¿Tenía De Gaulle razón?

De Gaulle

ANA POLO

El Reino Unido y la Unión Europea nunca han mantenido una relación idílica. De hecho, siempre ha sido más bien un matrimonio errático y casi nunca bien avenido. Y ha sido así desde los comienzos de la Unión Europea. Repasamos aquí algunos de los encuentros, desencuentros y encontronazos.

El sueño truncado de los Estados Unidos de Europa

Sí, es cierto, Winston Churchill fue uno de los padres de la Unión Europea. Y, no, su europeísmo no comenzó después de la Segunda Guerra Mundial. Ya en un artículo de 1930 publicado en The Saturday Evening Post (entonces la mayor publicación mensual de Estados Unidos) habló de los “Estados Unidos de Europa”. Churchill analizaba y se maravillaba del crecimiento económico de los EE. UU. –“a una velocidad y profundidad nunca vista antes”– y lo comparaba con la situación de Europa. Estados Unidos tenía libertad de movimiento y no tenía barreras aduaneras. Europa tenía tarifas, lo cual impedía el comercio. El Tratado de Versalles había puesto fin a viejos imperios, cierto, pero había destapado nuevas rencillas y resucitado fervores bélicos (Churchill llamó al tratado la “apoteosis del nacionalismo”). Había sensación de vacío y amargura por doquier. “¿Por qué Europa debería tener miedo a la unidad?” se preguntaba Churchill. Siglos atrás se había conseguido unir gran parte del continente con el Imperio romano y luego con el Sacro Imperio Romano Germánico. Alemania e Italia no son más que el resultado de juntar diferentes ciudades, reinos y principados.

La unidad (unidad aduanera, aunque fuera) era la solución.

No fueron palabras huecas. En junio de 1940, con los tanques alemanes en la frontera de Francia, Churchill elaboró, publicó y defendió una “Declaración de Unión entre Gran Bretaña y Francia” por la cual “no habría dos naciones separadas, sino una “unión franco-inglesa”, con ciudadanos de doble nacionalidad y órganos conjuntos de defensa, economía y política exterior (¿Os podéis imaginar la “Union Jacques”?). Era lo más cerca que los dos países iban a estar desde el siglo XII, cuando el rey Enrique II, de la dinastía Plantagenet, reinara sobre Inglaterra y fuera también soberano de Anjou, Maine, Normandía, Aquitania y Nantes.

A pesar de lo original de la propuesta, el gobierno británico (constituido entonces en gabinete de guerra) votó a favor. Era necesario para defenderse de los nazis. No se llevó a cabo por una cuestión de días: el 22 de junio de 1940 Francia reconocía su derrota y firmaba un armisticio con Alemania.

Una vez acabada la Segunda Guerra Mundial, en un histórico y magnífico discurso en la Universidad de Zúrich en 1946, Churchill recupera la idea de los “Estados Unidos de Europa”, como garantes de la “paz, seguridad y libertad”. No se quedó ahí. Fue Churchill quien abogó por la creación de un “Consejo de Europa” como primer paso para crear una “familia europea”. Y fue él quien impulsó, en 1948, en La Haya, un gran “Congreso de Europa”, donde participaron unos 800 delegados de todos los países de Europa y que desembocó en la creación del “Council of Europe” el 5 de mayo de 1949.

Sí, fue Churchill también el primero en hablar de la Corte Europea de Derechos Humanos (se haría realidad en 1959). Y fue él quien habló por primera vez de un ejército europeo.

Pero, y hay que subrayar este pero, cuando Churchill habla de “unidad europea” no se refiere a que Inglaterra pierda relevancia. Al contrario. Churchill sabía que ceder ciertas competencias tradicionalmente consideradas como “soberanas” (capacidad para establecer tarifas aduaneras, por ejemplo) era necesario. Sin embargo, Churchill también albergaba ciertas dudas sobre una unión que diluyese el liderazgo mundial de Inglaterra.

