Donald Trump y las elecciones: outsiders y amateurs en campaña

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ANTONIO GARRIDO

Los outsiders son candidatos con estilos y discursos antipartidistas que aspiran a la presidencia y que participan en las elecciones sin el apoyo de un importante partido nacional o que han desarrollado sus carreras políticas fuera de los tradicionales canales partidarios. Los ejemplos de Fujimori en Perú, Collor de Melo en Brasil (“un presidente televisivo que flota sobre un congreso de partidos volátiles”, por recoger la expresión de Sartori), Chávez y Caldera en Venezuela, Ollanta Humala en Perú, Lucio Gutiérrez o Correa en Ecuador, Bordón en Argentina, Max Fernández en Bolivia, Aristide en Haití, Noemi Sanín en Colombia, Ross Perot en Estados Unidos, Chung Ju Yung en Corea, Estrada en Filipinas, Ravalomanana en Madagascar, Lebed en Rusia, e, incluso, el desconocido Tyminski en Polonia –que obligó a ir a la segunda vuelta de las presidenciales a Lech Walesa en 1991–, son elocuentes.

Sin embargo, el concepto de outsider se ha definido de maneras extremadamente vagas, permitiendo lo que Giovanni Sartori denominaría un cierto “conceptual stretching”, una supraextensión, estiramiento o alargamiento del concepto, que abarca casos demasiado diferentes para considerarlo una categoría analítica útil. Para evitar este problema en política comparada se utilizan definiciones analíticas multidimensionales, con el objeto de diferenciar internamente categorías muy amplias como ésta. En este caso, podría establecerse un acuerdo entre los expertos en tres dimensiones o aspectos de los candidatos outsiders (Carreras, 2014; Hoyo, 2010):

1. Su discurso o retórica antipartidista y especialmente agresiva contra la clase política tradicional o establecida.

2.  Su intento de conquistar o alcanzar el poder bien a través de un partido o formación nueva o bien como candidato independiente.

3. Su inexperiencia en la política y en el gobierno o en la administración pública, al carecer de una carrera partidista o administrativa previa.

Tabla 1. Tipología de candidatos presidenciales.tabla1La singularidad o especificidad de Donald Trump entre los candidatos no profesionales o amateurs es que comparte con los outsiders su característico discurso antipartidista y profundamente populista de ataque a una supuesta “élite dirigente”, “clase política” o “casta” corrupta por oposición al “pueblo” o a la “gente” decente, cuya representación éstos se atribuyen o arrogan. Un tipo de discurso, sin duda, de dicotomías como “pueblo-oligarquía” o “ciudadanía-casta”, que es más definitorio de los outsiders pero que es más frecuente también encontrar en los disidentes (o mavericks) que en los candidatos amateurs, que al integrarse en formaciones y plataformas políticas tradicionales o convencionales tienden a primar una retórica más acomodaticia con el sistema político, como en los casos de Eisenhower en Estados Unidos o de Baltasar Garzón, Manuel Pizarro o Ángel Gabilondo. Sobre este aspecto y sobre el populismo se ha escrito y debatido mucho, recientemente, en los medios de comunicación y en las publicaciones académicas y la bibliografía comienza a ser demasiado extensa.

Asimismo, determinados expertos han subrayado la importancia de la segunda condición: su no pertenencia a partidos políticos tradicionales o establecidos y su carácter de independientes o de líderes de nuevas formaciones o movimientos. Otros han subrayado la falta de experiencia electoral de estos candidatos o la carencia de una carrera política o administrativa previa como un elemento característico de esta clase de candidatos.

Tabla 2. Casos y ejemplos de candidatos presidenciales y otros políticos.tabla2

¿Por qué gana, precisamente, Trump las elecciones presidenciales? La primera respuesta a este interrogante es, precisamente, el aspecto central de este artículo: porque, contrariamente a lo que se ha publicado con gran profusion, Trump no es un outsider. Como outsider, al estilo de Ross Perot, Fujimori, Berlusconi, Ruiz Mateos o Mario Conde, sus opciones hubieran sido muy reducidas o mermadas. También como un candidato maverick hubiera sido muy difícil su triunfo, como entendió perfectamente el exalcalde de Nueva York, Bloomberg, cuando consideró, y descartó finalmente, presentarse a la presidencia. En cambio, como amateur dentro de un partido establecido, el Partido Republicano, su turno de alternancia le permitía abrigar algunas posibilidades de éxito, ya que los norteamericanos después de ocho años de presidencias de un partido tienden a otorgar su confianza al partido que ha estado ocho años en la oposición, con muy pocas excepciones.

