Película: Viva la libertà

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JORDI CABRÉ

Lo mejor de la película de Roberto Andó es que todo lo que sucede en ella nos sucede a nosotros. Todos tenemos dentro una vertiente preocupada, oscura, aburrida, y otra vertiente expansiva, optimista, vital. Esta dualidad, puesta en las manos de un solo actor para encarnar dos personajes opuestos, permite el lucimiento de Toni Servillo quien, precisamente, hace esto mismo desde el primer fotograma: lucirse.

La apuesta del guionista es clara: la victoria de la alegría, la sonrisa, la ilusión y la sinceridad. Hablar con el corazón, ser auténtico, transmitir vida. Pero situémonos: el líder de la oposición italiana es un hombre depresivo, acabado, sin ideas, a quien su partido de izquierdas incluso se plantea expulsar. Encarna la crisis de la izquierda europea de forma clara: nostalgia del pasado, abandono de los electores, contradicciones ideológicas, falta de renovación, hipocresía e incluso mentiras. Este líder, un día, desaparece. De repente. Sin decir nada a nadie, ni siquiera a su esposa. Se refugia en París, en casa de una antigua amante y su familia. Mientras tanto, en Roma, el partido sufre un desconcierto total: muy bien, el hombre estaba acabado, pero ¿qué hacemos ahora sin él?

Por sorpresa y de urgencia, el principal asesor del candidato conoce a su hermano gemelo. Es idéntico. Sólo que, a diferencia del líder, esta versión de la genética es alegre, optimista, imaginativa, incluso loca: frecuenta un manicomio, escribe libros filosóficos y silba, canta, baila por donde va. Un apasionado. De forma casual este gemelo, mira por dónde, resulta entenderse muy bien con los periodistas. Transmite bien, tiene ideas transgresoras, inspira confianza y humanidad. Así que el asesor decide que sustituya, en secreto, al candidato: con un resultado espectacular sobre los electores, el partido, los medios, los adversarios y toda la política italiana. Incluso con su “mujer”, la única cómplice que conoce el cambiazo, pero que adivina en el hermano gemelo (suspiro) lo que hubiera podido ser su marido si un día no hubiera perdido la chispa.

En este argumento hay que pagar, pues, la factura de la locura para ser auténtico. Un extremo algo exagerado en el guión, pero no por eso falso: alguna de las críticas argumentales más frecuentes es justamente ésta, que encontrar como única solución la de un gemelo que está como un cencerro es poco “realista”. Pero no: porque precisamente el mensaje viene a empujar, de forma directa y sin tapujos, hacia el lado loco de nosotros mismos. Justamente si algo sugiere la película es que esta vertiente loca, intuitiva, vitalista, está dentro de todos nosotros y que hay que hacerla aflorar sin miedo. Aparcar un poquito el cerebro y pensar un poco menos. Atreverse a bailar es algo que sólo se produce (lo recordamos todos de nuestros tiempos de adolescencia) cuando coges confianza en ti, cuando te conoces, cuando te gustas. Por cierto: ¿y mientras tanto, qué se ha hecho del candidato de verdad, ese aburrido llorón?

Encontrándose a sí mismo. Recordando viejos tiempos con su amante, de quien, por cierto, descubrimos que fue amante (sin saberlo) de ambos gemelos a la vez. El juego de sustituciones, por lo visto, es un juego que llevan ambos haciendo desde hace muchísimos años y que les permite a cada uno de ellos “descansar” de sí mismos una temporada. Pues bien: el candidato rejuvenece un poco, pasa desapercibido, hace vida de ciudadano, conoce a una muchachita, reflexiona, recuerda, a veces llama a su mujer pero no dice nada, se interesa por los acontecimientos en Italia… pero no vuelve hasta que consigue transformarse y sonreír de verdad. Mirarse al espejo y reconocerse. Es una hibernación saludable, conveniente en casos de crisis personal, y que no debe terminarse hasta que uno sale fresco del aprendizaje. Con pilas nuevas. Y propias.

La invitación es, por lo tanto, a complicarse menos la vida. No se trata tan sólo de una película sobre política o sobre comunicación política: sino también sobre la actitud vital. Es decir, el problema que tendrán los asesores políticos al mirar esta película, los mítines, los mensajes, los eslóganes, los titulares, los discursos, los diversos guiños al mundo de la comunicación mediática, etcétera, es que no se trata sólo de la mejor estrategia (que seguramente lo es): es que, si el cambio no se produce de verdad, la cosa no funciona. El exilio del candidato es verdadero, la renovación exige purga, llanto, soledad, bajada al infierno. La renovación de la izquierda europea no pasa pues por candidatos más sonrientes, ni por mensajes más frescos, ni por ponerse a bailar descalzos sobre el parquet de los despachos: el cambio que propone la película no es, señores, el de un gemelo por otro. El cambio verdadero está en el exilio. En el trayecto que hace el personaje cuerdo, en el crecimiento del verdadero candidato. Un crecimiento que debe ser real.

El error sería errar en el error: es decir errar de error, creer que lo que hay que corregir es la imagen o la forma de comunicar, y punto. Hay que fijarse bien en el discurso del mitin, que es para mí el clímax de todo. Tras admitir ante la multitud que las cosas van mal, que ya no hay fuerzas y que el adversario parece invencible, en buena parte por culpa del propio partido (y de sus mensajes confusos básicamente), el “candidato enloquecido” afirma: “¿qué es falso o erróneo de todo lo que hemos dicho hasta ahora? ¿Una parte o todo?”. Ésta es la clave, a mi entender: determinar qué parte nuestra es verdadera (y todavía vale) y qué parte es falsa (y ya no vale). Encontrarse a uno mismo significa admitir con humildad que se ha caminado en falso, y saber reconocer en qué parte. O si, más allá, quizá lo que hace falta es comenzarlo todo desde cero. Se trata en definitiva de comprender lo sucedido, antes de ponerle remedios estéticos o de urgencia.

Una vez hecho eso, que lleva trabajo duro y en solitario (a mi entender la izquierda clásica europea todavía no lo ha hecho), no conformarse con sobrevivir y con seguir la corriente como un zombi, ni en la buena suerte como un ingenuo, sino actuar: y eso nadie lo puede responder por uno mismo. Ni siquiera el mejor asesor de comunicación política, ni siquiera una esposa, ni siquiera una amante. Pero es que ni siquiera alguien tan idéntico y próximo como un hermano gemelo.

Jordi Cabré es abogado, escritor y asesor político. Ex director general de promoción cultural de la Generalitat de Catalunya
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