Reseña: “¿Me hablas a mí? La retórica desde Aristóteles a Obama”

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GUADALUPE MORCILLO

“…Ésa que se hace visible cuando se viste de largo y saca brillo a sus zapatos de bailar… La que convence y engatusa, inspira y embauca, entusiasma y engaña…”

Ésa es la retórica y así se refiere a ella Sam Leith en ¿Hablas de mí? La retórica desde Aristóteles a Obama, un manual distinto, actual, instructivo y de obligada lectura.

La historia comienza hace 2.500 años, en Siracusa, con Córax y Tisias, Tisias y Córax, y sus juegos de palabras para hacer de la retórica un instrumento entre la argumentación y la persuasión. Lo que ellos descubrieron, Gorgias lo difundió por el mundo y fue en el siglo V, en Atenas, en donde alcanzó su máximo esplendor, una Atenas que se estaba familiarizando con un experimento democrático radical; una Atenas cuyos aristócratas la utilizaron hábilmente para recuperar su debilitada influencia en la Asamblea. Retórica y antiretórica se establecieron en la Hélade sin ambages.

Y como un río que fluye, la retórica ha ido recorriendo meandros y riberas, desde la Antigüedad Clásica hasta la actualidad, pasando por la Baja y Alta Edad Media, el Renacimiento, la Edad Moderna… Todas y cada una de las épocas han quedado marcadas por las palabras de grandes autores de la talla de Cicerón, Quintiliano, Shakespeare, Santo Tomás, Puttenham o Hugh Blair, entre otros. Y al frente de todos ello, el maestro, ‘el Newton de la retórica’, Aristóteles. Fue él, el que se percató de que estudiar esta Técnica era estudiar a la mismísima humanidad. Fue él, el que la definió como persuasión y no como conocimiento. Fue él, el que estableció los cinco cánones –que se corresponden con la secuencia de cualquier discurso persuasivo- y las tres ramas de la oratoria, estructura que le ha servido a Leith para dar forma a su obra.

Antes de comenzar, lo primero es “descubrir los mejores medios de persuasión” (INVENCIÓN), explorar qué es lo que se debe decir, seleccionar los argumentos y contraargumentos que sustentarán la exposición. Será la inseparable combinación del ethos, del pathos y del logos la que permitirá alcanzar la emoción y la persuasión buscadas entre el público.

Tras esta reflexión, llega la hora de dilucidar el orden (DISPOSICIÓN) en el que se va a llevar a cabo la intervención. Para ello, nada mejor que confeccionarla siguiendo el esquema clásico establecido en la retórica Ad Herennium: exordio, narración, división, prueba, refutación y peroración. Ahora, es el momento de preparar y dar forma al discurso (ELOCUCIÓN), un discurso que irá aderezado con el decoro y con el humor correspondientes -tal y como resalta Sam Leiht-, acompasando ritmo y tiempo a la dicción e impregnándolo todo con el perfume de las flores rhetoricae.

Y en este punto, es de obligado cumplimiento construir un inmueble mnemotécnico (MEMORIA) en el que alojar el discurso. Que todos los elementos y las ideas que hay tras ellos arraiguen en la mente de forma que lo que se diga se desprenda del pensamiento de manera espontánea y natural.

Por último, hay que pasar a la ACCIÓN, quinta y última parte de la retórica. Es hora de darle vida y ponerle voz al texto. Es hora de que la pieza retórica, tan cuidadosamente preparada, llegue a su destinatario. Es hora de lucirse. ¡Es el gran momento! Y para ello, Control. Control de la voz, del ritmo, del tono, del volumen, de las manos, del cuerpo, de las miradas… Control, control y más control.

Cinco partes de la retórica que Sam Leith ha sabido explicar a la perfección con ejemplos de grandes oradores, “Campeones de la retórica”, comenzando con Satán –el primer maestro de la elocuencia- y continuando con Cicerón, Abraham Lincoln, Churchill, Hitler, Martin Luther King y Obama. Un apartado especial ha dedicado Leith a esos autores de discursos desconocidos, esos cuya máxima aspiración es escribir aquello que el orador piensa, en los términos más elocuentes en los que podrían expresarlo; esos que juegan y combinan metáforas, enargeias, auxesis, paralelismos, zeugmas, digresiones, apóstrofes…; esos que, tristemente, no gozan de monumentos conmemorativos.

Si el poder de la retórica se basa en el deleite y la persuasión, no hay discurso que se precie que no deba seguir al pie de la letra los cánones retóricos. Bien forme parte del género deliberativo –lo que se debe y no se debe hacer-, del judicial –lo justo e injusto, lo legal e ilegal- o del epidíctico- lo que apela al elogio o a la recriminación-, la retórica “se viste de largo y saca brillo a sus zapatos de bailar”.

Esta retórica es la que habla de mí, habla de ti, habla de todo aquello que nos hace a la humanidad. Habla en los tribunales, en los medios de comunicación, en las iglesias, en los colegios, en casa. Esta retórica habla de la mejor manera que sabe hacerlo, vestida de gala, y así es como Sam Leith ha hablado de ella: con cuidado, con esmero, con delicadez, con brillantez y con un amplio conocimiento y dominio del tema.

Guadalupe Morcillo es Doctora en Filología Clásica. Asesora de Comunicación. Dirige Politic & Speech. Coorganizadora de los Beers&Politics Cáceres. @Politic_Speech
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