Película: “El desafío: Frost contra Nixon”

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ÀSTRID ALEMANY Y JOSÉ ANTONIO SEOANE

“Porqué escogí una vida que dependiera de gustar a la gente”.

La última frase que Nixon dice a Frost, ya fuera de las 4 entrevistas que éste realiza a Nixon, resume el ADN de “El desafío: Frost contra Nixon”. Sin duda alguna, este film debería ser cabecera de los profesionales de la comunicación política. El político (Nixon), la opinión publicada (Frost) y el pueblo (la audiencia, 400 millones de espectadores) son los protagonistas de la comunicación política y de nuestra película.

Antes de ver la obra que Ron Howard dirige en 2008, conviene informarse un poco sobre el que fue uno de los episodios más lúgubres de la política estadounidense moderna y que hizo que cualquier desmán en política lleve el sufijo –Gate. Rápido: el Watergate, ocurrió en 1972 y acabó con colaboradores de Nixon condenados y con la dimisión del propio presidente, tras demostrarse que habían realizado escuchas y grabaciones a sus rivales del partido demócrata en el edificio Watergate.

Frost, un popular showman británico, quedó impresionado por la imágenes de la dimisión del presidente Nixon y de su repercusión mediática, lo que hizo germinar en su cabeza la idea de entrevistarle para conseguir que reconociera la magnitud de su error y pidiera disculpas al pueblo americano, cosa que no había hecho hasta el momento. Frost se convierte en lo que hoy en día conocemos por “emprendedor” y de su bolsillo saca el talonario y pone encima de la mesa 200.000$ de la época para entrevistar a un Nixon acabado de dimitir, pero con aspiraciones de volver a la Casa Blanca.

Howard narra los hechos con sobriedad, adoptando un tono muy televisivo, similar al de los cineastas americanos de los 70 aunque sin alcanzar la maestría de Pakula, Lumet o Pollack. Su mayor virtud es saber fusionar algo parecido al falso documental con el dramatismo puramente cinematográfico, manteniendo un ritmo constante durante todo el metraje. Pero si por algo destaca la película es por su guión, adaptación de la obra teatral de Peter Morgan, y por sus dos protagonistas, que personifican el poder de la comunicación política.

Richard Nixon (Frank Langella) es el político caído, convencido de lo correcto de sus actos, al que las normas establecidas no afectan y que cree estar por encima del bien y del mal. David Frost (Michael Sheen) es el periodista justiciero del pueblo, el hombre convencido de poder conseguir lo imposible, el adalid de la verdad frente a la opacidad del “establishment”.

El tour de fuerza que mantienen a lo largo de todo el film es trepidante como un combate de boxeo de 4 asaltos. El objetivo de Frost no es conseguir la verdad, ya demostrada, sino atravesar un muro de falsas convicciones, de excusas inverosímiles, para acabar dando una satisfacción a un pueblo consternado después de 2 años de caso. Mientras, Nixon busca justificarse cuando se da cuenta de que la entrevista no es el paseo en barca que había imaginado.

Frost lo consigue. Después de 8 horas de entrevista y combatiendo con un animal político experto, del que después de perder en 1960 el famoso debate con Kennedy, aprendió cómo comunicar en televisión.

El film retrata el poder de la comunicación política en televisión. El reduccionismo simplista comunicacional de la TV, el poder incalculable de un primer plano, son el eje central del experimento de comunicación política que abandera Frost. El mensaje, el rey. Sí! Porque son las palabras las que constatan un hecho y la verdad parece no cobrar vida si no se verbaliza. ¿Y quién mejor para convertirse en adalid de la verdad que un periodista? El buen periodista, interesado en el inicio, ganado para la causa paso a paso, pregunta a pregunta, hasta convertirlo todo en algo personal, como personal debería ser siempre la búsqueda de la verdad. Es el compromiso con la verdadera esencia del periodismo lo que hizo de David Frost lo que fue y lo que le llevó a conseguir algo que pocos imaginaban. Estamos seguros que Ana Pastor, Mónica Terribas o Jordi Évole han imaginado ser Frost.

El ultraconservador Nixon representa una parte de la ya, más que bautizada, “vieja política”. Devorador de libertades sociales, representante del pensamiento único, ninguneante de la diversidad. Y todo bajo la creencia de estar haciendo lo correcto. El gran error es creer que no existe una opción mejor, en vez de intentar y para ser, cada día, mejor opción que las demás.

Ese choque, esa lucha verbal y emocional que mantuvieron ambos personajes, marcó un antes y un después en el mundo de la comunicación política. Hoy disfrutamos de un mayor acceso a la información, aunque en ocasiones parezca que no sabemos bien del todo qué hacer con ella.

Infointoxicados, somos testigos de cómo cierto sector de la política sigue abusando de la confianza de los electores. Leyes como la de la Transparencia o del Buen Gobierno, y por ende, una nueva forma de comunicación entre los políticos y los ciudadanos, deberían ser el nuevo manual de los profesionales de la comunicación política. Y los nuevos políticos deberían aceptar que para gobernar deberán “gustar a la gente”.

Àstrid Alemany, es consultora en comunicación política y directora de iPolitics. @astridalemany
José Antonio Seoane es crítico de cine.
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