Trump y Clinton, tan lejos, tan cerca

razón o corazón Carolina Pérez Sanza beerderberg

CAROLINA PÉREZ SANZ

De haber atendido a lo que enseñamos a políticos y ejecutivos en “media training”, habríamos visto la inteligencia comunicativa de Trump durante la campaña electoral estadounidense de 2016. Les dio a sus seguidores lo que todo oyente desea: mensajes simples, identificación personal y cercanía.

Los medios lo decían: Clinton no sonreía lo suficiente y su actitud era fría, casi distante. El análisis de su voz que publiqué en marzo de 2015, concluía que Clinton es “aritmética”. No hace bromas, no improvisa y nunca acepta una pregunta si no está en su agenda. Es demasiado estratégica y eso, traducido para el común de los votantes, significa poco auténtica.

Trump, en cambio, es capaz de dar su brazo derecho por unos minutos de micrófono o de pantalla, unas líneas en cualquier periódico y caracteres en un tuit. En un evento en la sede del The New York Times en junio, Maggie Haberman, la periodista que cubría la campaña de Trump, contó que el candidato republicano era un comunicador excepcional, de esos que te hacen sentir la única persona en el mundo cuando hablas con ellos. De esos que te miran a los ojos y te llaman por tu nombre y entonces piensas que te está haciendo su confidente.

La actitud de Clinton, Haberman explicó, era la contraria. El día que había ido al periódico para una entrevista en profundidad, le habían pedido que se sometiera a otra entrevista, más informal, para grabarla en video y publicarla en la web. Clinton, a diferencia de lo que había hecho Trump en la misma circunstancia, rechazó la invitación: no estaba preparada. Había desperdiciado la ocasión de mostrarse como una persona normal ante el público.

Preparación

Una de las brechas estilísticas más notorias entre los dos candidatos a lo largo de la campaña fue su nivel de preparación. Pero contra todo pronóstico, la balanza se inclinó a favor del menos preparado de los dos, Trump.

Quedó claro en los tres debates televisados. Por un lado, pudimos ver cómo se contenía una candidata que tenía todas las respuestas y dominaba los silencios. Una candidata que sonreía cuando debía y se ponía seria cuando era necesario. Sus mensajes eran estructurados y exhaustivos, y su tono, pedagógico. Una delicia, o irritante, según el telespectador.

En el otro lado estaba Trump. Se dejó llevar por su rabia contra Clinton, mordió todos los anzuelos y desperdició momentos únicos en los que podía haber llevado a su oponente al barro. Soltó “perlas” como “Eso es porque soy listo” (“That makes me smart”), cuando Clinton dijo que si Trump no mostraba sus declaraciones de impuestos era porque no los había pagado en quince años. Y ayudó, sin pretenderlo, al movimiento femenino de apoyo a Clinton, con la famosa frase “¡Qué mujer tan desagradable!” (“Such a nasty woman!”).

Durante el tercer debate, su ignorancia fue tan notoria que un usuario de Twitter creó el hashtag #TrumpBookReport: las respuestas de Trump sobre política exterior parecían el trabajo de un niño sobre un libro que no se había leído. Según el tuit, el trabajo de Trump sobre Las uvas de la ira habría sido: “Oh, las uvas. Cuánta ira tenían”.

Así fue toda la campaña de Trump: mensajes simplificados, de verosimilitud dudosa o directamente falsos. La plataforma digital PolitiFact determinó que sólo el 4,8% de las declaraciones de Trump eran completamente verdad. El resto de sus afirmaciones fueron clasificadas como “casi verdad” (10,9%) “media verdad” (14,7%), “prácticamente falso” (18,8%), “falso” (33,9%) o “mentira descarada” (16,9%). El estudio de las afirmaciones de Clinton, por su parte, mostró que el 19,4% eran completamente verdad y el 31,6% “casi verdad”. Sólo el 2,6% de lo que dijo fue categorizado como “mentira descarada”.

Y sin embargo, la campaña de Trump consiguió instaurar en gran parte de la población, tanto en los Estados Unidos como fuera, la idea de que Clinton es mentirosa y poco de fiar. Tanto que muchos de los que votaron a Clinton sólo para parar a Trump, lo hicieron con la sensación de votar “tapándose la nariz”.

La campaña demócrata se empeñaba en realzar la ignorancia y falta de preparación de su oponente, pero él se empeñaba en demostrarla. De forma recalcitrante. Una y otra vez. Y el equipo de Clinton se relamía pensando que el gato estaba entrando en el saco y que pronto podrían cerrarlo y tirarlo al Hudson.

