Paolo Gentiloni: un Renzi sin Renzi

paolo-gentiloniTON VILALTA

Se ha dicho a menudo en estos días que el gobierno de Paolo Gentiloni será, tras los gobiernos de Monti, Letta y Renzi, el cuarto gobierno consecutivo no elegido en las urnas. El dato es incorrecto. El de Gentiloni será el sexagésimo cuarto gobierno no elegido en las urnas. Y es que en Italia se toman muy en serio lo de ser un sistema parlamentario más o menos puro, eso es, donde no existe una elección directa del jefe del gobierno. Desde 1946 ha habido 19 elecciones generales y, hasta hoy, 63 gobiernos. Eso significa que en los últimos 70 años ha habido en Italia una media de 3,3 gobiernos por legislatura. El récord, a día de hoy, lo conserva la II Legislatura (1953-58) durante la que se llegaron a suceder seis gobiernos con otros tantos Primeros Ministros: De Gasperi, Pella, Fanfani, Scelba, Segni y Zoli, todos ellos exponentes de un mismo partido, la Democracia Cristiana (DC). El gobierno más corto, el de Fanfani, iba a durar solo 22 días.

La Primera República italiana, esa que se llevó por delante Manos Limpias a principios de los 90, era un sistema disfuncional pero, a su manera, eficaz. No era sencillo encontrar mayorías parlamentarias capaces de sostener un gobierno en un parlamento permanentemente fragmentado, hijo de una ley electoral proporcional, que pivotaba entorno a un gran partido lleno de corrientes (la DC), y otro gran partido de masas, el Partido Comunista Italiano (PCI), al que los equilibrios de la guerra fría dejaron durante décadas fuera de cualquier mayoría de gobierno posible.

«La situación política es grave, pero no es seria», escribía Ennio Flaiano a principios de los años 50. El alambicado sistema de equilibrios de la primera República, generó una prácticamente infinita casuística de crisis de gobierno y, por tanto, de formas más o menos ingeniosas, más o meno bizarras, de salir de ellas. La salida más obvia a una crisis de gobierno, las elecciones anticipadas, no siempre eran una solución practicable o deseable: ¿Y si los equilibrios que salen de las urnas son sustancialmente iguales a los actuales? ¿Y si fueran peores? ¿No es más sensato intentar encontrar un acuerdo entre los diferentes partidos, entre las diferentes corrientes internas de la DC, que nos permita salir del atolladero?*

Una de esas soluciones más o menos picarescas eran los llamados «governi balneari», gobiernos veraniegos, que se formaban cuando una de esas crisis acontecía poco antes de la interrupción veraniega de la actividad parlamentaria. Su función no era otra que la de gestionar las obligaciones de gobierno y ganar tiempo («tirare a campare», parafraseando a Andreotti) hasta que las diferentes fuerzas parlamentarias lograran ponerse de acuerdo. Se trataba de gobiernos con una esperanza de vida breve, a menudo con la misión de llevar a cabo un específico y limitado proyecto político (la aprobación de una ley, de unos presupuestos o simplemente llegar hasta las próximas elecciones). Pues bien, si no fuera por el período del año, el de Gentiloni bien podría contarse entre esos gobiernos veraniegos de la Primera República. El nuevo ejecutivo presentado el lunes es un ejemplo paradigmático de la «continuità nella discontinuità» (otro evergreen de la politique politicienne italiana): los mismos ministros, algún cambio de cartera y un par de novedades más o menos insignificantes. Una especie de nuevo gobierno Renzi, pero sin su principal activo: él mismo. Gentiloni es a lo sumo un competente aparatchik, con una carrera política muy tradicional: portavoz de Rutelli en los 90, coordinador de la (desastrosa) campaña electoral del mismo Rutelli en 2001 y, por primera vez, ministro de Comunicaciones con Prodi en el 2006-08. Lo que jamás ha tenido Gentiloni ha sido tirón popular entre el electorado: baste decir que, antes de ocupar la cartera de Asuntos Exteriores con Renzi, participó en las primarias para la alcaldía de Roma, donde quedó tercero pese a gozar del pleno apoyo del aparato del partido.

La falta de ambición en la construcción del nuevo gobierno es tan evidente que da la impresión de ser una composición estudiada para enfatizar la ausencia de Renzi. Éste, alejándose del foco de atención, se dedicará en los próximos meses a intentar reconstruir su imagen y su plataforma política de cara a las próximas elecciones. Mientras tanto, el que fuera «su» gobierno tratará de llevar a cabo la que probablemente sea su única misión: aprobar una Ley electoral (en este momento virtualmente Italia no tiene ninguna). La de Renzi es, en definitiva, una retirada táctica al estilo de la Primera República. Pero los tiempos han cambiado y no será fácil que un electorado que ha dado muestras de irritación tan evidentes se deje convencer con una maniobra de este tipo. Mientras tanto, el M5S de Beppe Grillo, quizás el gran beneficiario del resultado referendario del pasado 4 de diciembre, organiza sus filas para intentar el asalto al poder en las próximas elecciones, que casi con toda probabilidad se celebraran antes del fin del 2017.

* Si todo esto parece demasiado «exótico» baste recordar que en España hemos vivido en el último año al menos dos situaciones que parecen sacadas del anecdotario de la Primera República italiana: en Cataluña la llegada a la presidencia de la Generalitat de Carles Puigdemont, un exponente de segunda fila de la coalición de gobierno (número 4 de JxS en la circunscripción de Girona) a causa del veto de la CUP a Artur Mas, y los largos meses de tira y afloja marcados por la guerra de corrientes en el PSOE, culminada con la defenestración de Pedro Sánchez y la investidura de Mariano Rajoy.

 

Ton Vilalta es politólogo y Master en gestión de la comunicación política y electoral. Vive en Italia desde 2006, donde trabaja en el ámbito de la comunicación, la cultura y el desarrollo local. Escribe en Jot Down. (@TVilalta)