Reseña: “El último Imperio. Los días finales de la Unión Soviética”, de Serhii Plokhy

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LUIS VELASCO MARTÍNEZ

A la altura de 1988 nadie podría llegar a pensar que un presidente de Estados Unidos capaz de finalizar, y ganar, la Guerra Fría, no fuera quién de lograr su reelección. El 25 de diciembre de 1991 la URSS dejó de existir formalmente, pero detrás de aquella victoria diplomática y moral de Estados Unidos y sus aliados, se escondía una administración superada por los acontecimientos que había sido incapaz de prever los pasos del proceso de deconstrucción soviético. Los avezados popes de la kremlinología de los principales centros de pensamiento y análisis estratégico estadounidense, minusvaloraron el impacto que tenían las reformas emprendidas por Mijaíl Gorbachov, aquel líder soviético que encantaba a los ciudadanos occidentales y que despertaba simpatías en las cancillerías del otro lado del Telón de Acero. El mismo que había decidido acabar con el muro de Berlín, derruir el telón de acero y aceptar la independencia de las naciones bálticas de la URSS.

La Perestroika y la Glásnost impulsadas por el líder soviético abrieron una grieta en el muro de contención político, económico, social e identitario que el comunismo había levantado durante más de setenta años en el seno del antiguo imperio zarista. Aquellas grietas fueron rápidamente horadadas por el rápido flujo de la información y de las ansias de emancipación de individuos que se acostumbraron rápidamente a las nuevas fronteras de las libertades individuales. En este contexto, en el que se rompió el equilibrio económico, social y nacional que había equilibrado territorialmente a la URSS, las decisiones tomadas para fortalecer la unión, a la postre fueron la principal causa por la que la transición política soviética terminó en su desintegración.

En esta nueva obra, recientemente traducida al castellano, Serhii Plokhy, de la Universidad de Harvard, vincula el proceso de caída de la URSS con las luchas intestinas entre los involucionistas, los leales al premier Gorbachov, y el auge de los movimientos identitarios en el seno de estados confederados que históricamente habían pertenecido al imperio zarista. Según la interpretación de Plokhy, la crisis ucraniana fue la que finalmente liquidó la posibilidad de una transición pacífica de la URSS en el seno de una estructura unitaria. Los apparatchiks ucranianos, ante la reformulación del poder confederal de la URSS que se comenzaba a vislumbrar, y temiendo perder su tradicional sobrerrepresentación en los órganos centrales de dirección del PCUS y de la unión, decidieron dar un giro de 180 grados y aceptar la ruptura con el resto de repúblicas, como fórmula para mantener el poder ante el desmantelamiento del partido. Por su parte, la creciente importancia de Rusia, con su presidente Boris Yeltsin estatalizando bienes y servicios de la unión y disputando la supremacía del poder al estado confederal, habría acelerado el proceso. Un proceso en el que, finalmente, la élite soviética leal a Gorbachov habría intentando salvar los restos de la URSS de acuerdo a los límites del antiguo imperio zarista, intentando salvaguardar sus límites, y planteando una nueva unión únicamente eslava entre Rusia, Ucrania y Bielorrusia. Negada esta posibilidad, y con una dirigencia rusa asustada ante un excesivo peso de las repúblicas centroasiáticas de mayoría musulmana, el futuro de la unión quedó sellado.

El relato de Plokhy, ampliamente documentado gracias a los fondos de la presidencia de George H. W. Bush y a entrevistas con buena parte de los testigos del proceso, nos presenta la disolución de la URSS como el momento en el que debemos buscar las explicaciones para comprender las tensiones étnicas actuales en el espacio postsoviético. Señala, además, el activo papel que tuvieron los Estados Unidos en el proceso, al no entender la importancia de sus actos en el proceso, ni valorar su impacto en el imperio caído, ni en su propio sistema político.

En este sentido, el discurso del presidente Bush en la capital ucraniana de agosto 1991 en contra del aislamiento suicida –el autor lo denomina de manera irónica discurso del pollo Kiev–, no colmó las expectativas que se habían creado en el nacionalismo ucraniano después del apoyo de la Casa Blanca a la lucha por la libertad de las naciones bálticas. Ello supuso todo un golpe para el apoyo republicano entre la comunidad ucraniana de Estados Unidos y, sin duda, una crisis de comunicación política, nacida al albor de la falta de perspectiva y análisis en el largo plazo que caracterizó a la política exterior de Estados Unidos en el mundo postsoviético.

Luis Velasco es profesor de historia política en la Univ. de Santiago de Compostela. (@luisvelascomtnz).

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