Nada más lejos de la realidad: los seguidores de Trump estaban cada vez más entregados. Con cada patada a la verdad que daba, el candidato republicano ganaba un puñado de votos. “Sé más de ISIS que los generales”, votos. “Miles de musulmanes celebraron el 11S desde Jersey City”, votos. “Obama y Clinton crearon ISIS”, más votos. “México nos envía a su peor gente y voy a construir un muro que ellos van a pagar”, votos, votos, y más votos.

Y esos mensajes no se comprendían sino que se sentían en las vísceras. No hacía falta pararse a pensar para entender lo que Trump decía: se captaba, y punto. A la primera, sin necesidad de analizar.

Desde el otro plato de la balanza, Clinton apelaba a la razón. Sus mensajes, detallados y complejos, requerían reflexión, mucha reflexión. Contenían implicaciones y consecuencias y había que analizarlos con pensamiento crítico, teniendo en cuenta un contexto y unas condiciones.

El paradigma del Nobel en economía Daniel Kahneman plantea que los humanos usamos dos tipos de pensamiento: el Sistema 1 es el pensamiento intuitivo, rápido, automático y a él se dirigen los medios “calientes” –televisión, Twitter–. El Sistema 2, al contrario, es reflexivo, lento, y busca argumentación. A este sistema se dirigen los medios “fríos” –prensa escrita–. Distintos tipos de decisiones requieren uno u otro sistema. Aplicando este paradigma, vemos que Trump convenció a sus votantes por medio del Sistema 1, mientras que Clinton lo hizo por medio del Sistema 2.

Por supuesto, muchos ciudadanos rechazaron de plano las ideas de Trump, pero aun así no votaron a Clinton, en parte tal vez porque no entendieron su propuesta.

Identificación

Trump consiguió inspirar confianza en sus seguidores porque se identificó con ellos. Lo que tenía en común con sus votantes, la mayoría con bajo poder adquisitivo y sin educación universitaria, era la simplicidad de sus ideas. Y ese fue el estandarte de su campaña, que comunicaba con una forma de hablar cruda y tosca, sin florituras, sin miramientos. Políticamente incorrecta, como habla la gente en su casa cuando no tiene que guardar las formas.

Clinton, al contrario, de tanto enfatizar su capacidad intelectual, su experiencia política, su educación exquisita y su extensísimo conocimiento, se colocó en un pedestal. Y su forma de hablar, tan precisa y elaborada, fue elevando el pedestal hasta situarla fuera del alcance de muchos, que podrían haber votado por ella de haberla entendido. Siempre correcta, educada, respetando las formas y el protocolo.

Trump, no. Él hablaba a sus votantes como hablan ellos, y les dijo las cosas que muchos dicen en privado y que les gusta oír para no sentirse tan diferentes. A los que lo políticamente correcto les parecía una forma de represión, Trump les dijo en público: “Soy como vosotros, mirad, hablo igual”. Y ahora, después de la victoria, se sienten liberados y empoderados.

Trump conectó, Clinton no. Aunque Clinton obtuvo más votos, no consiguió la presidencia porque muchos estadounidenses prefirieron no votar antes que votar por ella.

Intimidad

Poco menos de un mes antes de las elecciones, apareció una grabación de 2005 en la que se oía al candidato republicano presumir de que podía hacer lo que quisiera con las mujeres porque era una estrella: besarlas, tocarlas o agarrarlas por los genitales. Causó revuelo y casi conmoción. Pero sólo una parte de los ciudadanos se escandalizó.

En otros ciudadanos, sin embargo, creó una fuerte sensación de intimidad.

¿Y si la aparición de la cinta no fuera casualidad, sino que fuera la estrategia para llegar al corazón de sus votantes? En la cinta, Donald Trump se mostró tal como es ante los ciudadanos. Dejó al descubierto su debilidad, su falta de tacto, su incapacidad para controlarse.

Trump entró en la sala de estar de las casas y habló como un amigo en un momento íntimo. Como si dijera, ahora que nadie nos ve y nadie nos oye, te cuento mi secreto. Y millones de personas se sintieron únicas en el mundo y pensaron que les hacía su confidente.

Mientras tanto, Clinton se mofaba desde su atalaya, incapaz de entrar en ninguna sala de estar, y reuniendo sólo votos de los que usaron el Sistema 2 para tomar la decisión el día 8 de noviembre. La reflexión pausada resultó demasiado lenta como para alcanzar a Trump.

Carolina Pérez Sanz es doctora en lingüística aplicada y experta en Foniatría (@carolinaper)

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