Su visión era mucho más megalómana. Quería que Inglaterra fuera el centro de “los tres círculos majestuosos”, el epicentro, el pilar central, de un triunvirato formado por la Commonwealth británica, el mundo de habla inglesa (léase Estados Unidos) y una Europa unida. El nuevo orden mundial, el nuevo concierto, tenía que tener por capital a Inglaterra. Y sería Inglaterra la que influiría en la política tanto sobre los americanos como sobre los europeos.

Ahí es nada.

Winston Churchill, es cierto, creía en una Europa unida, en paz y próspera. Pero de corazón, era un atlanticista y, sobre todo, un imperialista. Tenía una lealtad absoluta a la “Anglosphere”, a la unidad de todas las personas de habla inglesa (“compartimos historia, lengua y literatura”). Fue él quien acuñó la “relación especial” entre los Estados Unidos y el Reino Unido como pilar fundamental de la prosperidad mundial.

Lo segundo, su admiración por el Imperio británico, venía por nacimiento, crianza y voluntad propia. Fue famosa su oposición a todo intento de autodeterminación de los pueblos del Imperio, sobre todo de la India. Incluso llegó a decir, con una arrogancia propia de las clases altas británicas, que los británicos habían rescatado a la India “de años de barbarismo, tiranía y guerras fratricidas”.

Su corazón era cien por cien inglés; su pasión era Inglaterra.

La verdad es que la visión de Churchill de los tres círculos majestuosos podría haberse conseguido si el mundo se hubiese mantenido intacto después de la Segunda Guerra Mundial. Pero el mundo pronto empezó a cambiar. Estados Unidos no iba a aceptar tutelas externas. El Imperio pronto empezaría a tambalearse. Y Europa experimentaría cambios espectaculares por sí misma.

El propio Winston Churchill perdió las elecciones de 1945 y fue sucedido por el laborista Clement Attlee. Attlee fue en muchos aspectos, hay que reconocerlo, brillante (creó el Sistema Nacional de Salud). Pero, en política exterior, Attlee era atlanticista, no europeísta. Defendía con ahínco la “relación especial” con Estados Unidos, ayudó a crear la OTAN y siempre vio a los EE. UU. como su principal socio comercial.

Europa era otra cuestión.

Los vecinos de Europa

El 12 de marzo de 1947, el presidente Truman pronuncia un discurso ante el Congreso norteamericano reclamando ayuda económica para reconstruir Europa. En junio de 1947, en la Universidad de Harvard, el secretario de Estado, George Marshall, enuncia las líneas de un gran “Plan de Reconstrucción Europea”, lo que más tarde se llamaría el plan Marshall.

Para organizar la distribución de la ayuda americana, diplomáticos europeos reunidos en París en 1947 deciden impulsar la “Organización Europea para la Cooperación Económica” (OECE). Los americanos creyeron que esta institución ayudaría a promover la integración europea, y la verdad es que ayudó bastante. Pero también puso claramente de manifiesto las enormes brechas entre el Reino Unido y el resto de países europeos en lo que al futuro de Europa concernía.

Los británicos creían que los esfuerzos económicos tenían que centrarse en controlar la inflación; los franceses defendían que se había de apoyar la industria y la agricultura.

Los franceses querían que la OECE tuviese una dimensión supranacional, con normas que fuesen vinculantes para los Estados. Los británicos rechazaron la propuesta de plano: querían un modelo tradicional de cooperación intergubernamental, basado en reuniones ministeriales y en donde las decisiones se adoptasen por consenso.

Al final ganó la visión británica (a pesar de que la propuesta francesa era apoyada por los Estados Unidos). Y fueron también los británicos quienes presidieron por primera vez el Comité Ejecutivo de la OECE, el máximo órgano de la institución. Para ahondar en la herida, incluso pusieron a un funcionario del Foreign Office, sir Edmund Hall-Patch, y no a un ministro. El mensaje era claro: el futuro europeo pasaba por el liderazgo del servicio de exteriores británico y la implicación británica era a nivel técnico.