Por supuesto, otros elementos han sido apuntados como base de este auge populista neoconservador en Estados Unidos. Caben destacar especialmente el papel de la creciente polarización partidista entre republicanos y demócratas y el “backlash” cutural de los sectores sociales menos educados y de la población blanca, envejecida, del mundo rural más deprimido y su reacción al auge con Obama de valores progresistas, cosmopolitas y multiculturales, con la inmigración, como un eje central del discurso xenófobo (Abramowitz, 2015; Frank, 2004; Inglehart y Norris, 2016; Jacobson, 2016). No olvidemos que el factor Obama también es muy importante. Como ha subrayado su estratega principal durante sus dos elecciones a la presidencia, David Axelrod, en estas campañas “el político más influyente no está en las papeletas” porque “la opinión púbica y las actitudes de quién debería ser el siguiente en ocupar el Despacho Oval están conformadas por las percepciones del presidente en retirada. Y raramente los votantes buscan una réplica.” (Axelrod, 2015: 194-195). Más bien, concluye, suelen escoger a un candidato con un planteamiento y un estilo de liderazgo diametralmente opuesto a su predecesor: Clinton sucedió a Bush; Obama sucedió a Bush, etc. En todos los casos, los ciudadanos no sólo eligen la alternancia sino también un líder completamente distinto. Trump era ese líder, Hillary Clinton sólo era una réplica de Obama.

Por último, para finalizar, quisiera subrayar brevemente otros factores menos analizados, y más de corto plazo y de estrategia de campaña propiamente dicha, que han contribuido a que se diera esta victoria de Trump, entre los que, sin ánimo de ser exhaustivos ni de extendernos sobre ellos, dados los estrechos límites de este ensayo, podemos apuntar:

1. Ideologización en las campañas de primarias. Una campaña de primarias previa, en la que los candidatos que exhiben una ideología más partidista tienen una mayor posibilidad de conseguir la nominación. Esta tendencia es una tendencia que se ha mantenido en las primarias norteamericanas para conseguir la nominación presidencial y, en este sentido, se extendió la idea, divulgada por Richard Nixon, de que los republicanos tienen que posicionarse a la derecha y los demócratas a la izquierda para ganar en sus primarias respectivas, y luego moverse al centro para la elección presidencial (Crespo et al., 2011: 76-77). Esta estrategia de posicionamiento en la campaña le permitió deshacerse fácilmente de oponentes más moderados como Jeb Bush, Carly Fiorina, Ted Cruz o Marco Rubio. No obstante, como advertía el estratega de campañas del expresidente Bush, Karl Rove (2010: 129), “Éste es un enfoque cínico” que “tiene sentido sólo si se piensa que los votantes no están prestando atención, y en la era de la información ésta no es una asunción segura”, lo que puede hacer que los candidatos que realicen esta clase de movimientos sean percibidos por el conjunto del electorado como dirigentes “no fiables y sin principios”. Con el mantenimiento de su discurso Trump ha evitado, evidentemente, este cambio en la percepción del electorado sobre el que advertía Rove, considerando, además, como han mostrado estudios recientes, que los electores no castigan el extremismo en las campañas presidenciales, como se afirmaba generalmente con cierta ligereza aludiendo a los clásicos ejemplos de Goldwater y McGovern (Cohen et al., 2016; Linz, 1990: 57; Mann y Ornstein, 2012). Y con la designación de compañero de fórmula como vicepresidente, Mike Pence, ha conseguido un buen “equilibrio ideológico” en la candidatura y el vínculo necesario con el establishment republicano.

Por otro lado, Trump se benefició estratégicamente de la división en el seno del Partido Republicano, entre los denominados moderados o regulars y los ideólogos: mientras los primeros apoyaban a Jeb Bush o Marco Rubio y, en menor medida, a otros candidatos como Chris Christie o Graham, los ideólogos se alineaban, más bien, con Ted Cruz y, en menor medida, con Rand Paul, Scott Walker, Mike Huckabee o Rick Santorum. Pero la solución de este empate entre facciones no fue ninguna solución de compromiso entre ambos bandos, sino una tercera opción, la opción del amateur representada por Trump, una vez descartadas opciones alternativas en esta línea más moderadas como Carly Fiorina, Herman Cain o Ben Carson (Grossmann y Hopkins, 2016; Noel, 2016).

Gráfico 1.  Apoyos y posiciones políticas entre los candidatos y las facciones republicanas.

grafico1Fuente: Noel, 2016: 179.

2. El “efecto underdog”. El hecho de que, prácticamente, el conjunto de los sondeos y encuestas previos a las elecciones concediera el triunfo a Hillary Clinton pudo generar un doble “efecto underdog” en el electorado. Por un lado, el clásico efecto de solidaridad con el candidato rezagado que puede llegar a suscitar un apoyo inesperado y convertirlo en imprevisto ganador. Por otro, la desmovilización que pudo suponer en algunos votantes demócratas la coincidencia de la absoluta totalidad de las encuestas en su triunfo, pese a que en los últimos días de campaña se estrechó el margen de victoria, especialmente tras la reapertura de la investigación del caso de los “correos electrónicos” de Clinton como secretaria de Estado.

