Theresa May en tres discursos

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DÍDAC GUTIÉRREZ-PERIS

La consagración de Theresa May al frente del gobierno británico tuvo su dosis de dramatismo. Nadie la esperaba. Los diputados ʻtoriesʼ tampoco habían apostado inicialmente por ella. Es tentador pensar aquello de que “estuvo en el buen lugar, en el buen momento” después de las puñaladas que se propinaron Cameron, Johnson y Gove. Una victoria por descarte que, sin embargo, no es lo que parece. 

En realidad la carambola quedará rápidamente olvidada, porque en el campo ideológico Theresa May se ha caracterizado por ser una política de ideas claras –y fijas–. Un ideario que la nueva primera ministra ha ido versando en tres discursos que han cambiado la historia de la derecha británica, pronunciados a lo largo de su mandato en el gobierno a partir de 2010, y antes como figura clave del aparato ʻtoryʼ.

Ese corpus discursivo tiene un mismo hilo conductor, incluso se podría llegar a decir que May ha sido algo visionaria. Antes del descrédito de las élites representativas y económicas con la crisis, antes también de la ola populista antinmigración, y mucho antes de que la “igualdad de oportunidades” se despeñara en Europa, May ya tenía claro que lo suyo iba a ser el argumento antiestablishment. En particular, contra su propio campo y su propia profesión. Un caballo ganador con los tiempos que corren y una garantía de popularidad en el escenario post ʻbrexitʼ.

Primer discurso: Bournemouth, 2002

En octubre de 2002, en la habitual conferencia anual del Partido Conservador, May –que ocupaba la presidencia del partido– protagonizó frente a los delegados uno de los discursos más arriesgados –por autocríticos– que se recuerden en Inglaterra. Empezó lanzando una diatriba contra la “política” interesada: “En los últimos años un buen número de políticos se han comportado de forma despreciable y luego han escondido sus ofensas intentando escudarse en su supuesta responsabilidad política. Todos sabemos quiénes son. Y admitámoslo, algunos de ellos se han dirigido a ustedes desde esta misma tarima”.

La presidenta del partido acusó a los suyos de tener una base demasiado débil, pero sobre todo, de ser un partido de hombres blancos, pro business y ricos. En sus propias palabras, algo habían hecho para merecer que la imagen de los ʻtoriesʼ fuera la de un ‘nasty party’ –un partido despreciable–. Avisó además del peligro de caer en un partidismo ciego y poco constructivo. Lo aderezó hablando incluso en positivo de Blair: “El público está perdiendo la fe en la política. Deberíamos estar proponiendo soluciones en vez de jugar a tejemanejes. Debemos admitir que muchas de las críticas que podríamos lanzar al Labour no suponen ningún cambio real para el público. Mientras los partidos se gritan los unos a los otros, nadie fuera del ʻvillageʼ en Westminster está prestando atención. La gente simplemente desconecta”.

El pasaje clave de ese primer discurso fundacional giraba alrededor del concepto mismo de “pueblo”, entendido como una comunidad plural, multipartidista y profana que está más preocupada por su día a día, que por la política: “Nuestro país no es simplemente una superficie geográfica. Es la gente que vive y trabaja en él. Es tanto la gente de los centros urbanos como aquellos que viven en la periferia, en los suburbios o en los pueblos rurales. Es la gente del norte y del sur, del este y del oeste. Es la cara que te cruzas en la calle, sea cual sea su color, su sexo o su origen”.

Ese día, May chocó a una buena parte de los delegados ʻtoriesʼ, al mismo tiempo que asentó los fundamentos del nuevo estilo conservador. El mismo estilo que iba a garantizarle el éxito a su antecesor en el cargo, David Cameron.

Segundo discurso: “The Party for All”, 2013

Diez años separan el discurso del ‘nasty party’ de 2002 de otro que marcó un antes y un después en la derecha británica: el del “Partido para todos”. El periódico The Telegraph tituló premonitoriamente aquel día que ese discurso no dejaba lugar a dudas: Theresa May quería ser la primera ministra del Reino Unido. 

Por aquel entonces May llevaba tres años exitosos en un cargo ministerial considerado tradicionalmente como un regalo envenenado: el Home Office. El 9 de marzo de 2013 la ministra dejó a un lado sus prerrogativas ministeriales e hizo un discurso de política general exponiendo su visión sobre cómo debería ser la derecha británica y apostando por un Estado “fuerte, pequeño y estratégico”. Fuerte, para mantener la “ley y el orden”; pequeño, para limitar el intervencionismo estatal; y estratégico, para desarrollar los sectores económicos determinantes.

May se libró una vez más a un ejercicio comunicativo muy autocrítico: “Somos más fuertes cuando todo el mundo y cualquier ciudadano puede sentir que el Partido Conservador es para ellos. Ganamos y luchamos por los valores del pueblo británico –respeto, juego limpio, generosidad, sentido emprendedor, aspiración–”. Hizo particular hincapié en combatir los intereses particulares vested interests, en inglés original, uno de los auténticos leitmotiv de May. El pasaje clave se nutre del mismo antielitismo de 2002, rozando el lenguaje del “blanco o negro” simplificador: “Tenemos que convertirnos en el partido incansable contra los intereses particulares. El partido que toma el poder de las élites y lo devuelve al pueblo. El partido no sólo de aquellos que han triunfado, sino la casa de aquellos que quieren trabajar duro y conseguir algo en la vida”.

Durante su mandato como ministra de Interior entre 2010 y 2016 May fue acompañando esa retórica con una serie de políticas de claro corte proteccionista. Su ministerio se libró incansablemente a la batalla de rebajar la inmigración a un máximo de 100.000 personas al año política que despertó muchas simpatías en el electorado más xenófobo. En cuanto a Europa, May fue la que propuso el ‘opt-out’ de todas las políticas de cooperación policial y criminal con la UE en 2014, y lleva años proponiendo que el Reino Unido se retire de la Convención Europea de los Derechos Humanos, lo que dice mucho de su caché entre el círculo euroescéptico tan de moda en Inglaterra. En eso May tampoco es lo que parece. Votó ‘remain’, pero es una de las figuras más respetadas por los ‘brexiters’.

Tercer discurso: Downing Street, 13 de julio de 2016

La última pieza del particular “retablo” de May fue su primera intervención como primera ministra. Sus palabras son, si cabe, doblemente aclaratorias teniendo en cuenta lo breve que fue su alocución. En ese sentido May dedicó más del 90% del discurso a hablar de la “igualdad frente a los beneficios de unos pocos”, demostrando que su visión no dista mucho de la que ya defendía en 2002: La misión de hacer del Reino Unido un país que funciona para todos significa luchar contra estas injusticias. Si eres de una familia de clase trabajadora, la vida es mucho más dura de lo que mucha gente en Westminster piensa. Haremos del Reino Unido un país que trabaja no sólo para los pocos privilegiados, sino para cada uno de nosotros”.   

Puede que el hilo argumental sorprenda ahora que dirigirá el país, pero May no es ningún enigma. Su estilo recuerda inevitablemente a Margaret Thatcher, pero su estrategia comunicativa es la misma que utilizó Nicolas Sarkozy en 2007 con su “juntos, todo es posible”. Parece que a May nada le gustaría más que suceder a la Dama de Hierro como la Dama del Pueblo. We will see.

Dídac Gutiérrez-Peris se diplomó en la UCL y la LSE en Londres. Actualmente es director de Estudios Europeos en el Instituto Viavoice de París. (@didacgp)

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Fuente de la imagen: vozpopuli.com