toca.

Hemos de referirnos asimismo a los cambios en los formatos de acción. En este sentido, las nuevas formaciones que hoy centran nuestro interés han incorporado al “repertorio” de acción colectiva tradicional formas nuevas que, al ser aprendidas, experimentadas, vividas y asimiladas, han acabado por integrarse en la nueva cultura política. Y así han ido generando sus propios contenidos, propiciando su propia agenda comunicativa, utilizando de manera intensiva y profesional las capacidades y potencialidades de las redes sociales y la democratización de los instrumentos de difusión. Han utilizado de manera complementaria redes, prensa y televisión, pensando siempre en cómo multiplicar los impactos de un medio a otro. Su hibridismo y su heterodoxia les han permitido llegar a grupos y personas muy diferentes, sin dejar de usar la red en todas sus variantes. De esta manera, se ha ido consiguiendo generar un discurso alternativo al dominante, que tiende a considerar como inevitable o imposible de modificar la realidad existente.

Lo normal fue y sigue siendo considerar que este tipo de movilizaciones son muy arriesgadas, que sirven para muy poco o que acaban provocando efectos contrarios a los que se buscaban. Es lo que A. O. Hirschman denominó como “retórica de la intransigencia” [1]. En efecto, la retórica de la intransigencia apela a tres temas fundamentales: el riesgo, la futilidad y los efectos perversos. El riesgo supone imaginar que cada vez que intentamos cambiar algo se corre el riesgo de perder lo que ya se tiene, y que, por tanto, la inactividad es la postura más prudente. La futilidad expresa que no existen oportunidades de cambio, y desde esta óptica cualquier tipo de acción no es sino una pérdida de tiempo y recursos. Y los efectos perversos están relacionados con la idea de que cualquier tipo de actuación pensada para el cambio no hará sino empeorar las cosas. Ante esta “retórica de la intransigencia” se ha conseguido levantar una “retórica de la movilización”, que se ha materializado en el “sí se puede”.

No podemos dejar de mencionar otra característica significativa de eso que se llama “nueva política”. En efecto, algunas de estas nuevas formaciones políticas suelen entender la democracia más allá de su concepción estrictamente electoral e institucional. Se defiende una visión más expandida de democracia, que incorpore, por ejemplo, procesos de autogobierno y tutela legítima sobre el poder, exigencias de bienestar y justicia social o instituciones transparentes de garantía y control. Y, de alguna manera, se alude a valores compartidos y prácticas directas de gestión de lo común, a procesos de deliberación permanentes en todas las escalas de gobierno e instrumentos para rediseñar normas que se adapten a nuevos procesos sociales. Todo ello con un uso más directo de las potencialidades de Internet. Se quiere corregir, compensar y modificar así la separación tradicional entre gobernantes y gobernados que está en la base de la democracia representativa. Esa reapropiación de la política implica superar la visión estrictamente electoral-institucional y poner en marcha mecanismos de control y de orientación al poder que vayan más allá de la mera transmisión de mandato o delegación. Una democracia entendida como forma de vida.

Como ya hemos ido diciendo, para las organizaciones políticas y los movimientos sociales nacidos en los últimos años, las redes sociales son espacios tanto de comunicación externa como de comunicación interna y cumplen asimismo funciones organizativas. No es, pues, extraño que redes como Facebook se usen con funciones internas y que servicios de mensajería instantánea como Whatsapp o Telegram, estén permitiendo formas de comunicación instantáneas y extremadamente ágiles. Estos dos servicios son utilizados en tareas de coordinación interna de ciertas organizaciones, especialmente en lo relativo a grupos de trabajo concretos, como pueden ser los de comunicación. Telegram es usado sobre todo por organizaciones políticas no convencionales que contemplan la importancia tanto de las licencias abiertas como de la encriptación, ya que está programado con código abierto y en su diseño se le dio especial importancia al hecho de garantizar la privacidad de los mensajes. A su vez Whatsapp y Telegram, como se ha comentado, son utilizados también como herramientas de comunicación externa y de difusión, ya que mediante la opción de compartir o copiar un mensaje se puede distribuir una misma información a distintos grupos de forma muy rápida. Esto permite la difusión masiva de ciertos mensajes, como pueden ser convocatorias de acciones o acontecimientos, aunque a través de relaciones de afinidad más fuerte que las redes sociales más utilizadas, como Twitter y Facebook, idóneas para difundir información. El uso de estas herramientas, especialmente las vinculadas a aplicaciones móviles, implica también una migración en las organizaciones del uso del ordenador al uso de dispositivos móviles y emisiones de vídeo en tiempo real. Comunicación y organización se entremezclan, y su distinción pierde relevancia. Las prácticas de comunicación redefinen constantemente el acontecimiento y lo canalizan.

En algunos estudios recientes [2], se comprueba que no hay un proceso lineal entre fase online y fase offline, ni tampoco una lógica evolutiva que traslade “lo que ocurre en la red” a esferas políticas de decisión. Los casos analizados muestran una realidad donde la capa digital y la analógica se entremezclan, se encuentran imbricadas, formando parte de procesos de organización y decisión dinámicos y colectivos. No se trata de un grupo de personas que espontáneamente lanzan una campaña online, sino de organizaciones con saberes prácticos acumulados y con un capital social flotante que se activa en momentos y territorios concretos. Son esas redes de sociabilidad previamente constituidas las que permiten nuevas fases de movilización, que a su vez dan paso a diferentes ciclos que se van alimentando unos con otros. En definitiva, no es que se pueda hablar de esferas de participación diferentes, una analógica y otra digital, sino que lo que tenemos es un ecosistema interrelacionado cuyas fronteras son borrosas y cambiantes.

¿“Nueva política”?

Volvamos a nuestra pregunta original. ¿Cuál es la diferencia entre la “nueva política” que parece emerger por la renovación etaria y el cambio tecnológico y la política que ha dominado la escena institucional en estos últimos treinta años? Los distintos componentes del análisis que aquí hemos ido desgranando no pueden pretender responder de forma completa y exhaustiva a una pregunta que tiene múltiples matices y diversas manifestaciones. Pero lo cierto es que los nuevos partidos y movimientos ciudadanos que nos han servido para hablar de “nueva política” han buscado y buscan alterar la política institucional que se había ido practicando en España desde el final del franquismo. No era fácil imaginar hace sólo dos años que tendríamos más de setenta diputados a la izquierda del PSOE, o que surgiría una fuerza liberal-modernizadora que disputaría el espacio de renovación del PP. Y para hacerlo han sido claves un conjunto de utillajes (modelos organizativos más horizontales, procesos de deliberación y de toma de decisiones distribuidos, elección abierta y transparente de representantes, incremento de la calidad de la democracia interna, códigos éticos que garanticen el control sobre el poder delegado, etc.) que tienen mucho que ver con el cambio de sociedad que acompaña a la gran transformación tecnológica que representa Internet. El resultado podría ser el tránsito, aún en ciernes, desde una democracia de la que se habían apropiado partidos e instituciones a una democracia más distribuida y que permita una apropiación más directa desde la misma ciudadanía.

Referencias
Joan Subirats  es catedrático en Ciencia Política, especialista en temas de gobernanza, gestión pública y en el análisis de políticas públicas. Es Doctor en Ciencias Económicas y fue director del Instituto Universitario de Gobierno y Políticas Públicas de la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente es investigador del IGOP (@subirats9).

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