Después de este jarro de agua fría, vino otro. El Consejo de Europa, la gran idea de Churchill, también fue reducida a mínimos. Grandes europeístas europeos, como el primer ministro belga Paul-Henri Spaak, habían propuesto que el Consejo se dotase de una gran Asamblea europea que funcionara como un parlamento. El primer ministro británico Attlee se negó en redondo. Hasta tal punto fue su oposición que, al final, el Consejo de Europa nació con una Asamblea sin atribuciones ni poderes. Ni siquiera podía fijar su propia agenda.

Los esfuerzos de Clement Attlee por parar cualquier atisbo de integración institucional europea empezaron por despertar hostilidades entre el resto de naciones europeas. Hasta tal punto llegó el desacuerdo, que el canciller alemán Konrad Adenauer llegó a decir que “los británicos se sienten como vecinos de Europa, y no como una nación europea”. 

Europa levanta el vuelo

El 9 de mayo de 1950, el ministro de Asuntos Exteriores francés, Robert Schuman, pronuncia una histórica declaración para crear un organismo supraestatal de explotación conjunta de recursos minerales de Centroeuropa, lo que más tarde se conocería como la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA).

La declaración, el Plan Schuman, debía mucho a otro francés: Jean Monnet, el cual dirigía la oficina de planificación para la recuperación económica de Francia. Y tenía tanto una dimensión económica, como de reafirmación nacional. Por la economía, porque el fin de los controles aliados sobre la producción alemana podría haber significado perder acceso a los minerales alemanes necesarios para la producción del acero francés (lo que hubiese significado la ruina económica de Francia). Por la parte nacional, porque Francia había sufrido demasiadas humillaciones en la última década (en especial, la derrota contra los nazis cuando el ejército francés era claramente superior). La Alemania occidental estaba despegando con fuerza y despertaba una sensación de horroroso déjà vu. Francia necesitaba un gran acto de reafirmación y la Declaración Schuman se la otorgó.

Hartos de tantos desaires británicos, los franceses decidieron no dar a conocer su declaración hasta el último momento. A los americanos se les comunicó el día de antes y los británicos no recibieron notificación alguna.

Un año después, en 1950, se firma el Tratado de París, con Francia, Alemania, los países del Benelux (Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos) e Italia. A este acto de firma sí que se había invitado a los británicos, pero éstos declinaron asistir. Jean Monnet nunca se llegó a explicar del todo porqué los británicos finalmente no participaron. “Llegué a la conclusión de que era el precio de la victoria –la ilusión de que puedes mantenerlo todo tal como está, sin cambiar nada–”.

La verdad es que Attlee consideró, sin disimular su desdén, que la CECA era excesivamente ambiciosa. Y, la verdad, institucionalmente hablando era lo más ambicioso hasta el momento, con una Alta Autoridad esta vez sí, supranacional, un Consejo de Ministros, una Asamblea Parlamentaria y una Corte de Justicia.

El ejército europeo que podía haber sido

En 1950, tan sólo cinco años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, estalla la guerra de Corea. Estados Unidos inmediatamente teme una situación parecida en Europa. La posibilidad de una invasión soviética al este de Alemania alarma a los generales norteamericanos. Hay que preparar a Alemania para hacer frente a una amenaza de la URSS. Y ello exige rearmar a Alemania.

Los franceses reaccionan con temeridad ante la idea. Entienden la amenaza soviética, pero no quieren reproducir errores del pasado. Ante la posibilidad de que los Estados Unidos promuevan el rearme de Alemania bajo el paraguas de la OTAN, Francia propone un plan diferente: crear un verdadero ejército europeo. Hay que hacer un plan Schuman en defensa.

