Pekín, tenemos un problema. El África subsahariana ante la crisis china

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FERNANDO DÍAZ

La política internacional está tan llena de previsiones infundadas que cuando casi no nos hemos acostumbrado a la nueva realidad, ésta ya comienza a resquebrajarse. Es algo parecido a aquel hombre en el castillo de la novela de P. K. Dick, que gracias al libro del I Ching podía predecir mundos que no habían existido, como una Segunda Guerra Mundial ganada por los alemanes, o unos Estados Unidos ocupados por Japón. Nos ha pasado algo parecido con China, a la que ya la veíamos conquistando el África subsahariana a lomos de un dragón sobre una alfombra roja puesta por los gobernantes de cada país… hasta que en éstas estalló su burbuja económica.

En la versión oficial que recorría la escena internacional hasta hace poco más de un año, China podía jugar dos papeles, según el posicionamiento del analista de turno. Podía ser el agente determinante del despegue africano, una asociación simbiótica en la que ambos actores ganaban lo mismo: desarrollo económico acelerado. O podía ser una potencia neocolonial, cuya presencia en África sólo le beneficiaba a ella y a la clase dirigente africana. Entre ambas se situaba una versión gris, la de considerar a China y a África como competidores económicos que en ocasiones pueden llegar a acuerdos y, que en otras, generan conflictos. Pero, seamos sinceros, los grises nunca nos han sentado bien para ir de celebración.

Porque si en algo coincidían todos los análisis es en que la presencia china en África era una fiesta. Por fin pasaba algo diferente en ese continente acostumbrado a ser interpretado como un sujeto pasivo. China había realizado una apuesta clara por la multipolaridad internacional, en donde ella se intentaba asegurar un papel predominante aunque no definitivo. De esta manera, el acercamiento chino a los gobiernos del África subsahariana –escenificado por los Foros para la Cooperación África-China, o FOCAC– se realizaban a través de unos principios políticos y filosóficos muy diferentes de los que acostumbran a tener los países occidentales. Ofrecían un reconocimiento mutuo, escenificado en la no injerencia en los asuntos internos –adiós a la crítica a Pekín por el maltrato a los Derechos Humanos, y viceversa–, y una cooperación basada en el comercio y el desarrollo mutuo, no en las políticas de cooperación al uso. Frente a la Ayuda Oficial al Desarrollo, los chinos interponían la Inversión Extranjera Directa.

China trabajaba en varios sectores. En las infraestructuras, ofrecía un pack irrechazable que contenía construcción y financiación de las obras. La mano de obra era principalmente china y, a duras penas, había un intercambio de tecnología. Pero el gobierno africano de turno podía vanagloriarse de la construcción de hospitales, carreteras o ferrocarriles. Y, aunque gran parte de esa financiación eran préstamos, China tenía una política laxa respecto a los cobros e incluso parecía adicta a la condonación de los mismos… siempre que se dieran unas condiciones políticas determinadas.

Otro sector en el que trabajaba China era en el de los productos manufacturados. La industria china encontró en la población africana no sólo mano de obra –aprovechada en muy pocas ocasiones– sino consumidores en potencia para sus productos de bajo coste. China, sin saberlo, estaba alimentando la teoría –y el deseo– occidental de contar con una clase media africana capaz de permitirse según qué productos que hasta entonces eran considerados de lujo. Daba igual que, en realidad, estuvieran haciendo dumping de productos low cost, los cuales aniquilaban multitud de industrias africanas incipientes, como la textil.

Pero cada cara tiene su cruz. Y cada fiesta, sus doce campanadas. Con la caída repentina de la bolsa china, el gobierno de Pekín se ha tenido que resituar en el continente y en el resto del mundo. Como al perro flaco todo son pulgas, los mercados de materias primas se han visto doblemente ralentizados para África. La falta de demanda china no puede ser cubierta por las demandas de otros nuevos actores, como Brasil o India, y para colmo se abre el petróleo iraní al mercado internacional.

Los países africanos más expuestos a su comercio con China ya están pagando el precio de no haber resituado su economía durante las vacas gordas. Entre ellos cabe destacar Zambia, la República Democrática del Congo, Sudáfrica o la República del Congo. Éstos han visto cómo compañías chinas y de otras latitudes cerraban minas de cobre por falta de demanda y cómo se paralizaban las inversiones chinas. Pekín ha decidido resituar su Inversión Extranjera Directa centrándose en la región asiática y, en menor medida, el norte de África. Puede que algún país del este de África salve su proyecto de ferrocarril, pero lo que está claro es que no llegarán tantas inversiones chinas como se venían haciendo.

La situación de estos países no sería tan grave si no se vieran amenazados por otra gran crisis de la deuda, similar a la que sufrieron en los ochenta. Muchos de estos países antes mencionados tienen deuda comprometida con China. Pero si Pekín antes condonaba los préstamos, ahora parece menos receptivo.

La respuesta a esta crisis podría ser un golpe de timón africano en el escenario internacional. Al fin y al cabo, son muchos estados y, unidos, pueden suponer un duro golpe para cualquier potencia en el marco de Naciones Unidas. Sin embargo, como destacan algunas investigaciones, China tiene bien atado este campo. Los países africanos que quieren recibir ayuda al desarrollo por parte de Pekín, son invitados amablemente a votar con ella en la Asamblea de Naciones Unidas en todas las ocasiones posibles. Hasta el punto de que, según explican, aumentar en un 10% las veces que votas con Pekín, te reporta un incremento del 86% de la ayuda al desarrollo china. A esto hay que sumar que Pekín castiga los comentarios contra su (ausencia de) política de Derechos Humanos con la retirada abrupta de su Inversión Extranjera Directa.

Si la confrontación en bloque en el plano internacional no alberga esperanzas para la relación de los países africanos con China, ¿qué otra cosa pueden hacer? Existen países que, durante las vacas gordas, reestructuraron sus economías y que ahora pueden asumir el golpe de la retirada china. Casos como Etiopía o Ruanda son ejemplo de eso –de eso y de nada más, porque no vamos a entrar a valorar su régimen dictatorial ya que estamos hablando de China–. Permitieron el desarrollo de sectores industriales y de servicios al tiempo que protegían los precios agrícolas y se defendían del dumping chino de productos baratos.

Reestructurar las economías. Es fácil escribirlo, pero casi todos los gobiernos africanos que lo intentan, terminan siendo golpeados por la dificultad de la tarea. La trampa del neocolonialismo chino, por tanto, ha funcionado. Y hoy, gran parte de los países que pensaban salir de la cárcel neocolonial occidental gracias a la carta china, se ven encerrados en una nueva que se parece sospechosamente a la celda de la que consiguieron escapar. Esperemos que, esta vez, el I Ching les dé respuestas más acertadas.

Fernando Díaz es politólogo y miembro del blog colectivo Africaye, dedicado al análisis y el debate sobre la realidad política y social del África subsahariana. @elsituacionista

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