Trump bajo la máscara

TrumpJORGE SAN MIGUEL

Consumada la toma de posesión de Trump y sus dos primeras semanas en el cargo, los náufragos de un “orden liberal” que parece definitivamente en quiebra nos afanamos por explicarnos el fenómeno y, es inevitable, arrimar el ascua a la narrativa que nos sea más propia. Y en el intento probablemente racionalizamos más de la cuenta: todos queremos ver a Trump como un símbolo más que como un caso particular, y lo contemplamos a través de la lente de nuestros prejuicios. Aquí no voy a hablar del populismo de derechas como frente unido a ambos lados del Atlántico, sino al contrario de lo que la victoria de Trump tiene de específico. Las alianzas y los discursos se pueden tejer de manera oportunista, pero las realidades políticas que las sustentan no tienen por qué ser iguales. Tampoco me interesan, a efectos de esta nota, los vínculos de Trump con Rusia ni la posible influencia que hayan tenido en la campaña.

Lo primero que hay que matizar es que la victoria de Trump estuvo muy lejos de ser un tsunami, y se basó ante todo en la fidelidad del electorado republicano y en la menor competitividad de la candidata demócrata; cuya campaña dejó de lado además de forma extraña algunos estados que han resultado determinantes. Trump ha obtenido un 45,9% del voto frente al 47,2% de Romney en 2012 -por comparación, McCain obtuvo un 45,7% en 2008, tras ochos años de gobierno GOP y con el país en recesión. De la relativa confianza que los dos principales candidatos generaron dan cuenta también los 6 millones de votos que se fueron para las candidaturas libertaria de Gary Johnson y verde de Jill Stein (más otros casi 730.000 para el independiente McMullin), frente a menos de 2 millones en 2012. En el mismo sentido apunta la bajísima popularidad de Trump en sus primeras semanas en el cargo.

Es decir, la verdadera noticia es que el GOP consiguió mantener su base electoral a pesar de presentar a un candidato estrafalario como Trump, y no cabalgando alguna ola de descontento masivo que no se hubiera manifestado hasta ahora. Como nos recordaba Pepe Fernández-Albertos, el mejor predictor del voto a Trump es haber votado a Romney en 2012, y la razón de esta fidelidad hay que buscarla a buen seguro en la creciente polarización de la política estadounidense, la consolidación de un bloque conservador y otro progresista cada vez menos interconectados incluso espacialmente, lo que permite presentar candidatos con discursos cada vez más radicales. Con todo, la clave final del recuento estuvo en un número reducido de votos (márgenes inferiores al 1%) en tres swing states: Michigan, Pennsylvania y Wisconsin, donde la inteligente estrategia de campaña republicana sí ha podido ser decisiva.

Un relato que ha gozado de singular éxito entre detractores y defensores (y defensores vergonzantes, que también hay, y no pocos) de Trump es el de los “perdedores de la globalización”. Una idea sugerente que va perdiendo fuelle a medida que dicho conjunto de “perdedores” pasa a englobar casi cualquier colectivo a gusto del comentarista de turno. En el caso de Trump, hablaríamos ante todo de obreros industriales blancos cuyas perspectivas profesionales y vitales estarían en entredicho debido a la deslocalización industrial y la robotización; y que verían amenazado incluso su sistema de valores en un mundo que cada vez les es más extraño. Es probable que el mensaje proteccionista y nacionalista de Trump, e incluso su propia escenificación grosera, haya tenido eco en una masa modesta pero a la postre decisiva de votantes en Appalachia y, sobre todo, el Rust Belt en torno a los Grandes Lagos. Pero, como veíamos, ese contingente de votantes habría sido solo una parte de la historia, y hubiera tenido que alzarse sobre una masa de votantes tradicionales republicanos, fiscalmente conservadores, para sostener las posibilidades de Trump en la elección.