Pero la idea de la “Comunidad Europea de Defensa” nunca llegaría a nada. El primer borrador de la propuesta, el llamado plan Pleven en honor al entonces presidente francés, recibió críticas por doquier. Los alemanes consideraban que les discriminaba. Los holandeses dijeron que era ineficiente y no ofrecía una estrategia sensata de defensa. Y los ingleses, siguiendo su línea, se oponían a cualquier atisbo de “supranacionalidad”. Además, Ernest Bevin, por aquel entonces ministro británico de Asuntos Exteriores, temía que tal esquema “federal” dentro de la OTAN debilitaría los lazos entre el Reino Unido y los Estados Unidos. Londres seguía mirando al Atlántico.

En una conferencia en París para discutir en profundidad el tema se vieron claras las diferencias. Holanda asistió porque los Estados Unidos les presionaron para hacerlo, pero sólo enviaron observadores. Gran Bretaña renunció a cualquier participación activa, lo que enervó a Francia (aún más si cabe).

Al final, después de varios años de negociaciones infructuosas, el proyecto fue abandonado. La Comunidad Europea de Defensa fue un rotundo fracaso.

El plan G

Todavía con el sabor amargo del hecho que la Comunidad Europea de Defensa no hubiese funcionado, los países sabían que había que relanzar el proceso europeo. Y decidieron dar un paso adelante. Se estudiaron varias áreas donde se podía incrementar la cooperación. Al final, todos se convencieron de que el avance tenía que venir del comercio. La CECA estaba funcionando tan bien que se decidió ampliar el mercado y, el 25 de mayo de 1957, en el histórico Tratado de Roma, se creó la Comunidad Económica Europa (CEE) y la Comunidad Europea de la Energía Atómica (EURATOM).

Los británicos no es que simplemente se quedaran al margen de las negociaciones de la CEE, es que intentaron evitar que ésta se hiciera realidad. Mientras se negociaba el Tratado de Roma, los británicos reconocieron que tenían que prepararse para dos eventualidades: la posibilidad de que el “mercado común” de los seis países fracasara (opción que el Foreign Office veía perfectamente factible) o, si se consolidaba el “mercado común” y realmente funcionaba, los británicos querían parar los efectos que tendría sobre el resto de países, el Reino Unido incluido.

De ahí que en julio de 1956 propusieran el llamado “plan G”: un área de libre comercio que incluiría a todos los países miembros de la Organización Europea de Cooperación Económica. Para muchos países, incluida Alemania, era una idea más que atractiva. Pero los seis países de la CECA estaban de acuerdo en una cosa: ninguno se acababa de fiar de los motivos reales del Reino Unido para proponer semejante iniciativa.

Finalmente, el plan G fue descartado porque fue considerado como una simple maniobra británica para abortar la CECA y la futura CEE.

Una vez aprobado el Tratado de Roma, muchos analistas intuyeron que el Reino Unido daría un giro y miraría de nuevo a Europa. No pasó. De 1956 a 1958, de hecho, se sucedieron acciones que los separaron aún más: la crisis de Suez agravó la relación con los franceses y el incremento de la colaboración entre británicos y americanos en materia nuclear significó una disminución de soldados británicos en Alemania.

1961

Pasaron un par de años. Mientras la economía de los países de la CEE no paraba de crecer, la economía británica no paraba de caer. La desesperación británica era tal que, en 1961, el entonces primer ministro británico Harold Macmillan decidió presentar la candidatura del Reino Unido a ingresar en la CEE.

Fue rechazada por varios motivos. El más importante: la oposición tajante del presidente francés, el general Charles de Gaulle, quien no quería ni siquiera que se comenzaran negociaciones informales para tratar el tema.

Se dice que De Gaulle no quería que el idioma inglés substituyese al francés como principal idioma europeo. Pero, más allá de cuestiones lingüísticas, había razones de más calado. De Gaulle alegaba que la CEE era incompatible con la economía británica, que presentaba un desequilibrio excesivo en la balanza de pagos. La CEE, defendía De Gaulle, era demasiado sólida como para acoger a una economía tan débil. La comunidad económica explotaría por los aires.

