Sobre democracia y tecnologías sociales

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JOSÉ LUIS ORIHUELA

La pregunta que tenemos que hacernos no es si la tecnología puede mejorar la democracia, sino más bien cómo podemos mejorar la democracia con la tecnología. Desde esa perspectiva, aparece como prioridad la necesidad de defender la democracia de aquellos que se valen de la tecnología para intentar destruirla.

Las sociedades cambian, no cuando cambia la tecnología, sino cuando las personas, apropiándose de las herramientas disponibles, deciden transformar la cultura, la educación, los negocios o la política. Hay que dejar de lado las visiones mágicas acerca de la tecnología y pensarla, más bien, en clave social e histórica.

Adopción: la tecnología, por sí sola, no produce cambios culturales ni políticos

Es un mito, bastante extendido desde la llamada Primavera Árabe, el pensar que la conectividad de los móviles y de las redes sociales sea razón suficiente para explicar la rebelión popular frente a las dictaduras y la apertura de las sociedades sometidas por autócratas hacia la democracia.

Posiblemente, las tecnologías hayan sido una razón necesaria (facilitaron la auto organización de las protestas y su difusión internacional), pero las causas de esos procesos políticos remiten a factores muy anteriores a la existencia de teléfonos móviles y redes sociales.

Contexto: la misma tecnología produce efectos diferentes

Los efectos de la tecnología no son unívocos ni vienen dados exclusivamente por su diseño. Nuevamente, son los modos de apropiación los que hacen de la tecnología algo valioso (transportar pasajeros) o diabólico (estrellar aviones). De igual modo ocurre con las redes sociales, que pueden extender los mecanismos de participación política o ser utilizadas para reclutar terroristas. La banalización y espectacularización del debate político en las viejas (televisión) y nuevas tecnologías (redes sociales) debería prevenirnos de los discursos demasiado optimistas acerca de la optimización de la democracia por vías tecnológicas.

Inclusión: la democracia también es para los desconectados

Todo discurso acerca de las supuestas ventajas de la tecnología para transformar la democracia debería considerar el modo en el que una democracia mejorada se hace cargo de los desconectados. La cuestión, aquí es: ¿cómo se informan, se hacen escuchar y participan los ciudadanos desconectados en una democracia tecnológicamente asistida? Es tan arriesgado gobernar a golpe de trending topic como marginar a los desconectados del debate político. Hay que salvaguardar a la democracia de las manipulaciones devenidas de la compulsiva instantaneidad y de la sospechosa espontaneidad de unas redes que son cualquier cosa menos neutrales.

Conversión: los simulacros de participación pueden ser desmovilizadores

Ya se ha adoptado en español la palabra clictivismo para hacer referencia al activismo político reducido a hacer clics en sitios web y redes sociales. Una “participación” limitada a las adhesiones virtuales de sus bases puede dejar a una fuerza política sumida en la perplejidad cuando llegan los resultados electorales que, de momento, siguen exigiendo a los electores una actividad física, no solo virtual. La conversión de los apoyos virtuales en acciones en el mundo físico, fue uno de los ejes de la estrategia en redes sociales de la campaña presidencial de Obama ya en 2008.

Asimetrías: la tecnología está reforzando al poder, debilitando a los guardianes y fragmentando a los ciudadanos

Más allá de la apresurada y malsonante función de “empoderamiento” ciudadano, hay que profundizar en el análisis de los efectos de la tecnología sobre el poder para descubrir que, de momento, su adopción está reforzando a los actores que están en el centro (administración y partidos), está debilitando a los mediadores tradicionales (medios y periodistas) y está fragmentando las voces de los ciudadanos.

La arquitectura descentralizada y redundante de la red internet ha tenido indudables efectos sobre las viejas simetrías entre los poderes fácticos y ha creado nuevos entornos asimétricos de geometría variable o líquidos, que se configuran y recomponen de un modo casi orgánico (tanto, que ha llevado a Kevin Kelly a preguntarse en un famoso libro “¿Qué quiere la tecnología?”).

Transparencia: la tecnología puede mejorar los puentes entre el poder y la ciudadanía

Más allá de contribuir a la publicidad de los actos de gobierno, consustancial a la democracia, la conectividad puede operar como un puente efectivo entre gobernantes y gobernados mejorando los canales de acceso a la administración (funcionarios, trámites y acceso a datos públicos).

Tras las campañas políticas 2.0, hay que exigir también un ejercicio del poder 2.0, más cercano, más abierto, más accesible y más útil. De lo contrario, seguiremos asistiendo perplejos a la gran paradoja de una clase política muy “social” en campaña, pero muy aislada en el poder.

Confluencias: la lengua común y la red crean un espacio global en el que pueden extenderse iniciativas locales y nacionales

Pensar las redes a escala global (no solo regional o nacional) ayuda a descubrir otros modos de apropiación, experiencias e iniciativas que pueden trasladarse y adoptarse localmente. La lengua común compartida en Iberoamérica sumada a la transversalidad que aportan las redes abre espacios potencialmente fértiles para buscar sinergias y activar innovaciones con mayor velocidad.

Una eventual democracia 2.0, si es que acaso fuera necesaria tal denominación (abocada a la misma obsolescencia que las tecnologías que le dan lugar), debería contemplar mecanismos para mejorar la participación ciudadana más allá de la virtualidad, para extender la alfabetización digital en todos los niveles de la educación, para conseguir mayores niveles de transparencia y control sobre el poder y para asegurar los derechos y libertades de los ciudadanos tanto en el mundo físico como en el mundo virtual.

Los grandes problemas educativos, sociales, económicos y políticos de nuestras sociedades, desgraciadamente no tienen soluciones tecnológicas. Conviene repetirlo y aplicarlo en todos estos campos: la herramienta no es la estrategia.

José Luis Orihuela es profesor del Máster en Comunicación Política y Corporativa de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, autor de “Los medios después de internet” (Editorial UOC, 2015) y consultor de comunicación del Banco Mundial. Desde 2002 mantiene el blog eCuaderno.com y desde 2007 es usuario activo de Twitter @jlori.
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Fuente de la imagen: Publico

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