3. Campaña focalizada en los “swing states” (estados pendulares o balancín). La campaña tan focalizada en estos estados pendulares de Trump le ha permitido arrebatarle varios de los estados en disputa a Hillary Clinton, aunque ella también concentró gran parte de su campaña con este mismo sesgo territorial. Pese a la masiva concentración de los actos electorales de los equipos de campaña de ambos candidatos en estos “swing states”, como se observa en la infografía, el resultado final ha sido muy favorable a Trump, que ha sabido conquistar los condados decisivos dentro de cada Estado (Morrissey, 2016). De este modo, también ha vuelto a cumplirse, de nuevo, el célebre dicho de que quien gana en Ohio acaba ganando la presidencia y siendo presidente de Estados Unidos, como sucede desde 1964.

Gráfico 2. Actos electorales de campaña concentrados en los “swing states”.

grafico2Fuente: Infografía Ferran Morales.

Así, el triunfo de Trump se ha producido no sólo en aquellos estados donde el margen de las encuestas era previamente favorable a Trump, como Iowa, Arizona y Ohio, sino en los estados clave en la disputa presidencial más indecisos (Florida o Carolina del Norte) y, además, en estados también en disputa donde el margen era claramente favorable a la candidata demócrata, como Pensilvania, Michigan o Wisconsin. De todos estos estados decisivos, Clinton sólo venció en Nevada y en Colorado y perdió en todos los demás.

Gráfico 3. Actos electorales de campaña concentrados en los “swing states”.

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4. Ciclo electoral. El efecto de contagio mutuo y refuerzo de las campañas de las elecciones al Senado y a la Cámara de Representantes. El efecto de arrastre de voto entre unas y otras elecciones también ha colaborado para que los candidatos republicanos pudieran reforzar el voto dirigido a Trump.

5. Branding político. La marca “Trump” ya era una marca muy reconocida antes del inicio de la campaña presidencial, lo que ha dejado al empresario en una posición de ventaja para afianzar su “posicionamiento” frente a candidatos que tenían que construir sus propias marcas, dado que su reconocimiento de nombre era mucho más bajo entre los votantes, como el resto de candidatos que se presentaron a las primarias republicanas.

Breve bibliografía recomendada:

Alan I. Abramowitz, “The New American Electorate: Partisan, Sorted, and Polarized”, en James A. Thurber y Antoine Yoshinaka (eds.), American Gridlock: The Sources, Character, and Impact of Polarization, Nueva York, Cambridge University Press, 2015, pp. 19-44.

David Axelrod, Believer. My Forty Years in Politics, Nueva York, Penguin Press, 2015.

Miguel Carreras, “Outsider Presidents, Institutional Performance, and Governability in Latin America” Tesis doctoral, University of Pittsburgh, 2014.

Marty Cohen, Mary C. McGrath, Peter Aronow y John Zaller, “Ideologically Extreme Candidates in U.S. Presidential Elections, 1948-2012”, AAPSS, vol. 667, 2016, pp. 226-246.

Ismael Crespo, Antonio Garrido, Ileana Carletta y Mario Riorda, Manual de Comunicación Política y Estrategias de Campaña. Candidatos, Medios y Electores en una Nueva Era, Buenos Aires, Biblos, 2011.

Thomas Frank, What’s the Matter with Kansas? How Conservatives Won the Heart of America, Nueva York, Holt and Co, 2004.

Matt Grossmann y David A. Hopkins, Asymmetric Politics: Ideological Republicans and Group Interest Democrats, Nueva York, Oxford University Press, 2016.

Verónica Hoyo, “Outsider Politics: Radicalism as a Political Strategy in Western Europe and Latin America” Tesis doctoral, University of California, San Diego, 2010.

Ronald F. Inglehart y Pippa Norris, “Trump, Brexit, and the Rise of Populism: Economic Have-Nots and Cultural Backlash” Working Paper, Kennedy School, Harvard University, 2016.

Gary C. Jacobson, “Polarization, Gridlock, and Presidential Campaign Politics in 2016”, AAPSS, vol. 667, 2016, pp. 226-246.

Juan J. Linz, “The Perils of Presidentialism”, Journal of Democracy, vol. 1, 1990, pp. 51-69.

Thomas E. Mann y Norman J. Ornstein, It’s Even Worse Than It Looks: How the American Constitutional System Collided with the New Politics of Extremism. Nueva York, Basic Books, 2012.

Ed Morrissey, Going Red: The Two Million Voters Who Will Elect the Next President. And How Conservatives Can Win Them, Nueva York, Penguin, 2016.

Hans Noel, “Ideological Factions in the Republican and Democratic Parties,” AAPSS, vol. 667, 2016, pp. 166-188.

Karl Rove, Courage and Consequence: My Life as a Conservative in the Fight, Nueva York, Threshold Ed., 2010.
Antonio Garrido es profesor de Ciencias Políticas y vicedecano de la Facultad de Derecho en la Universidad de Murcia.
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