Había otro motivo, quizás incluso más importante. De Gaulle siempre supo que el Reino Unido miraba al Atlántico más que a Europa. Que su auténtica pasión era mantener y fortalecer la “relación estratégica” entre Londres y Washington. Que su otra gran pasión era la Commonwealth.

“Inglaterra es, en efecto, insular”, decía De Gaulle. “Es marítima, está ligada a través de sus intercambios, sus mercados, sus líneas de abastecimientos, muchas veces con países geográficamente muy lejanos. Lo que busca es esencialmente actividades comerciales e industriales y un poco de agricultura. Tiene hábitos y tradiciones propias muy marcadas”.

De Gaulle temía que “la pequeña Europa”, los seis países que constituían la Comunidad Económica Europea, no pudiesen competir con los países de la Commonwealth. Que la CEE quedase como un simple apéndice de un mercado enorme dirigido, presidido y pilotado por Londres. Además, le horrorizaba la idea de que Europa quedase tan supeditada a los Estados Unidos.

No hubo manera humana de convencer a De Gaulle de que permitiese la entrada del Reino Unido en la CEE. Londres intentó acceder una segunda vez, y una segunda vez fue descartado.

Hubo que esperar a que De Gaulle dejara el poder para ver, finalmente, al Reino Unido uniéndose a la “pequeña Europa”.

La “revolución tranquila”

A principios de los setenta, Edward Heath llega al 10 de Downing Street con la promesa de una “revolución tranquila”. La economía estaba por los suelos. En tan sólo dos años, el Reino Unido tuvo que hacer frente a la crisis del petróleo, a una crisis financiera y a una huelga de mineros. Acceder al “gran mercado” europeo se vio como la panacea.

En 1973, finalmente, el Reino Unido lo consigue. Pero el “europeísmo” no triunfa como idea e inmediatamente surgen voces críticas sobre el funcionamiento de la Comunidad Económica Europea y los “percibidos desagravios” hacia Inglaterra. La izquierda del país (pilotada por figuras del Labour como Tony Benn y Michael Foot) muestra un profundo rechazo a la CEE. Las divisiones internas llegan a tal punto que se ve necesario convocar un referéndum en 1975 para comprobar si los británicos querían realmente pertenecer al mercado común. Se hace una campaña intensa, esta vez con los medios de comunicación claramente a favor de la permanencia, y se consigue que el 67% de los votos vaya al ‘remain.

Pero los problemas no quedan ahí. La economía no mejora. En 1975, el nivel de desempleo llega al millón de personas, el 5% de la población activa. Las huelgas se suceden, los cortes de electricidad son constantes y, por si no fuera suficiente, el precio del petróleo no paraba de subir, con lo que la inflación se disparó.

La situación llegó a una situación tan dramática que el Fondo Monetario Internacional tuvo que rescatar la economía del Reino Unido. Una humillación para los británicos en toda regla.

Los sucesivos primeros ministros no saben exactamente qué hacer. Jim Callaghan, en 1978, en un intento desesperado por controlar la inflación (que había llegado a estar en el 30%), intenta que los trabajadores accedan a bajarse el sueldo en un 5%. Lo que vino después se llamó el “Invierno del descontento”. Las huelgas y la crispación social fueron la imagen predominante durante meses en el Reino Unido.

Todo parecía perdido. Por primera vez en la historia del país, el número de emigrantes superó al de inmigrantes. Tal era la desesperación que Callaghan en persona reconoció que “nuestro lugar en el mundo ha disminuido claramente, nuestra influencia en el mundo depende de nuestra economía, y ésta ha disminuido significativamente. Si fuese joven, me iría del país”.

Y luego vino Thatcher

Ana Polo es politóloga. Trabaja como Speechwriter en el Ayuntamiento de Barcelona. (@nanpolo)

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Fuente de la imagen: The Telegraph.