Reseña: “Política”, de David Runciman

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SANTIAGO CASTELO

Consignas como «Que se vayan todos» y «No nos representan», una desconfianza en las instituciones, según datos del último eurobarómetro, del 60-70 %, un abstencionismo en las pasadas elecciones europeas del 57 %… La política, evidentemente, no está de moda. Y es en este escenario que un valiente David Runciman -profesor en la Universidad de Cambridge, y columnista de The Guardian y de la London Review of Books- publicó Política (Ed. Turner, 2014).

Política, así, a secas, es una especie de pequeño manual ilustrado de Ciencia Política, pero adaptado a los tiempos y problemas de hoy. Están muchos de los de siempre: Hobbes, Maquiavelo, Weber, Montesquieu… pero entremezclados con los problemas de ahora: la guerra civil siria, la situación en África Central, el uso bélico de los drones, el macropoder de Google… Todo escrito, eso sí, en una prosa agradable y llevadera, y acompañada de unas didácticas ilustraciones de Cognitive Media que hacen la lectura más amena -si aún se podía-.

El texto de Runciman es un elogio a la política. Su principal tesis -y la frase con la que empieza y termina el libro- es sencillamente: «la política importa». Es lo que diferencia a Dinamarca de Siria, los dos países que Runciman ubica en los extremos de un continuum entre éxito y fracaso, cielo e infierno. La política, según él, «no crea las pasiones y los odios humanos, y tampoco tiene la culpa de las catástrofes naturales o de las recesiones económicas, pero puede agudizarlas o mitigarlas». La política no es culpable, pero sí responsable; es parte del problema y, al mismo tiempo, parte de la solución, pues, como asegura en el libro, «la política es lo único que puede salvarnos de la mala política».

Hay cierta sintonía con lo que dice Daniel Innerarity en La política en tiempos de indignación, su libro más reciente. El filósofo español advierte a los indignados que puede que estén haciendo «un diagnóstico equivocado de la situación, como si el origen de nuestros males fuera el poder de la política y no su debilidad. La regeneración democrática debe llevarse a cabo de manera muy distinta cuando nuestro problema es que nos tenemos que defender frente al excesivo poder de la política o cuando el problema es que otros poderes no democráticos están sistemáticamente interesados en hacerla irrelevante. Y tengo la impresión de que no acertamos en la terapia porque nos hemos equivocado de diagnóstico». Así, a lo que ambos autores parecen llegar -y me sumo- es que la rabia antipolítica, la indignación obcecada, la desafección, el desinterés… no nos llevarán a nada.

Para hablar de la ausencia de política y de sus peligros, Runciman recurre a Thomas Hobbes y, fundamentalmente a su noción de estado de naturaleza presente en su célebre Leviatán: «durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos». Runciman, al tiempo que se empeña en desestigmatizar la obra de Hobbes -más adelante hace lo suyo con Maquiavelo y el adjetivo «maquiavélico»-, explica que «el objetivo del experimento de Hobbes era conseguir que sus lectores» -recordemos que el Leviatán se publicó el año que terminó la guerra civil inglesa, situación que equipara con lo que sucede hoy en Siria- «aceptarán que cualquier forma de gobierno es mejor que su alternativa: el caos». La política, no importa cuál, es mejor que su ausencia.

Runciman, sin embargo, le escapa al conformismo hobbesiano y denuncia los límites de la política: la desigualdad, la pobreza extrema, las guerras, etc. Y, hacia el final, su texto se vuelve hasta algo incómodo de leer: «El responsable de esta catástrofe es el hombre. Nosotros. ¿Por qué no nos esforzamos por remediarla?» De forma casual, un apartado se titula: «Niños que se ahogan». No es precisamente por la imagen que ahora se nos viene a la mente -recordemos que el libro se publicó el año pasado- sino por una parábola del filósofo Peter Singer que nos invita a rescatar a un niño que está a punto de ahogarse en un estanque aunque eso signifique retrasar o cancelar nuestras actividades planificadas. Que aquel estanque se encuentre cerca o lejos no es una razón válida -y menos en este mundo hiperconectado- para nuestra indiferencia. La política «convierte a los habitantes de los estados estables y prósperos (los que tienen capacidad de ayudar) en personas egoístas y cerradas».

Runciman también señala que la revolución más importante del siglo XXI no ha sido política, sino tecnológica. Y lo es porque sus efectos «lo invaden todo». El autor se ocupa, a la vez, de la turbia relación del Gobierno chino con la tecnología y de los riesgos que puede traer la capacidad monopolística de Google. Pero si el control chino le preocupa menos que el creciente poder de Google es porque «la tecnología se mueve más deprisa que la política. La tecnología tiene la virtud de hacer que la política parezca obsoleta; los cambios son tan veloces que el gobierno parece lento, pesado, torpe y, a menudo, irrelevante». La tecnología es, entonces, capaz de suavizar algunas de las salvajes consecuencias que puede ocasionar un Estado fallido, pero nunca jamás podrá reemplazarlo. Así, por más revolución tecnológica, seguimos necesitando de la política.

El texto de Runciman está perfectamente equilibrado. Nos invita a apostar por la política, a creer en ella, pero, cuando nos estamos animando, nos describe con crudeza sus límites, nuestra responsabilidad y nos cambia la cara. La política importa y es la única salida posible. Más y más política. ¿Mejor? Ojalá.

Santiago Castelo es consultor de comunicación política y pública en Ideograma. @SantiagoCastelo
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