Por tanto, la narrativa de un descontento económico generalizado que hubiera llevado en volandas a Trump a la Casa Blanca se compadece mal con los datos electorales. Y es difícil reconocer el país apocalíptico que pinta Trump en los Estados Unidos de 2017. Como recuerda Larry Summers, cuando Obama fue elegido presidente a finales de 2008, todos los grandes indicadores económicos eran peores que en el cuarto trimestre de 1929. Ocho años más tarde, y con una reelección por medio, se constata que Estados Unidos no ha atravesado otra Gran Depresión, y quizás sea ese el principal legado de Obama. El desempleo ronda el 4%. De los 50 millones de personas sin seguro médico en 2008, más de la mitad cuentan ahora con uno; y el crecimiento del coste sanitario, disparado entonces, se ha ralentizado al nivel del crecimiento del PIB. Tampoco se ve por ningún lado la “matanza americana” denunciada en el discurso de inauguración: las tasas de violencia están a la baja desde hace más de dos décadas. Y si se trata de hablar de desigualdad -un problema real mucho antes de Obama-, un presidente elegido sobre la coalición electoral tradicional republicana, votante de desregulaciones, rebajas de impuestos a rentas altas y recortes de ingresos fiscales, es un profeta bastante improbable.

Frente al discurso de los “perdedores de la globalización” que pone el énfasis en lo material, en la derecha liberal y conservadora va cundiendo otro relato, expresado con diferentes grados de sofisticación y de simpatía por el nuevo presidente: si la victoria de Trump señala una degradación del discurso público y, es previsible, de las instituciones, la razón del vuelco hay que buscarla en las políticas de la identidad, que habrían alcanzado su apogeo durante el mandato de Obama.

Confieso que simpatizo con la idea de que las políticas de identidad llevadas al extremo pueden erosionar el ideal republicano de igualdad en el seno de la comunidad política. Es cierto que en los campus americanos se dan casos preocupantes de censura que ponen en entredicho tanto la libertad académica como la libertad de expresión en general. Pero cuesta sustanciar en el discurso público de Obama la sospecha de que haya encarnado ese asalto a los valores ilustrados, cuando toda la retórica del ex presidente se ha basado durante ocho años en la fraternidad, la unidad y la incorporación de las minorías a los valores cívicos de la República. Por expresarlo con Arcadi Espada, en hablar a los ciudadanos como adultos. En algunas de esas críticas, de hecho, no es difícil detectar una pulsión contraria a la inclusión, un racismo o esencialismo blanco que no quiere decir su nombre. A lo mejor el “apogeo” al que se refieren algunos es, sencillamente, tener un presidente negro.

Pero es que también cuesta encontrar en los datos electorales una justificación sólida para la tesis de la “reacción” anti-identitaria: las exit polls sugieren que a Trump le han votado porcentajes algo menores de blancos, y algo mayores de hispanos, negros y asiáticos que a Romney. Incluso si albergamos alguna duda sobre la metodología de estos sondeos a pie de urna, no parece que haya habido enormes diferencias con 2012 por el lado republicano. Si, como quieren algunos, la reacción anti-identitaria ha consistido en que los blancos empiecen a votar como minoría, el proceso llevaría muchos años en marcha; y no parece que, electoralmente, Trump haya sido un salto cualitativo ni Obama el catalizador. ¿Ha podido la política de los Social Justice Warriors perjudicar de otra forma a Clinton al trasvasar votos de una candidata percibida como establishment a Stein, sobre todo en los estados clave? Es posible. En cualquier caso, quienes nos dedicamos profesionalmente a la política y la comunicación sabemos que a menudo se sobreinterpretan los fenómenos -y nosotros, interesadamente, los primeros. Para muchos votantes, quizás Trump sea solo un señor que sale mucho en la tele.

En suma, nos encontramos ante un fenómeno político complejo, pero la coalición electoral que lo sostiene, definida durante las décadas previas, no es revolucionaria y, en todo caso, está solidificando. Incluso podría aducirse que su discurso es una mera intensificación de tendencias republicanas de largo recorrido, salvo en cuestiones como el libre comercio y las relaciones con Rusia. Si buscamos una “pistola humeante”, miremos más bien a la polarización y radicalización de los discursos desde los 90, especialmente en el lado republicano. Ahora falta comprobar si la acción de gobierno de Trump generará en efecto una nueva realidad política y electoral, y cuáles serían sus elementos. De momento, parece estar empleando la misma táctica de shock and awe que en la campaña: ocupar el espacio mediático y arrastrar a los oponentes a sus marcos y escaramuzas ideológicas y culturales. Qué quedará cuando pase el ruido está por ver. Él no parece hombre de muchas ideas, pero a su camarilla de asesores más radicales le sobran.

Artículo publicado en la página de Medium del autor.

Jorge San Miguel es politólogo, trabaja en C's Congreso como responsable de comunicación y es coautor de #LaUrnaRota. (@JorgeSMiguel)